Ir al contenido principal

¿Y ahora qué?

Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

Custodiar la humanidad ante el nuevo poder tecnológico

Cuando en la encíclica Magnífica humanidad el Papa León XIV exhorta a custodiar la humanidad en tiempos de avances tecnológicos relacionados con la inteligencia artificial, no plantea una consigna abstracta. Advierte sobre un cambio cultural acelerado, atravesado por palabras que ya se han vuelto habituales: singularidad, posthumanismo y transhumanismo.

El llamado es claro: volver al sano ejercicio filosófico de pensar y discernir “la cosa” antes de que “la cosa” se imponga por sí misma y deje a la humanidad sin alternativas. La carrera tecnológica desenfrenada, sin un discernimiento filosófico que se anticipe a lo desconocido mediante protocolos éticos y morales, exige una respuesta urgente: salvaguardar la humanidad. 

Por lo tanto, se vuelve un imperativo categórico discernir anticipadamente las eventuales consecuencias morales y éticas de la IA que pudieran ser peligrosas para la supervivencia humana, antes de que sea demasiado tarde.

La singularidad: una palabra que cambió de sentido

Debemos tomar muy en serio afirmaciones que ya están naturalizadas en nuestro lenguaje. Una de ellas es la palabra “singularidad”. 

Desde la física, se entiende por singularidad un punto del espacio con densidad infinita, donde las leyes de la ciencia conocida dejan de funcionar. El ejemplo más claro es el de los agujeros negros, donde la densidad y la fuerza gravitacional son tan extremas que ni siquiera la luz puede escapar de su atracción.

Pero no es esa singularidad física la que interesa en este texto, sino la singularidad tecnológica. Se trata del escenario hipotético —aunque algunos creadores de IA sostienen que ya estamos ingresando en él— en el que la inteligencia artificial superaría a la inteligencia humana. En ese punto, las computadoras podrían crear máquinas más inteligentes que ellas mismas de manera rápida, continua y autónoma.

El resultado sería un proceso de avances tecnológicos tan veloz que los seres humanos ya no podrían predecirlo ni detenerlo.

Un escenario de estas características cambiaría la forma de vivir, trabajar y pensar de la civilización. Filosóficamente, se trataría de un estadio transhumano: un después de la humanidad tal como la conocemos.

De cara a este escenario, el ser humano debe entender de qué se trata y quiénes están detrás de esta transformación.

La IA y el dinero detrás del poder

El desarrollo de la IA avanzada requiere miles de millones de dólares en poder de cómputo. Ninguno de los personajes que controlan estas tecnologías opera solo: se agrupan en grandes bloques de financiamiento corporativo.

*El bloque Microsoft-OpenAI. Sam Altman transformó a OpenAI de una organización sin fines de lucro a una entidad comercial, asegurando más de 13.000 millones de dólares de Microsoft. Reid Hoffman aportó el puente inicial de capital de riesgo y contactos clave en Silicon Valley para sostener esta estructura.

*El bloque Big Tech-Anthropic. Tras salir de OpenAI por diferencias éticas, los hermanos Amodei buscaron el respaldo de los rivales directos de Microsoft. Consiguieron inversiones masivas de Amazon, por más de 4.000 millones de dólares, y de Google, creando un contrapeso financiero exacto en la industria.

*El eslabón huérfano. Elon Musk financia su propia empresa, xAI, utilizando el flujo de caja de sus otras compañías y el apoyo de fondos soberanos de Medio Oriente. Peter Thiel, en cambio, opera principalmente desde la sombra tecnológica a través de Palantir, una firma de análisis de datos e IA profundamente vinculada a contratos militares y de inteligencia estatal.

Los conflictos comerciales: la guerra por el talento y el hardware

El control de la IA ha desatado batallas legales y comerciales sin precedentes entre estos mismos actores.

