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Trump perdió como en la guerra

De Ford a Trump, 50 años para una misma derrota.

La derrota fue épica y educativa: así como Lula mostró el poder de la movilización, Trump aclaró los límites de la estrategia de la tensión. Ahora viene una situación diferente, con un presidente todavía peligroso.

Cinco claves:

  1. Los demócratas ganaron por 13 puntos y se quedaron con ambas cámaras en una derrota republicana semejante a la de Gerald Ford en 1976.
  2. La guerra con Irán, la suba de combustibles y alimentos convirtieron las legislativas en un plebiscito sobre Trump.
  3. El gasto récord de campaña no evitó la derrota republicana en Texas.
  4. La participación récord y la movilización del electorado latino desbarataron la estrategia de intimidación en torno a las urnas.
  5. Trump amenaza con vetar las leyes demócratas.

La derrota del Presidente Naranja en las legislativas del martes 3 de noviembre fue espectacular, pero también muy educativa. El mes pasado, Lula da Silva mostró el poder de la movilización cuando dio vuelta la derrota de la primera vuelta presidencial y ganó claramente la segunda. Donald Trump mostró el límite absoluto de la estrategia de la tensión permanente, la misma que usa y abusa nuestro Javier Milei.

Perdió mal, perdió como en la guerra. Nadie perdía así desde 1976, cuando Gerald Ford tuvo que pagar la renuncia de Richard Nixon el año anterior. Los números previos venían mal para los republicanos, que ya se habían resignado a perder el control de Diputados mientras a oposición se ilusionaba con el Senado, aunque no se animaba a darlo por ganado. Pero la paliza fue tal, que ahora se discute qué van a hacer los demócratas con mayorías tan amplias en las dos cámaras. Trump se mandó a hacer una gorra nueva, roja con letras blancas, que no dice MAGA. Dice VETO.

Los números

Ya en julio, los estrategas republicanos se la veían venir. Una fortuna gastada en encuestas más que detalladas indicaban que la elección iba a ser un exacto plebiscito sobre la guerra con Irán. Cada vez que alguien abría fuego en Ormuz, los demócratas subían; cada vez que se anunciaba alguna tregua, bajaban. Así de simple. Los contadores de porotos trazaron una línea roja: si no se terminaba de una vez esa guerra, si no bajaban claramente los precios en el surtidor, si no se abarataba el diésel, y por lo tanto bajaban los precios en el supermercado, los demócratas podían llegar a diez puntos de ventaja. Y así se perdía el control en Diputados.

El martes 5 de noviembre, llegaron a trece puntos. Y también ganaron el Senado. La semana anterior a la votación, treinta estrategas tuvieron una reunión por zoom. Los primeros veinte minutos se fueron en chistes de trinchera: ¿tienen hecha la valija de escape? Yo ya hice mi testamento y pagué las cuentas.

Los números daban así de mal, y la esperanza de que Donald Trump los mejorara se estaba desvaneciendo. El presidente no estaba de ánimo y su cierre de campaña, el domingo 3, fue un discurso dedicado a remarcar cómo estaba embelleciendo la capital y la Casa Blanca. Un despiste.

Dineros

Esta elección fue la más cara en la historia de EEUU, país donde ya se gastaban fortunas en campañas, pero esta vez se pasó la barrera de los once mil millones. Los republicanos pusieron incontables dineros para contener la ola demócrata. Elon Musk creó un súper fondo con casi 500 millones él solito, y se gastó la mitad en sostener Texas. Notable: los republicanos perdieron en ese estado, que es como que el PRO perdiera en Recoleta.

La plata no sirvió para nada, como no sirvió para nada la blitzkrieg de avisos y redes. Parte de la explicación era el nivel de delirio ideológico: en lugar de hablar de precios, combustibles, economía, hablaban de transexuales y la jihad que planeaba la izquierda demócrata.

Texas tiene ahora una gobernadora electa, mujer y latina, demócrata y progresista. Todos los distritos de la frontera con México, que hace dos años votaron masivamente por Trump, le votaron fuerte en contra. Gracias, ICE, habrá dicho más de un estratega. Tampoco funcionó la estrategia del miedo. Trump insistió con que las elecciones estaban en peligro de fraude y ofreció un millón de dólares como recompensa por información que permitiera procesar a alguien, a quien sea, por fraude electoral.

También amagaron con la idea, profundamente inconstitucional por allá, de ponerle custodia armada, de uniforme, a los lugares de votación. Y, a quien le preguntara, le susurraban que ICE iba a aprovechar a patrullar las cercanías. Era para asustar a las minorías, en particular a los latinos y mexicanos, sospechosos por portación de cara.

El voto fue un récord, la abstención bajó, los latinos sospechosos votaron como nunca, y hay que destacar el coraje de un sector, los muy mal pagos empleados públicos que manejan la mecánica de las elecciones. Por allá no hay fiscales partidarios ni ciudadanos convocados a presidir mesas, son burócratas de bajo rango que, cada dos años, operan las maquinitas e identifican al votante. Muchos, pero muchos, habían sido amenazados por militantes de derecha, que los consideran cómplices del fraude del Estado Profundo.

El martes 3, cuando fueron a trabajar, temían ataques de milicianos o loquitos nomás, que hicieran justicia por la libre. Fueron igual. La cosa era para tanto que la vicegobernadora del muy pero muy republicano y conservador estado de Utah, Deidre Henderson, se indignó en la televisión nacional y dijo que “las amenazas al voto eran externas, de grupos radicalizados, cibernéticos, de gobiernos hostiles. Ahora tenemos además amenazas de nuestro propio gobierno”.

El Ministerio de Justicia llegó a exigirle al Estado de California que bloqueara el voto de veinte mil residentes, diciendo que sospechaba que eran extranjeros. También objetó el voto en Alaska, porque hubo dos candidatos con el mismo nombre -Dan Sullivan- lo que consideraban hacer trampa. Las cortes le rechazaron los dos reclamos, y ni siquiera funcionó el intento más complejo e institucional de hacer fraude, eso de redibujar los distritos electorales para inventar mayorías artificiales.

Trump lo impulsó, pese a que la tradición -o la excusa- es que se haga cada diez años, resultados del censo en mano. Perdieron en prácticamente todos los distritos deformados por los gobernadores republicanos.

La que viene

Trump parece claramente desconcertado por el resultado, una piña a su ego. En toda la campaña insistió en que había que votar “como si yo estuviera en la boleta”, algo que puso nerviosos al 90% de sus candidatos. Fue notable cómo hacían decenas de avisos sin mencionar al Naranja.

Pero ya se la va a pasar al presidente, que tiene todavía una enorme capacidad de hacer daño. En este segundo período, Trump ignoró al Congreso y no mandó ningún proyecto de importancia desde el paquete de rebaja de impuestos a los ricos y las corporaciones, con fuertes recortes a los programas sociales.

Al hombre le gusta gobernar por decreto, y los demócratas ya se relamen pensando en mandar leyes que restauren el sistema de salud, las pensiones y la ayuda a los más pobres. Trump ya prometió vetar todo, lo que augura dos años de parálisis y fastidios.

A la oposición no le alcanza, pese a este éxito, para hacerle juicio político. Pero no le alcanza por poco, no le alcanza por un puñado de republicanos que se harten de escuchar al monotemático y sumen sus votos. Trump ya no es el árbitro de la derecha nacional, ya no hace falta tenerle miedo, desobedecerlo no es la muerte política.

Y su vicepresidente, JD Vance, lo critica abiertamente: “perdimos por la guerra en Irán”.

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