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Algunas ideas sobre cómo construir la alternativa

Algunas ideas sobre cómo construir la alternativa
El mero voto no representa el ejercicio pleno de la democracia.

La democracia reclama avances en educación, conciencia de derechos políticos responsables y un fuerte compromiso y participación en los asuntos públicos contra un libertarismo que promueve cortarse solo y la promoción de un mundo muy apolíticos. “Hay que combatir la confusión general”, dice el autor.

Cinco claves:

  1. La democracia requiere educación, compromiso y participación ciudadana más allá del voto cada dos años.
  2. El ascenso de Milei se explica por una fragmentación social previa, agravada por el estancamiento y la precarización laboral.
  3. El ajuste debilita salarios y mercado interno, mientras la inversión productiva es clave para generar empleo y desarrollo.
  4. La oposición necesita superar disputas personales y construir un programa que genere inclusión.
  5. Un nuevo federalismo debe impulsar inversiones locales, trabajo y producción en todas las regiones del país.

El programa para superar la crisis estructural de la Argentina es una tarea política de primera magnitud porque implica movilizar a todos los sectores sociales en la dirección de marcha de superación de la condición país subdesarrollado, gesta que permitirá a cada clase y grupo social mejorar su situación y encarar el porvenir con mejores perspectivas de realización personal, familiar y comunitaria.

Tomalo con calma…
Esto es dialéctica pura,
¡te volverá a pasar tantas veces en la vida!
(Estribillo del tango ‘Chau, no va más’, de los hermanos Expósito, música de Virgilio, letra de Homero)

El voto universal fue un inmenso avance de la humanidad en la larga y compleja construcción de la institucionalidad democrática y, pese a ello, todavía hay varios estados que no lo aplican de modo cabal aun perteneciendo a la Organización de las Naciones Unidas. Los equívocos empiezan cuando nos enseñan que en la Grecia antigua se fundó la democracia, siendo -en realidad- un régimen que hoy llamaríamos aristocrático o híbrido que concedía sólo a los ciudadanos nativos varones mayores de edad el derecho a pertenecer a la Polis (con voto en la asamblea), prerrogativa de la que no gozaban las mujeres, los sirvientes, los esclavos, ni los extranjeros, aunque fuesen de otras ciudades griegas. Menos del 15% de la población reunía tales requisitos.

La mención histórica lejana viene a cuento sobre el hecho de que la democracia no es un estadio alcanzado de una vez y para siempre sino una deseable dirección de marcha, siempre perfectible. Requiere avances de educación y conciencia de derechos políticos que deben ejercerse responsablemente. Y para que esto no suene a admonición autoritaria y/o moralista digamos que, esencialmente implica compromiso y participación en los asuntos públicos.

Esto es algo ya de por sí repugnante para el liberalismo berreta que vemos en estos días, para el cual cuanto más cada uno se corte solo y más “apolítico” sea mejor nos va a ir, según esa bizarra idea del mundo que, como otros disparates, suelen aparecer en momentos de pérdida del rumbo de modo nada casual para “pescar en río revuelto”, es decir en medio de la confusión general.

Vamos afinando: todo esto viene a cuento de que no se puede considerar sólo la emisión de un voto cada dos años como el ejercicio pleno de la democracia. Si tenemos una sociedad dañada por su fragmentación y pérdida de objetivos comunes no puede en modo alguno sorprendernos que salgan elegidos sucesivos esperpentos. La democracia necesita del voto, mientras los seres humanos no encontremos formas superiores de registrar la voluntad general, pero no se agota en él, como se pretende, por aquello de que no se puede engañar a todos, todo el tiempo.

Hoy, indudablemente, han avanzado más las herramientas para condicionar la opinión del votante que el necesario proceso de información y toma de conciencia de lo que está en juego en cada instancia electoral. Dicen los expertos que, analizando los procesos electorales en las democracias occidentales al menos, están primando más en la determinación del voto las razones de odio y temor antes que la de la solidaridad y la fraternidad. Hasta Lula se habría beneficiado de eso cuando una parte del electorado brasileño tomó conciencia de que podía gobernar Bolsonaro hijo.