*Jensen Huang, el proveedor de armas. Nvidia se ha convertido en el verdadero cuello de botella de esta guerra tecnológica. Todos los actores anteriores —Altman, Musk y los Amodei— compiten por acceder a sus chips H100 y a arquitecturas más recientes, como Blackwell. El poder de Huang radica en que puede decidir, mediante la asignación de inventario, qué empresa entrenará el siguiente modelo masivo y cuál quedará rezagada.

Demandas y traiciones. Elon Musk ha demandado repetidamente a Sam Altman y a OpenAI, acusándolos de traicionar la misión fundacional de crear una IA abierta y benéfica para la humanidad, para convertirse en una filial de facto de Microsoft. Altman, por su parte, ha reclutado agresivamente talento científico de los laboratorios de Musk y de los hermanos Amodei.

La estrategia geopolítica y militar

Este grupo no solo busca vender software. Busca redefinir la infraestructura del Estado moderno y disputar el control de tres campos decisivos: la defensa, la energía y la estructura futura del mercado tecnológico.

*Palantir y Thiel: IA de combate. Peter Thiel ha posicionado a Palantir como el sistema operativo de defensa de Occidente. Su IA se utiliza activamente para la toma de decisiones en campos de batalla modernos, análisis de satélites y focalización de objetivos militares.

*Altman y la diplomacia global. Sam Altman viaja por el mundo reuniéndose con jefes de Estado. Su objetivo es doble: moldear las regulaciones gubernamentales para que favorezcan a los grandes laboratorios, levantando barreras de entrada para nuevas empresas, y asegurar acuerdos energéticos masivos —incluidas plantas nucleares— para alimentar los centros de datos del futuro.

*Musk y la IA descentralizada. Elon Musk promueve xAI y su modelo Grok bajo la premisa de una IA “anti-woke” y sin censura ideológica, buscando capturar el mercado político y cultural que recela del control corporativo de Microsoft o Google.

Aplicación en el sector militar y de defensa

La inteligencia artificial avanzada no debe ser comprendida únicamente como una herramienta civil de productividad, sino como una tecnología de poder estratégico. En el ámbito militar, su valor consiste en integrar enormes volúmenes de datos provenientes de satélites, drones, radares, sensores terrestres, comunicaciones y bases de inteligencia para convertirlos en decisiones operativas cada vez más rápidas. 

El peligro filosófico y moral aparece cuando la velocidad de la máquina comienza a reducir el tiempo humano de deliberación: allí donde antes había juicio, prudencia y responsabilidad personal, puede emerger una cadena automatizada de recomendación, selección y ejecución.

Empresas como Palantir han sido presentadas como plataformas capaces de conectar datos militares dispersos y producir una imagen operativa unificada. Informes recientes describen sistemas como TITAN, Gotham o Maven como infraestructuras destinadas a acelerar la identificación de amenazas, la interoperabilidad entre fuerzas y la toma de decisiones en tiempo casi real. 

Esto no significa necesariamente que la IA reemplace por completo al mando humano, pero sí desplaza el centro de gravedad: el comandante ya no decide solo ante los hechos, sino ante una realidad previamente filtrada, ordenada y jerarquizada por algoritmos.

El riesgo mayor no es solo técnico, sino antropológico. Una guerra asistida por IA puede hacer más eficiente la defensa, pero también puede normalizar una distancia moral entre quien decide y quien sufre las consecuencias. Si la selección de objetivos, la vigilancia masiva o la anticipación de amenazas se apoyan en modelos opacos, la responsabilidad se diluye entre gobiernos, contratistas, diseñadores de software y operadores militares. 

Por eso, custodiar la humanidad en este campo exige reglas claras: supervisión humana efectiva, trazabilidad de decisiones, límites al uso autónomo de la fuerza y prohibición de sistemas que conviertan al ser humano en simple dato dentro de una cadena de ataque.

Impacto energético de las supercomputadoras de IA

La IA parece inmaterial porque se presenta como nube, lenguaje y respuesta instantánea; sin embargo, su cuerpo real está hecho de centros de datos, chips, redes eléctricas, sistemas de refrigeración, agua, minerales críticos y territorio. Cada modelo avanzado requiere entrenamientos costosos y una operación continua que transforma la energía en cálculo. 

