El canciller Mauro Vieira publicó en el Correio Braziliense un artículo que funciona como explicación de la posición brasileña frente a Donald Trump y Javier Milei. Habla de “predadores”, desinformación, intervención extranjera y ataques a la soberanía. Y sostiene que las reglas tradicionales de la diplomacia no alcanzan cuando los comportamientos de dirigentes extranjeros son “groseros y sin precedentes”. Vieira vincula el “arancelazo” y las sanciones estadounidenses de 2025 con los ataques de Milei contra Lula y el Poder Judicial brasileño. Una encuesta de Zuban Córdoba agrega un dato argentino: el 70,5 por ciento desaprueba los ataques de Milei a Lula y el 88,9 por ciento considera importante a Brasil y su economía para la Argentina.
No es habitual que un canciller, y además un jefe de Itamaraty, escriba que algunos gobernantes extranjeros se comportan como predadores. Mauro Vieira lo hizo en un artículo titulado “Mitos e verdades da diplomacia na era da desinformação”, “Mitos y verdades de la diplomacia en la era de la desinformación. Su punto de partida es Giuliano da Empoli, autor de Los ingenieros del caos y La hora de los predadores. Para Vieira, la desinformación masiva, los algoritmos y las redes sociales ya no son elementos laterales de la política. Funcionan como armas “al servicio del extremismo político” y representan un desafío para las democracias “tanto en el plano interno como externo”.
Conviene tener en cuenta dos antecedentes. El actual canciller de Lula es uno de los mayores conocedores brasileños de la Argentina. Fue seis años embajador en Buenos Aires, durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, y conoce a cada uno de los personajes de la política y el empresariado local. Luego, en un gesto infrecuente, Lula no lo trasladó a Brasilia sino directamente a Washington. Si Brasil está entre las diez economías más importantes del mundo y eso facilita los movimientos y la precisión informativa de un embajador, haber pasado por un destino de ese porte siendo canciller representa un background adicional.
“La llamada era de la posverdad no es una página pasada de la historia, lamentablemente”, escribe Mauro Vieira. Y enseguida lleva la teoría a la política exterior brasileña. Habla de “ataques recientes de gobernantes de turno de países amigos a instituciones democráticas brasileñas”, que no alcanzan solamente a la Presidencia y al Ejecutivo sino también al Poder Judicial. Los define como “comportamientos groseros y sin precedentes de líderes extranjeros”, con “ataques frontales a nuestra soberanía y a nuestro régimen democrático”.
Vieira insiste deliberadamente en la expresión “sin precedentes”. Las motivaciones no son nuevas: “intentar imponer nuevamente al mundo una lógica de ley de la selva y de subordinación”. Lo novedoso son las formas. Por eso advierte: “Analizar lo que sucede en este momento en materia de agresiones a Brasil con métricas y reglas del pasado es equivocarse en la defensa del interés nacional”. Y agrega: “El mundo cambió, cambió para peor en las redes y en las relaciones internacionales”.
Trump y Milei
Vieira ofrece dos ejemplos. El primero son los Estados Unidos. “Nuestro país no provocó el llamado ‘arancelazo’ y las sanciones de 2025”, afirma. Y recuerda que esas medidas tenían “como declarado objetivo presionar al Poder Judicial brasileño”. El argumento brasileño es sencillo: un gobierno extranjero puede cuestionar una decisión de Brasil, pero utilizar sanciones económicas para intentar modificar una decisión judicial transforma el desacuerdo en una cuestión de soberanía.
El segundo ejemplo es la Argentina. Vieira no escribe el nombre de Milei, pero tampoco hace falta: Brasil, dice, “tampoco dio motivo para los improperios del presidente de un país vecino en un evento político-partidario reciente en suelo brasileño”. Cada elemento de la frase importa. Milei no lanzó solamente un ataque desde Buenos Aires. Lo hizo como presidente argentino, dentro de Brasil y en un acto partidario.
El canciller recurre entonces a José Sarney, el presidente que junto con Raúl Alfonsín en 1985 comenzó a desmontar la vieja rivalidad entre los dos países. En una columna reciente, Sarney, que pasó los 90 años, calificó los ataques contra Brasil como “despropósitos” completamente “fuera de los límites de la civilidad”. Vieira considera su artículo una clase de historia porque recuerda los 40 años de convivencia democrática que permitieron construir una relación bilateral que define como “patrimonio común que debe ser defendido en este momento”.
