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Directores: Martín Granovsky y Rafael Prieto
Edición: 141
Y Ahora Qué en +Perfil /// Entrevistas

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Ezequiel Saferstein: “La rebeldía por derecha es una reacción contra el progresismo”

POR

Ezequiel Saferstein dice que los libertarios veían al macrismo como “una derecha cobarde”.

¿Qué queda de aquella identidad contracultural de la extrema derecha cuando sus protagonistas llegan al Estado, consiguen financiamiento, gestionan instituciones y descubren que la política también implica negociar, hacer “rosca” y convivir con aquello que antes llamaban “la casta”? Aquí el sociólogo Ezequiel Saferstein contesta esas y otras preguntas.

En 2018, cuando Ezequiel Saferstein empezó a frecuentar presentaciones de libros y encuentros de grupos de derecha en pequeños salones porteños, el fenómeno todavía parecía confinado a circuitos relativamente marginales, pero algo comenzó a moverse rápido.

Primero aparecieron los jóvenes. Después, auditorios cada vez más adultos; y en marzo de 2019, cuando Javier Milei, Agustín Laje y Nicolás Márquez reunieron a más de mil personas en el Auditorio Belgrano, Saferstein y sus colegas tuvieron una certeza: “acá está pasando algo”.

Sociólogo, doctor en Ciencias Sociales e investigador del CONICET con sede en la Escuela IDAES de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), Saferstein lleva años estudiando las relaciones entre cultura y política, con especial atención al mundo editorial, los libros y las formas en que intervienen en la conversación pública. Ese recorrido desembocó ahora en ‘El libro negro de la nueva derecha’ (Siglo XXI, 2026), una investigación que reconstruye cómo actores que se movían en los márgenes fueron ganando visibilidad, construyendo públicos y articulando una identidad política propia.

En esta entrevista con Y ahora qué?, el autor evita las explicaciones cómodas y asegura que no alcanza con imaginar una maquinaria que baja ideas “desde arriba”: hay también experiencias, malestares y apropiaciones que circulan de abajo hacia arriba, y seguidores que no reciben pasivamente un paquete ideológico, sino que seleccionan, discuten, producen contenidos y crean sus propios espacios.

En ese entramado aparecen Laje y Márquez -uno como sintetizador y divulgador, el otro como polemista y armador-, pero también los libros como objetos de autoridad en plena era de TikTok y YouTube, los jóvenes que hacen de la lectura una herramienta para discutir y una “rebeldía por derecha”, que se construye contra el progresismo y contra una derecha considerada demasiado moderada.

–Vos empezaste a investigar el mundo libertario cuando aún parecía bastante marginal. ¿En qué momento te diste cuenta de que había dejado de serlo?

—Saferstein: Empecé a seguirlos en redes y, en 2018, fui con Analía Goldentul a un evento en el Club Español, un espacio relativamente pequeño donde se hacían muchas reuniones y presentaciones de libros de grupos de derecha. Nos llamó la atención la cantidad de jóvenes que había. Para entonces, ‘El libro negro de la nueva izquierda’, que fue con el que Laje y Márquez empezaron a masificarse, ya circulaba hacía un tiempo. Pero el momento en que dijimos “acá está pasando algo” fue en marzo de 2019, cuando se hizo el primer evento en el que estuvieron Milei, Laje y Márquez juntos, en el Auditorio Belgrano. Había más de mil personas y la entrada era paga. El evento se llenó, y eso nos sorprendió a nosotros y a los organizadores. Ahí sentimos que algo estaba cambiando.

–¿Qué fue lo que cambió? ¿Crecieron estas derechas o cambió la sociedad que empezó a escucharlas?

