Ir al contenido principal

¿Y ahora qué?

Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

La soja brasileña prepara las valijas para ir a Bolivia

La construcción de una carretera que una la Chiquitanía con el Mato Grosso brasileño abre el camino para que la soja brasileña, más barata y productiva que la boliviana, pueda ser procesada en territorio cruceño y luego vendida con preferencias arancelarias a la Comunidad Andina. El proyecto también puede impulsar la ampliación de la frontera agrícola, con el consiguiente riesgo de una mayor deforestación. Frente a ese escenario, la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno, la universidad pública de Santa Cruz, desarrolló una alternativa productiva que combina soja y quinua tropical.

El nombre, Chiquitanía, nace de un error. Casi de un prejuicio. Cuando los europeos llegaron al lugar encontraron viviendas con puertas muy pequeñas, por las que solamente se podía ingresar a rastras. Los invasores dijeron: “Los habitantes deben ser muy chiquitos”, y ese nombre le dieron al lugar.

Más tarde, los jesuitas instalaron en la zona algunas de sus más importantes reducciones y misiones, al punto de que se construyeron siete iglesias que todavía se conservan. Entonces se dieron cuenta de que las puertas diminutas eran la manera que tenían los lugareños de evitar que los mosquitos ingresaran a sus viviendas.

El establecimiento de las Misiones Jesuíticas evitó que los indígenas fueran esclavizados y diezmados. Cuando los seguidores de Ignacio de Loyola fueron expulsados de América, la Corona española mantuvo el sistema para evitar el ingreso de tropas portuguesas a la región.

Mucho antes de su expulsión, los jesuitas llegaron a organizar milicias de chiquitanos y guaraníes, a quienes enseñaron conocimientos militares occidentales para que pudieran enfrentarse con los bandeirantes portugueses.

La llegada de los brasileños

Sebastián Ramos fue el último gobernador de la Corona española en la provincia de Santa Cruz. Pronto llegó a sus oídos la noticia de la victoria independentista de Ayacucho, en 1824, e hizo dos cosas. Con total hipocresía, envió una misiva de felicitación a José Antonio de Sucre y, por otra parte, comenzó a negociar con la comandancia brasileña en Mato Grosso.

La segunda acción prosperó y, pocas semanas antes de declararse la independencia de la República de Bolívar, luego Bolivia, tropas del Imperio de Brasil, ya independizado de Portugal bajo Pedro I, se apoderaron de la Chiquitanía, asaltaron las iglesias, robándose hasta los ceniceros, y declararon brasileña la zona.

Es más, el comandante de las tropas invasoras, Manuel José de Araujo, envió una carta al mariscal Sucre amenazando con tomar la ciudad de Santa Cruz de la Sierra.

Bolívar y Sucre reaccionaron con firmeza. El primero no creía que el emperador estuviera involucrado en la maniobra y ordenó a Sucre amenazar con enviar tropas. La advertencia surtió efecto. Los combatientes de la Gran Colombia eran veteranos de las guerras de la Independencia y podían darles una paliza a los invasores.

Pedro I ordenó el inmediato repliegue de las tropas. Temía que quienes defendían Bolivia ingresaran a Brasil y fueran tras su propia corona.

En 1867, una parte de la zona que había sido ocupada por las tropas de Araujo fue entregada por el presidente boliviano Mariano Melgarejo bajo la promesa de que Brasil respetaría el Acre boliviano.

Promesa que no se cumplió.

El dorado se llama soja

Hoy una hectárea de soja brasileña rinde alrededor de un 60 por ciento más que una boliviana. Esto se debe, por una parte, a un mayor uso de transgénicos y, por otra, a una tecnología más avanzada.

Pero eso cuesta.

Por eso los terratenientes brasileños han puesto los ojos en la Chiquitanía boliviana, donde todavía hay monte para desmontar y donde la producción de soja resulta insuficiente para cubrir la capacidad de la industria que transforma el grano en torta y aceite. En el primer caso para alimentar pollos y ganado y, en el segundo, para consumo humano.

Hace algunos meses, Rodrigo Paz emitió un decreto para la libre importación de granos, aunque no tuvo más de un mes de vigencia. La medida hacía que las moliendas y la industria aceitera prefirieran comprar la soja del país vecino por su precio, y los productores bolivianos saltaron como leche hervida.

Ahora bien, el destino principal es la Comunidad Andina, donde va a parar la mayor parte de la soja boliviana que se envía al exterior. De hecho, la exportación de sus derivados representa una porción más importante de las exportaciones cruceñas, aunque Santa Cruz hoy está lejos de ser la locomotora económica de Bolivia, ya que vende al exterior una cuarta parte de lo que exportan La Paz y Potosí.

La Comunidad Andina es un mercado muy apetecible para Brasil.

La carretera que une Marfil, en Brasil, con San Ignacio de Velasco, en Bolivia, ya está siendo pavimentada del lado brasileño en sus 80 kilómetros. Faltan los 128 kilómetros del lado boliviano, que son de tierra y llegan a resultar intransitables durante la época de lluvias.

Hasta fin de año estará listo el estudio de factibilidad y entonces se sabrá cuánto costará la vía. Después serán necesarios entre dos y cuatro años para construir la carretera asfaltada.

Pero parece ser tan interesante para Brasil que ya planteó la posibilidad de financiarla.

¿Por qué?

En primer lugar, porque transportar el grano de soja hasta el Pacífico costaría aproximadamente un tercio si pasa por Bolivia, lo que reduciría considerablemente los costos y maximizaría las ganancias. Ese parece ser el principal interés.

Pero, además, existe la posibilidad de utilizar grano brasileño, mezclarlo con el boliviano y agregarle valor mediante la producción de torta de soja y aceites.

La soja brasileña mezclada con soja boliviana y procesada en Bolivia podría ingresar al mercado andino con arancel cero. Actualmente, Perú y Colombia no cobran impuestos por la soja en grano, pero no ocurre lo mismo con sus derivados.

Los productores de soja de Bolivia no producen suficiente materia prima para cubrir la capacidad instalada de las molineras y de la industria aceitera y de tortas.

El riesgo de abrir la frontera agrícola

El problema es que la hectárea brasileña rinde entre un 60 y un 70 por ciento más que la boliviana. Aunque el costo por tonelada sea parecido, no debe olvidarse que el diésel boliviano está fuertemente subsidiado, algo que difícilmente pueda sostenerse durante mucho tiempo.

Una libre importación de soja del país vecino destruiría la industria productora boliviana, de la que dependen unas 120 mil personas.

Habilitar más tierras para producir más granos, por otra parte, sólo aceleraría la deforestación, con graves consecuencias para el medio ambiente y el cambio climático.

A ello debe agregarse otro fenómeno. En veinte años, la propiedad de la tierra pasó de estar en un 70 por ciento en manos de terratenientes cruceños a apenas un 20 por ciento.

Hoy los nuevos reyes son los capitales brasileños, que poseen entre el 35 y el 40 por ciento de la tierra productiva.

“Antes les alquilábamos la tierra a los brasileños. Ahora les alquilamos departamentos en los barrios residenciales”, nos dijo un ex hacendado bajo la promesa de mantener su nombre en reserva.

“Es por vergüenza, ¿sabe?”, comentó.

La respuesta milenaria

La Universidad Autónoma Gabriel René Moreno, es decir, la universidad pública de Santa Cruz, desarrolló una semilla de quinua modificada para que este pseudocereal pueda cultivarse en climas tropicales.

La quinua, originaria de los Andes y que junto con la papa fue una de las bases de la alimentación indígena, está de moda en el mundo, tiene mercado y, además, podría sembrarse en el intervalo entre las dos producciones anuales de soja.

Con una ventaja adicional. La quinua mejora la tierra y aporta nutrientes que permiten después obtener una mejor soja.

Pero esto debe complementarse con apoyo estatal, por ejemplo, mediante el crédito. Los bancos prestan para la soja, pero no para otros cultivos y condicionan muchas veces los préstamos a la incorporación de determinadas semillas genéticamente modificadas.

No se puede ni se debe utilizar, por ejemplo, glifosato, pero sí pueden emplearse otras semillas resistentes a las inundaciones.

Viene un super-Niño que será más intenso que el fenómeno del año pasado. En 2025 se perdió, según la asociación que reúne a los productores de oleaginosas, un tercio de la siembra debido al exceso de agua.

En Brasil, que fue azotado por las mismas lluvias intensas, se perdió menos del 5 por ciento.

Más que deforestación o internación de granos brasileños en Bolivia, se necesita una seria política estatal para mejorar los cultivos sin afectar al bosque.

Es decir, se trata de sembrar futuro y no arena de tierra desértica.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *