No siempre los dichos populares contienen verdades, pues muchas veces apenas reflejan los prejuicios existentes. En esta nota el autor mantiene implícita aquella de “a río revuelto, ganancia de pescadores” para llamar la atención una vez más acerca de la gigantesca operación sobre la opinión pública que acompaña la fragmentación social paralela a la desindustrialización y el apoyo estatal a pocas actividades extractivas de interés externo.
La confusión general es consecuencia de la persistente crisis argentina y no es nada nuevo, pues en muchos momentos de la historia las sociedades humanas se han enfrentado a situaciones similares. Países perdidos en la neblina.
Quizás podríamos señalar que nuestro desconcierto tiene, en parte, la característica de estar inmerso en una variante ilustrada. A los argentinos no nos faltan nunca argumentos para opinar sobre los temas de interés común, por caso fútbol, economía o corrupción.
Viene a cuento, entonces, lo que dijo Heráclito (Siglo V a.c.): “aprender muchas cosas no enseña a tener entendimiento”. Hay un punto donde el exceso de alegatos oscurece más que aclara. También en materia de comprensión de los fenómenos que nos afectan hay que tener en cuenta que cada uno opina de acuerdo a cómo le va en la feria, diría Juan Manuel Serrat.
A contrapelo de los “saberes establecidos”, nunca del todo iguales, puede cultivarse el pensamiento sistemático que permite ordenar con cierto criterio de orden o coherencia lo que entendemos de nuestra realidad.
Esto que parece sencillo no lo es en modo alguno porque está muy establecida una falsedad, la presunción de que el “sentido común es el menos común de los sentidos”.
Precisamente, es ese sentido común lo que está cuestionado cuando su enunciación reduce o simplifica el enfoque de las cuestiones más complejas que afectan a una determinada sociedad, y esa mirada muchas veces está sesgada por un cúmulo de influencias detrás de las cuales siempre hay un fenómeno de poder.
Se trata en tal caso de una elaboración conveniente para mantener un orden social determinado que, en el caso argentino pero no es el único, aparece amenazado por las tensiones que genera el descalabro que resulta de sumergirse aún más en el subdesarrollo.
Subdesarrollo es una denominación que se ha olvidado, mientras “desarrollo” sirve para todo y por lo tanto a esta altura dice muy poco. No es una cuestión menor, porque se puede ser –de hecho así ocurre– un país subdesarrollado dentro del cual conviven sectores más modernos y otros tecnológicamente más rezagados.
En cambio, allí donde se registra verdadero progreso es en el avance comunitario, básicamente cultural, compartido por el conjunto social. Es lo que mide realmente la condición real de país desarrollado como fenómeno colectivo y por determinado sector o actividad. Y ello requiere una sólida base económica sobre la cual establecerse y prosperar.
Dimensiones del retroceso
Un interlocutor marroquí, amante de una determinada marca del whisky local sostenía enfáticamente, en la primera mitad de los años 70, que el nuestro es un país desarrollado porque había “rutas asfaltadas”.
En este caso, el desacuerdo era sobre el criterio de determinación para establecer a qué rango de desenvolvimiento nos estábamos refiriendo. Desde luego que no alcanza con tener rutas asfaltadas (en veloz deterioro hoy en nuestro caso) y tal vez medio siglo después en Marruecos haya rutas y veloces autopistas sin que por ello haya dejado de ser un país con graves problemas en el acceso a los bienes materiales y espirituales que brinda la civilización contemporánea.
La crisis social y económica que padecemos en la Argentina, como se sabe, es histórica y estructural. Y lo es porque, a despecho de cierta modernización, seguimos siendo un país que no puede ofrecer al conjunto de su población un adecuado nivel de vida y cultura con su insuficiente despliegue actual de recursos humanos y materiales. De allí deriva su dependencia del aprovisionamiento externo de bienes industriales básicos y, mucho peor, su altísimo ritmo de endeudamiento financiero.
La crisis del subdesarrollo argentino, decíamos, es histórica porque ocurrió a lo largo de un proceso de décadas donde se fue agudizando la desarticulación entre la sociedad y su aparato productivo. Y, por otra parte e íntimamente conectada a ello, tiene carácter estructural, debido a que proporciones cada vez mayores de compatriotas ven degradarse sus condiciones de supervivencia perdiendo el nivel de vida que parecía asegurado a mediados del siglo pasado, lo más cerca que estuvimos de un estado de bienestar.
Fue en particular y acelerándose en los últimos tiempos, el caso de la clase media, que vio alejarse las posibilidades de acceder a un buen sistema de salud, al mismo tiempo que una educación con perspectivas ciertas de mejora para sus hijos y ni siquiera tenía fácil acceso a una vivienda adecuada.