El temor al retroceso motivó que concurrieran muchos que en la primera vuelta se habían quedad en su casa. Sería interesante saber si se ha medido el traspaso de votos de Bolsonaro hacia Lula en la segunda vuelta ante la sombría perspectiva que se abría delante de quienes, en la primera, sólo estaban expresando un rechazo o castigo al gobierno. (La IA contesta, rutinariamente para nuestro gusto, que ese traspaso es insignificante en términos cuantitativos).

El “ejército” de comunicadores ayudó, pero no puede adjudicársele un rol demiúrgico (ordenador del caos) si no está la materia prima predispuesta para dar el paso. Y si estuvo, como los resultados lo muestran, fue también por miedo al autoritarismo de la llamada “nueva derecha”, que es en realidad un formato fascista al que se le han pulido y disimulado (por ahora) los roles más virulentos de su programa regimentador y excluyente de toda sensibilidad social amplia y solidaria.

Para abordar la realidad argentina resulta paradójico que sea hasta más fácil arrancar por Brasil, con la impunidad que otorgan tanto la distancia como la ignorancia. La rima nos induce a incluir “audacia” para completar una impunidad presuntamente analítica.

Hay que partir de la fragmentación

La sociedad argentina estaba profundamente dividida, enojada y también desconcertada antes que ganara Milei. El fue el desemboque de un proceso que no podía sostener el nivel de calidad de vida que el discurso oficial pretendía exhibir, debido al estancamiento de la actividad productiva por insuficiente inversión para sostener ese objetivo irrenunciable.

Como consecuencia de ello caía, y sigue haciéndolo, el empleo formal mientras “crecían” los “informales” (autónomos), y además con una creciente masa de compatriotas total o parcialmente fuera del sistema, dependiendo para sobrevivir de las ayudas oficiales e iniciativas comunitarias como Cáritas o similares, distribuidas a lo largo de un país extenso y vacío en superficies desmesuradas.

Sólo una lectura mezquina e ignorante puede considerar a quienes padecen de pobreza estructural (lo cual supone no disponer hasta de capacidades mínimas para trabajar) como “vagos que quieren vivir de arriba”. Tal ceguera es inexplicable y abre otros interrogantes sobre el deterioro cultural argentino. Con un país a medias funcionando y a los tropezones, castigado con una inflación galopante, dejaron de funcionar hasta las políticas de ajuste practicadas por la dupla Massa-Rubinstein en la última etapa de la maltrecha gestión de Alberto Fernández.

Esos pocos programas de ayuda, que a veces sólo contaban con financiamiento externo, eran acompañados, eso sí, por anuncios de verdaderos programas de asistencia social que no llegaban a adquirir volumen, entre otras cosas por la insuficiencia de recursos públicos que genera una economía semiparalizada. Fenómeno que se ha agudizado notablemente durante el mandato de Milei, bajo la pretensión de ser una gestión ordenadora que ignora la obviedad de que el equilibrio presupuestario sólo se alcanza en un contexto dinámico y jamás en uno regido por la motosierra que no sólo destruye empleos, sino que, por asfixiar el mercado, alimenta el desorden.

Estos miopes ajustadores (de los otros) ignoran la verdad sólida de que el salario es el principal factor que constituye el mercado en una economía nacional que, mediante la inversión constante por encima de la reposición del capital instalado, amplía su producción y mejora sistemáticamente su productividad. Ésta, la productividad, requiere de aquella, la producción, para florecer y no al revés como sostienen quienes quieren allanar la economía argentina al abastecimiento externo, tanto de sus bienes de consumo como de inversión, impidiendo la ampliación constante de su capacidad para dar trabajo y pagar mejores salarios sin dejar de producir y exportar.

El diseño de un país “para la exportación” (Gerchunoff) con desinterés o descuido del mercado interno va de la mano de esa visión estrecha, simplista y ahistórica que presume que la productividad puede realizarse en abstracto, sin un cuerpo sólido que la sostenga.

Y por eso estos liberales dedicados a las finanzas como si ellas resumieran la economía (bien lejanos de aquellos de fines del siglo XIX que concebían a la industria hermanada con la expansión de la frontera agropecuaria) no tienen en su formación ni en su campo de mira el mínimo necesario para participar de un debate sobre qué significa la programación del desarrollo en esta etapa de la humanidad.

Son meros voceros, lo confiesen o no, de los intereses financieros que pretenden primarizar la Argentina, donde presuntamente ya sobraría la mitad de la población, sobre una geografía inmensa. Una suma increíble de contrasentidos. Los países que más exportan son los que más producen y consumen. Y los que sólo exportan (materias primas) están condenados al subdesarrollo. Así pues, con una sociedad fragmentada y empobrecida, la estrategia que se impone no es diseñar un conjunto de medidas presuntamente movilizadoras. Implica, en cambio, movilizar las fuerzas sociales para plantear objetivos de desarrollo, en cuyo marco puedan resolverse contradicciones y problemas que hoy parecen insolubles. Hay muchísimos votantes de Milei, la mayoría, que está sufriendo sus atropellos. Y no hay un registro generalizado de que vayan a votar por otro programa con eje en la expansión e inclusión que -por otra parte- hoy no existe ni está representado por la oposición.

Por eso hay que sacar la confrontación del punto muerto en el que se encuentra, que no es precisamente de debate fértil, sino una denostación mutua y constante, una imputación al contrario de todos los horrores del mundo, una pelea de gatos, absolutamente estéril. Sobran reservas políticas en la Argentina, pero están dispersas, y mantenerlas así consiste la estrategia de los ingenieros del caos.

Confinar el análisis en si Cristina Kirchner puede o no ser candidata, con la intención de ser subrogada por alguien de su confianza, o si Patricia Bullrich y/o Victoria Villarruel, van a abrirse llevándose algunos votos es un ejercicio inútil y distractivo porque no lleva a ningún lado como no sea a perpetuar el actual y muy penoso estado de las cosas.

Nadie sobra para ser una Nación pujante

Lo verdaderamente desafiante, y necesario, es ofrecerle al país una política sustancialmente distinta sobre la base de que aquí no sobra nadie y la Argentina tiene condiciones culturales, materiales y voluntad como para constituirse en una verdadera nación pujante y equitativa, capaz de regir su devenir hacia el futuro.

No se trata de hacer declamaciones voluntaristas en el aire, sino de aplicar el empeño desde y para la política en desenvolver las fuerzas productivas ante todo brindando múltiples posibilidades de trabajo a lo largo y lo ancho del país, no sólo explotando recursos naturales para garantizar el repago de la deuda, siempre creciente, como es el modelo actual.

Tenemos esas capacidades, pero no están hoy ordenadas en una sumatoria que convoque una inmensa mayoría de voluntades, que se exprese en las urnas pero que sobre todo protagonice la epopeya del desarrollo nacional, llevando a todos los rincones del país los impulsos del trabajo productivo.

Necesitamos, como viene insistiendo Manuel García Solá, diseñar un nuevo federalismo, que convoque y arraigue fuertes inversiones en todas las regiones que hoy vegetan sobre territorios desbastados por la depredación del extractivismo que esta gente viene aplicando.

Todas las ventajas que con el RIGI se le están ofreciendo al capital monopólico deben ampliarse para inversiones locales que desplieguen la oferta laboral y la producción multiplicada de bienes y servicios para todos nuestros compatriotas y quienes se sumen, como lo anuncia con toda precisión el Preámbulo de la Constitución Nacional cuyo recitado tan eficaz fue en 1983 para convocar voluntades y esperanzas, cuya realización está pendiente.

Lo que hoy es una geografía vacía que alberga una comunidad empobrecida y mal distribuida, puede convertirse en pocos años en un florecimiento territorial notable mediante políticas de apoyo a la inversión productiva en cada lugar donde haya recursos, paisajes y voluntades dispuestas a desplegarlas a la altura de su verdadero potencial.

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