—Saferstein: Creo que hubo un poco de ambas cosas. Para 2019 Milei ya era una figura mediática muy instalada, sobre todo por la televisión y las redes. Laje también tenía mucha circulación digital y Márquez, en menor medida. Al mismo tiempo, se profundizaba la crisis del gobierno de Macri y estos sectores empezaban a criticarlo por derecha. Para los grupos más ideologizados, esos encuentros funcionaban como espacios de impugnación al macrismo -al que veían como una “derecha cobarde”-, incluso más que al kirchnerismo. Milei encontró ahí un filo por la cuestión económica. Y después estuvo el debate sobre el aborto, que Macri habilitó y que para muchos de estos sectores fue la gota que rebasó el vaso.

–Ese primer núcleo era muy ideologizado. ¿Cómo se pasa de ahí a un espacio capaz de interpelar a públicos mucho más amplios?

—Saferstein: Ahí se van conectando mundos que antes estaban bastante separados. Ese militante programático provenía, en general, de espacios más pequeños y muy ideologizados. Cruz del Sur, por ejemplo, era una agrupación chica, pero organizó el encuentro de Milei, Laje y Márquez, así como las primeras presentaciones de Laje en la Feria del Libro. Ese tipo de espacios lograron conectar a un núcleo muy doctrinario con grupos mucho más amplios de jóvenes que quizá ni siquiera se reconocían como de derecha. El contexto de masificación del feminismo y, especialmente, el debate por el aborto fueron fundamentales. Esos sectores salieron a la calle y descubrieron que eran muchos más de los que pensaban. Al principio podía leerse como una reacción, pero pronto apareció algo más: la posibilidad de articular demandas, construir una identidad de derecha y elaborar un programa político-cultural propio. Ahí también empezó a tejerse ese “fusionismo” entre liberales, conservadores y nacionalistas.

–En el libro trabajás la idea de que todo esto se construyó “desde arriba”. ¿Qué había en ese “abajo” para que estas ideas prendieran?

–Saferstein: Hay elementos que van de arriba hacia abajo, pero también -y sobre todo- de abajo hacia arriba. Los sectores intelectuales y programáticos existieron históricamente, y las trayectorias de Laje y Márquez muestran que su propia conformación como referentes se nutrió del activismo, de publicar libros y de armar redes. Y eso conectó, en un momento determinado, con experiencias sociales concretas como la crisis económica del macrismo, jóvenes que se acercan al mileísmo por razones económicas y varones y mujeres conservadores preocupados por el feminismo. Lo interesante es que el vínculo con los referentes no supone aceptar acríticamente todo lo que decían. Muchos dijeron: “no estoy de acuerdo con todo lo que dice Laje, pero con esto sí”. Hay algo de sus propias experiencias que los interpela, los conmueve o los politiza. No compran necesariamente todo el paquete: crean contenidos, escriben libros, arman espacios y se juntan a discutir. Hay una dimensión mucho más capilar.

–Laje y Márquez aparecen como dos figuras centrales, pero bastante distintas. ¿Qué aportó cada uno a la construcción de esta nueva derecha?

–Saferstein: Márquez surge de una derecha más tradicional, muy ligada al mundo militar y a la llamada “memoria completa”. Su carrera empieza con el activismo y con libros revisionistas sobre los años setenta. Fue un pionero porque no provenía de una familia militar: era un joven que llegaba desde afuera y que fue rápidamente cobijado por ese mundo. Laje comienza como discípulo de Márquez, también con un primer libro sobre los setenta, pero enseguida sus pares reconocen que podía ir más allá de esa agenda. Los dos fueron dejando de lado la centralidad exclusiva de esa causa y encontraron en la batalla cultural una perspectiva que excedía a la Argentina y a los años setenta. La cuestión de género y el feminismo les permitieron, además, entrar en un tema mucho más masivo a nivel regional. Y sus estilos son muy distintos: Laje construye una posición más erudita, con una trayectoria universitaria y una fuerte preocupación conceptual; Márquez es, sobre todo, un polemista y un armador. Los dos tienen una relación ambigua con el mundo universitario porque replican algunas de sus prácticas, pero se posicionan por fuera y muchas veces en contra.

–¿Qué idea aporta Laje al pensamiento de esta derecha?

–Saferstein: Diría que Laje es menos un productor de una teoría completamente original que un gran sintetizador y divulgador. Tiene capacidad para articular distintas corrientes de las derechas y apropiarse productivamente de marcos teóricos que, según él mismo dice, le son ideológicamente ajenos. Toma, por ejemplo, elementos de Laclau y de Gramsci y los traduce en una suerte de gramscianismo de derecha. Eso no es nuevo históricamente, porque las derechas ya se apropiaron de Gramsci en otros momentos, pero Laje logra sintetizar esas tradiciones, traducir autores para su público y convertirlas en un programa político del que se siente protagonista. Sus propios pares lo reconocen: Márquez dice que Laje es “el mejor de nosotros”. Y en ‘La batalla cultural…’ termina de proponer esa articulación entre liberales, conservadores y nacionalistas bajo la idea de una “nueva derecha”.

–En plena era de TikTok, YouTube y X, el libro sigue ocupando un lugar enorme. ¿Por qué un libro todavía da una autoridad que un posteo no proporciona?

–Saferstein: Porque el libro sigue siendo un artefacto cultural históricamente legitimado. Robert Darnton habla del “efecto libro”: un objeto impreso, atribuido a un autor, que tiene una totalidad -empieza y termina- y que perdura en el tiempo. Eso todavía está asociado a una forma de intervención en la cultura que tiene un peso particular. Ellos se montan sobre esa legitimidad para diferenciarse. Dicen: “no somos meros influencers o youtubers, escribimos libros”. Al mismo tiempo, sería un error separar el libro de las redes, porque buena parte de su masificación ocurrió justamente por los contenidos digitales. El libro forma parte de un sistema de comunicación más amplio en el que conviven publicaciones, videos, redes, conferencias y eventos. Pero ellos preservan la figura del autor como una función principal y la contraponen a lo que consideran más efímero en el mundo digital.

–¿La llamada “rebeldía por derecha” es sobre todo una reacción contra el progresismo o también contra una derecha que esos jóvenes consideran demasiado moderada?

—Saferstein: Yo la encontré sobre todo en los usos y las apropiaciones que hacen muchos jóvenes para definirse como parte de la batalla cultural. Para algunos, la rebeldía consiste en discutir con sus profesores sobre los años setenta y llevarles las fuentes o los datos que encuentran en los libros de Márquez. Para otros, en discutir con compañeras feministas o incluso dentro de sus propias iglesias y espacios de pertenencia. Hay algo de esa idea de “te falta lectura, zurdito” que aparece mucho: la rebeldía se articula con la pretensión de estar parado sobre datos y argumentos. Aclaro que el núcleo que entrevisté no es representativo de todo el espacio, pero permite ver cómo esos libros y otros artefactos culturales les dan herramientas para construir una posición de rebeldía con cierto “conocimiento de causa” desde su propia mirada.

–Durante años la batalla cultural se presentó como algo que se hacía desde los márgenes y “a pulmón”. ¿Qué cambia cuando esa batalla cultural llega al Estado, a los think tanks y al financiamiento empresario?

—Saferstein: Cambia completamente la situación porque quienes construyeron su identidad desde un lugar supuestamente contracultural pasan a estar parados del otro lado. Laje, por ejemplo, venía de una Fundación que prácticamente no tenía recursos y hoy dirige una estructura con financiamiento y vínculos empresariales. Muchos de los jóvenes que militaban en estos espacios también fueron entrando al Estado y empezaron a contar con recursos partidarios o estatales. Y ahí aparece la necesidad de gestionar. Personas que habían construido parte de su identidad militando contra el Estado tienen que hacerse cargo de la gestión y aprender a hacer política. Muchos de ellos pasan de una militancia muy ideológica a reivindicar la “rosca” política, a negociar y a aceptar dentro de la estructura a personajes que antes podían formar parte de aquello que llamaban “la casta”. Puede verse como una contradicción, pero también como un aprendizaje porque cambian las condiciones y ellos aprenden que la política funciona de otra manera.

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