Según la Agencia Internacional de la Energía, la demanda eléctrica de los centros de datos creció con fuerza en 2025 y podría duplicarse hacia 2030, mientras que la demanda de centros enfocados específicamente en IA podría triplicarse. Esto convierte a las supercomputadoras de IA en un nuevo actor geopolítico del sistema energético mundial.

El problema no es solamente cuánto consume la IA, sino dónde y bajo qué condiciones se instala esa demanda. Los grandes centros de datos necesitan electricidad abundante, conexiones rápidas a la red y refrigeración constante. Allí donde la red eléctrica es débil, la expansión de la IA puede competir con hogares, industrias y servicios públicos por el acceso a energía asequible. 

Allí donde se recurre a gas natural o a generación local para evitar demoras de conexión, puede aumentar la presión ambiental. Y allí donde las empresas tecnológicas firman contratos masivos de energía renovable, nuclear o geotérmica, surge una nueva pregunta: ¿quién decidirá el destino de la energía futura: las comunidades políticas o las plataformas tecnológicas?

También existe una paradoja. La IA puede ayudar a optimizar redes eléctricas, prever demanda, mejorar mantenimiento, reducir pérdidas y acelerar innovación energética. Pero si su despliegue queda gobernado solo por la lógica de la competencia corporativa, sus beneficios pueden quedar subordinados al crecimiento ilimitado del cómputo. 

La cuestión ética no es rechazar la tecnología, sino preguntarse si la inteligencia artificial será usada para ordenar mejor la casa común o si terminará exigiendo una infraestructura energética tan gigantesca que condicione la economía, el clima y la soberanía de los Estados.

Predicciones de monopolio y concentración del poder tecnológico

La estructura económica de la IA avanzada tiende naturalmente a la concentración. Para competir en la frontera tecnológica se necesitan chips escasos, centros de datos gigantescos, capital de miles de millones de dólares, talento científico altamente especializado y acceso privilegiado a datos. 

Estas barreras hacen que la promesa de una inteligencia artificial abierta pueda quedar reemplazada por un pequeño grupo de alianzas entre laboratorios, proveedores de nube, fabricantes de chips y fondos de inversión.

Las investigaciones antimonopolio sobre Nvidia, Microsoft y OpenAI muestran que el problema ya no es hipotético. Nvidia concentra una posición decisiva en los chips de alto rendimiento; Microsoft ha invertido sumas masivas en OpenAI y ha integrado sus modelos en productos globales; Google y Amazon sostienen a Anthropic como contrapeso; y otros actores buscan asegurar capacidad de cómputo mediante acuerdos energéticos y de infraestructura. 

En este escenario, el monopolio no necesariamente adopta la forma clásica de una sola empresa dominante, sino la de un ecosistema cerrado donde pocos actores controlan las capas esenciales: hardware, nube, modelos, datos, distribución y regulación.

La predicción más inquietante es la formación de una oligarquía algorítmica: empresas capaces de influir simultáneamente en la economía, la defensa, la educación, la salud, la información pública y la administración estatal. 

Si esos sistemas se vuelven indispensables, los Estados podrían terminar regulando desde una posición de dependencia, y los ciudadanos podrían quedar reducidos a usuarios cautivos de infraestructuras que no comprenden ni controlan. 

Custodiar la humanidad, entonces, exige algo más que innovación: exige pluralidad tecnológica, auditorías independientes, separación entre poder público y poder corporativo, soberanía de datos, mecanismos antimonopolio eficaces y una ética que coloque a la persona humana por encima de la rentabilidad del cálculo.


Rafael Del Blanco es presbítero de la Arquidiócesis de Resistencia Chaco. Actualmente está cursando Licenciatura en Filosofía en la Pontificia Universidad Urbaniana, Roma.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *