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¿Y ahora qué?

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Roberto Gargarella: “Hay causales para el juicio político y destitución de Milei”

El Presidente Javier Milei se encuentra en problemas claros al quedar expuesto a ser acusado por el Congreso de “mal desempeño”, “delitos en ejercicio de funciones”, “crímenes comunes” e “incapacidad” moral”, entre otros motivos suficientes que contempla la Constitución Nacional para ser enjuiciado y, eventualmente, removido del cargo, según el abogado, jurista, sociólogo, escritor, profesor e investigador Roberto Gargarella, entrevistado por Y ahora qué?

Una frase de Milei disparó la reacción de Gargarella. Se podría decir que fue como otro ladrillo en la pared, pero no cualquier ladrillo. El jefe de Estado le dijo así a uno de sus entrevistadores favoritos en televisión: “Usted tiene terroristas disfrazados de estudiantes, terroristas disfrazados de periodistas, terroristas disfrazados de profesores, terroristas disfrazados de investigadores”. Gargarella, un Investigador superior del Conicet, escribió que “desde la dictadura que no se escuchan cosas así”. “Propongo destituirlo”, cerró su declaración el experto en leyes quien ocupa una cátedra de Profesor Titular de Derecho Constitucional en la UBA, es Profesor Visitante en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y desarrollador de un proyecto sobre Innovaciones Democráticas, con una beca ERC, sigla en inglés del Consejo Europeo de Investigación. Gargarella es autor de más de dos decenas de libros referidos al Derecho y a la política, entre ellos ’El derecho como una conversación entre iguales’, editado por Siglo XXI. En esta charla, el jurista explica también por qué considera que se está atravesando “una crisis terminal de los partidos, enmarcada en una crisis todavía más extensa y profunda, del sistema constitucional”.

–¿Fue suficiente la reacción de repudio a lo expresado por Milei de parte de entidades y personalidades de la sociedad, partidos de oposición, organismos de derechos humanos, etc.?

–Gargarella: No, no creo que la respuesta de la comunidad institucional haya sido suficiente. Creo que ese déficit serio en la respuesta se explica porque nos refiere a una elite en el poder -una clase dirigente- que se ha autonomizado de la sociedad civil, que busca autopreservarse y que se protege -garantizándose impunidad (y eventualmente ataca) entre sí (dado que ese poder concentrado de decisión se encuentra también faccionalizado).

–¿Acusar de terroristas a educadores y a integrantes del sector cultural no es un hecho de gravedad extrema y un retorno discursivo a la ‘Doctrina de la Seguridad Nacional?

–Gargarella: Creo que la referencia del Presidente al terrorismo fue especialmente seria -y así, por suerte, fue reconocido en la discusión pública, al menos- dada la reverberación directa que tienen esas palabras, y esos términos (terroristas para hablar de maestros, profesores, periodistas -opositores según él, en definitiva) en la historia argentina. Al Presidente le gusta jugar al límite, y actúa por tanto como si no los tuviera, pero también por eso es crucial, hacerle saber que en un Estado de Derecho, y muy en particular para quien ocupa el máximo cargo institucional, hay límites muy firmes que no pueden atravesarse, tanto en lo que se dice, como en lo que se hace y se omite hacer.

Al margen del exabrupto presidencial ¿no hay razones de sobra para enjuiciarlo por numerosas y reiteradas violaciones a la Constitución?

–Gargarella: Entiendo que si uno piensa en las causales constitucionales dispuestas por el artículo 53 de la Constitución Nacional para el juicio político, el Presidente se encuentra en problemas claros: “mal desempeño”, “delito en el ejercicio de sus funciones”, o “crímenes comunes”.

–¿Cuáles delitos, por ejemplo?

–Gargarella: Considero que tanto por los negocios incompatibles con su función (caso LIBRA, viajes proselitistas o personales con dinero estatal), como por los manifiestos desequilibrios emocionales que muestra en su conducta cotidiana, incurre en causales obvias de juicio político.

–Desde el lanzamiento de la Ley Bases, cuyas principales cláusulas fueron cuestionadas por constitucionalistas ¿qué otras razones permitirían impulsar una remoción presidencial?

–Gargarella: Ha mostrado una “incapacidad moral”, difícilmente discutible, para el ejercicio del cargo, a partir de reiteradas inconductas, agravios, amenazas a parte del electorado (“corran zurdos”), insultos a dirigentes como el presidente brasileño Lula da Silva o al Presidente español Pedro Sánchez que, en este último caso, han puesto en riesgo las relaciones internacionales con aliados históricos del país, por sus meros caprichos. Es decir, los intereses permanentes del país se han visto severamente afectados, por la incontinencia verbal y las agresiones del primer mandatario.

–Las últimas encuestas muestran un rechazo a políticas del Gobierno mayor al 60 por ciento ¿Por qué no se cristalizan en un frente, aunque sea heterogéneo, para frenarlo ahora y construir una alternativa?

–Gargarella: Inscribo la respuesta -perdón- en una cuestión más general y abstracta. Creo que en nuestro país, como en muchos otros, atravesamos una crisis terminal de los partidos, enmarcada en una crisis todavía más extensa y profunda, del sistema constitucional.

–¿Hay una crisis en el modelo tradicional del sistema democrático?

–Gargarella: Lamentablemente, la estructura del viejo sistema -la democracia constitucional- aparece caduca, fosilizada. Por supuesto que es infinitamente preferible a todo lo que aparece como alternativa (formas asociadas, fundamentalmente, al populismo del poder concentrado). Sin embargo, lo cierto es que se trata de instituciones pensadas para sociedades que ya no están: como el “traje chico” que se diseñó con cuidado para un niño, y que ya no puede usarse más cuando se convierte en adulto. Simplemente ya no sirve. Y no -meramente- por el dato obvio de que es un traje viejo o pasado de moda.

–¿Por qué otra razón también luce caduco el modelo institucional?

–Gargarella: Porque hoy ya no puede pensarse en la representación política en los viejos términos, propios de las antiguas “sociedades de clase”, en donde todos los miembros de una misma franja o clase social tenían intereses comunes, fundamentalmente homogéneos y estables. Hoy, para decirlo brutalmente, un obrero y un rappi pueden ganar lo mismo (incluso dos obreros entre sí, o dos rappis entre sí) y diferir en todo lo que les importa (digo, para ejemplificar: lo que piensan sobre la inmigración, las armas, la seguridad, las drogas, el aborto, el libre mercado…).

–¿Se observa un sistema anticuado y, además, una ruptura que surge de lo social?

–Gargarella: En esas condiciones, hace décadas, se ha producido un quiebre entre constitucionalismo y democracia, entre instituciones y sociedad, que parece imposible de reparar, más allá de cualquier “ley de reforma a los partidos políticos” o al “sistema electoral”. Los partidos políticos, que tuvieron un rol crucial durante los “30 años gloriosos”, a mitad del Siglo XX, ya no van a revivir, y la clase dirigente, desde hace décadas, se ha autonomizado de la sociedad.

–¿Hay una dirigencia que dejó de representar a lo que llamamos pueblo, a la ciudadanía?

–Gargarella: La respuesta muy larga es para afirmar lo obvio: esa clase dirigente se mueve por intereses autónomos de los que pueden prevalecer en ciertos sectores sociales. Una mayoría de ellos sólo miran si el Gobierno se muestra fuerte o débil en las encuestas, para moverse en consecuencia. Hoy, todavía, presienten que el Gobierno puede ganar una elección, y entonces ellos prefieren no atacarlo.

–¿La democracia argentina ha quedado reducida a votar cada dos o tres años o a ver un Congreso aún abierto? ¿Se puede considerar que hay una autocracia de hecho ?

–Gargarella: Sí, este punto es importante, y se trata -nuevamente- de una cuestión que trasciende al país, pero que en la Argentina ha adquirido una dimensión notable. Creo que, lamentablemente, tanto desde la derecha como desde parte de la izquierda, por razones más bien opuestas, se ha reducido la democracia a las elecciones. Desde la derecha, para decir “ya hubo elecciones, ganamos, ahora no moleste más hasta la próxima elección”, y desde la izquierda, igualando participación con voto y demandando, entonces, mucha participación, es decir, muchas elecciones (para cargos -como los de jueces- o para ratificar las decisiones del Presidente afín).

–¿Cuál es la salida para este laberinto político e institucional?

–Gargarella: Creo que, frente a todos esos casos, debemos reivindicar a la democracia “fuerte” como la democracia cotidiana, donde la sociedad -el Pueblo o We the People, en términos grandes- vuelve a recuperar capacidad de autogobierno. En buena parte del mundo se está dando este fenómeno que Steven Levitsky identificó como autoritarismo competitivo: hay elecciones, muy controladas desde el poder; hay un Poder Judicial básicamente colonizado por el Ejecutivo; y la cabeza presidencial es la que pone y dispone, normalmente en alianza con un pequeño grupo de mega-empresarios.

–¿Casi como una tiranía?

–Gargarella: En todo caso, se trata de formas de democracia degradadas, en donde el líder ocasional aprovecha un mal que existe realmente -el vacío institucional generado por la ruptura de representación antes apuntada- y desde allí denuncia a la “casta” empoderada, y se coloca como alternativa “sin mediaciones” y en vínculo directo con la ciudadanía (a la que en los hechos no consulta y con la que no dialoga, mientras además obtura la crítica), concentrando más poder y autoridad.

–¿Es posible que se extinga la política en los términos que hemos conocido o cada tanto revive de algún modo?

–Gargarella: Hasta hoy, tal como lo ratifican varios casos en el derecho comparado (el más importante, Hungría) se puede advertir que todas esas maniobras, altamente costosas para el sistema institucional, todavía no han significado la muerte de la política: la comunidad, en algunos casos (que no han sido los de Nicaragua o Venezuela o El Salvador) puede reunir fuerzas, salir a la calle, protestar, y reclamar el retiro del poder de turno (el ex jefe de Estado húngaro Viktor Orbán, por ejemplo). Pero es claro que todo lo ocurrido no es gratuito, institucionalmente, y el daño sobre el viejo sistema democrático es cada vez más difícil de reparar -o se repara sólo parcialmente. Las condiciones institucionales parecen preparadas para la “repetición” de este tipo de crisis, y de este tipo de indeseables respuestas autoritarias.

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