Ignorando otras realidades que mostraban situaciones mejores y muy distintas, la mayor parte de nuestros sectores dirigentes poco o nada hizo para revertir esa curva de decadencia que se inicia en los setenta y va declinando hacia indicadores, tanto económicos como sociales, que cada vez más mostraban similitudes con países muy rezagados, mientras nuestros vecinos, con sus altibajos y problemas propios, crecían más que nosotros.
No hablamos sólo de la dirigencia política. En esa ceguera estaban también implicados los más hegemónicos sectores del sindicalismo y del empresariado.
Por su lado, la inteligencia argentina emigró, o logró permanecer en el país con vínculos funcionales con pares del exterior que favorecieran intercambios y con ello financiamiento.
La masa asalariada y con trabajos formales se redujo al compás de al menos tres fenómenos concurrentes, el retardo en la ampliación del sector productivo, la difusión de tecnologías que “ahorran” mano de obra directa, y la aplicación sucesiva y con pocas excepciones de políticas contractivas que ajustan el consumo al mismo tiempo que desalientan la producción local sin que sus dirigentes plantearan el eje de sus reivindicaciones en torno de esas tendencias que implicaban también sesgos anti obreros.
Otro tanto pasó con las dirigencias religiosas que en el mejor de los casos tomó partido por los pobres, pero siempre desconfiando de la prioridad y necesidad de ampliar de modo potente la base productiva, como si la espiritualidad no necesitara del “uso de los bienes” para “el ejercicio de la virtud” (Tomás de Aquino, siglo XIII).
De allí viene la crisis de representatividad que abarca al conjunto de los sectores responsables de la conducción de los asuntos públicos y los privados que conciernen al bien común. Resulta de esa carencia monumental de comprensión por parte de quienes debían dirigir el proceso social hacia niveles superiores de convivencia.
El atropello de la ideología
Ya hemos planteado la estúpida paradoja de exaltar el mercado contra la “intervención” del Estado mientras se aplasta con la política contractiva la capacidad de consumo de la población. Contradictorio y todo, puesto que es difícil encontrar intervenciones más brutales, sigue siendo objeto de creencia, aún en contra propia.
En eso estamos ahora, en la mitad del río, cuando hace agua el plan monetarista antiinflacionario y la perspectiva para las empresas, en su mayoría, es de cierre, volverse importadores o reducir al mínimo su actividad para sobrevivir, si lo logran.
Pero el relato hegemónico sobre las virtudes del ajuste perpetuo, que fue previamente asumido desde el presunto sentido común, se muestra ahora tambaleante. Sus responsables parecen haber creído su propia manipulación publicitaria y ahora se vuelven más cínicos y aún más soberbios y groseros. Tendrán que rendir cuentas.
Se llevó el equilibrio fiscal, que es una herramienta del manejo de las finanzas estatales, a la condición de dogma sagrado. Y en su honor se sacrificó la credibilidad en el altar de su observancia. Con ello se esfumó la seriedad de las cuentas públicas dibujando u omitiendo sus números reales (de emisión monetaria, deuda y otros) y sobre todo se sacrificó el salario, no homologando convenios que siquiera igualaran la inflación, estancando los sueldos de la administración con enorme retroceso en las jubilaciones, haciendo del ingreso de los mayores una criminal variable de ajuste.
Todo ello envuelto en lo que definimos la ideología sacrificial, que hace suponer que hay que expiar sin queja y con daño concreto las culpas que presuntamente hemos cometido como sociedad, cuando ellas son claramente responsabilidad de las dirigencias.
De las oficiales, que implementaron políticas antisociales, y de las otras (gremiales empresarias o sindicales), que hicieron la vista gorda mientras se destruía el tejido económico y social argentino, a pesar de las pocas excepciones que registra ese largo proceso.
La visión ficcional de la economía que implementan voluntariosos agentes del sistema bancario y financiero mundial bajo la máscara de una pretendida “aptitud técnica” (que cuanto más apta es más daño hace) también requiere de esa cobertura ideológica. Por eso hay que llevar la batalla cultural a la realidad de los hechos antes que a las denominaciones alteradas y los insultos soberbios, terreno en el cual se destacan los difusores profesionales del desconcierto.
Un ejemplo cercano en el tiempo de estas manipulaciones lo tenemos cuando Alfonso Prat Gay (¿ex? JP Morgan) al mismo tiempo que critica las políticas económica y exterior del gobierno de Javier Milei elogia a su canciller, Pablo Quirno, al momento de hacerse cargo de un puesto en EEUU para facilitar el diálogo con el Norte. En el pasado, estas cosas, se hacían más disimuladamente. Ahora parece haberse perdido hasta el sentido del ridículo.