Responder no es perder la prudencia
La cuestión central para Vieira es cómo debe reaccionar Itamaraty. Brasil tiene una larga tradición de prudencia diplomática, pero el canciller rechaza que prudencia signifique pasividad. “El respeto conquistado por la diplomacia brasileña a lo largo de generaciones, en Brasil y en el exterior, deriva de la lucidez en la lectura de las señales recibidas de nuestra sociedad y del mundo”, sostiene.
Y las señales actuales son, según él, “ataques inauditos y virulentos”, algunos “instigados por brasileños que abiertamente conspiran contra el interés nacional”. De allí deriva una definición importante: “El ejercicio de la proporcionalidad, basilar en las relaciones internacionales, requiere respuestas enérgicas del Estado brasileño en defensa de nuestra soberanía y de nuestras instituciones”.
Proporcionalidad y energía no son, para Vieira, contradictorias. Tampoco acepta que se atribuya a Brasil la responsabilidad por las medidas que otros gobiernos adoptan contra el país. Denuncia “la tentativa de algunos de invertir la responsabilidad por los actos hostiles” y sostiene que ésta pertenece “única y exclusivamente” a los gobiernos extranjeros que los practican.
El canciller relaciona esa operación con la crisis interna brasileña. Dice que son “los mismos actores políticos y sociales” que fracasaron primero en la implementación de un golpe de Estado y después en el intento de “maquillar o normalizar el golpe”. Ahora, sostiene, pretenden responsabilizar al gobierno de Lula por las agresiones externas que recibe Brasil. “Fracasarán de nuevo”, pronostica.
La regla de la infancia
En uno de los párrafos más llamativos, Vieira abandona el lenguaje diplomático y recurre a las reglas aprendidas en casa. Incluso en la era de la posverdad, escribe, siguen existiendo “las nociones de buena educación y de cierto y errado que nos enseñaron desde la infancia”.
Y enumera: “Agredir, amenazar, proferir insultos al anfitrión, sea en la casa, sea en el país de quien recibe la visita, o conspirar contra la propia patria en el exterior son actitudes equivocadas, son condenables, y nada cambiará esa realidad.”
Después vienen dos frases que resumen buena parte del artículo: “No se responsabiliza a la víctima por una agresión recibida. La culpa cabe siempre al agresor.”
Lo que piensan los argentinos
La posición de Milei tiene además un problema dentro de la Argentina. La consultora Zuban Córdoba preguntó entre el 8 y el 10 de agosto si los argentinos aprobaban los ataques del Presidente contra Lula. El 70,5 por ciento los desaprobó, el 20 por ciento los aprobó y el 9,5 por ciento no respondió. La relación es superior a tres contra uno.
La segunda respuesta resulta quizás más significativa para la política exterior. Ante la pregunta sobre la importancia de Brasil y de su economía para la economía argentina, el 88,9 por ciento respondió que es importante. Sólo el 10,5 por ciento dijo que no. La encuesta comprendió 1.200 casos de mayores de 16 años, con un margen de error de más o menos 2,83 puntos.
Milei priorizó la disputa ideológica en la relación entre los dos principales países de América del Sur. Los argentinos no lo acompañan en su cruzada donde, además, funciona como proxy de Donald Trump.
Sin control remoto
Y ya que se habla de Trump, Vieira reserva para el final sus frases más duras. Dice que algunos pretenden “golpear a Brasil por medio de autoridades extranjeras y después esconder la mano”. “No va a funcionar”, advierte, porque los brasileños conocen su historia y no renuncian a conducir los destinos de su país.
Entonces aparece la definición que resume el artículo: Brasil “no será gobernado por control remoto desde una capital extranjera”.
No especifica cuál. El principio sirve para Washington, Buenos Aires o cualquier otra capital. Y el canciller termina avisando que “Itamaraty no dejará de reaccionar, siempre con profesionalismo, a las maniobras de desinformación y a las groserías de candidatos a predadores y sus apoyadores locales”.
Milei puede considerar a Lula un adversario, acercarse a Trump y buscar aliados ideológicos en Brasil. Lo que no puede es insultar, actuar como proxy y cambiar es la geografía. Brasil seguirá siendo Brasil cuando Lula ya no sea presidente. Y la Argentina seguirá siendo la Argentina cuando Milei deje de serlo.
Alfonsín y Sarney entendieron hace cuatro décadas que ninguno de los dos países podía elegir al vecino. Néstor Kirchner y Lula le dieron una segunda vuelta a ese matrimonio bien avenido. Vieira agrega ahora otra regla: soberanía no significa solamente impedir que otro país decida por sí mismo. También significa respetar que el vecino decida por sí mismo.