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¿Y ahora qué?

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Julián Macías Tovar analiza si hubo campaña contra la Argentina

Fundador de Pandemia Digital y especialista en el análisis de redes sociales, el experto español Julián Macías Tovar reconstruye cómo circulan los contenidos, qué cuentas los impulsan y de qué manera se combinan actores reales, perfiles automatizados, medios, dirigentes y plataformas para instalar determinados sentidos en la conversación pública. En esta entrevista con Y ahora qué?, el experto español pone bajo la lupa la conversación sobre la Argentina durante el Mundial y discute la idea de que haya existido una única campaña internacional, organizada y financiada contra el país. 

La conversación con Julián Macías Tovar también avanzó hacia escenarios donde la disputa digital adquiere consecuencias más graves. Macías Tovar reconstruye la circulación de información falsa después del bombardeo de una escuela en Minab, analiza las respuestas contradictorias de Grok y se detiene en los riesgos de utilizar herramientas de inteligencia artificial como fuentes de verificación. Sin dudas, una mirada inquietante sobre un ecosistema en el que ya no solo se disputa qué información es verdadera, sino también qué hechos alcanzan visibilidad y quiénes tienen el poder de ordenar aquello que millones de personas ven. 

–En las últimas semanas se habló de una “campaña antiargentina” en redes sociales. ¿Qué encontraste cuando analizaste esa conversación y hasta qué punto puede hablarse de una campaña organizada? 

–Yo llevo desde el comienzo del Mundial en Argentina y eso me permitió percibir no solamente lo que veía en las redes, sino también el runrún que había acá desde el principio: que existía una campaña antiargentina. Lo que me llamaba la atención es que nunca se mostraba ninguna prueba. Incluso hubo sectores más progresistas o contrarios al gobierno de Milei que decían que detrás estaba Team George, una empresa israelí sobre la que yo he escrito bastante. Team George participó en otras campañas en la Argentina, como la de 2015, en un contexto donde también operó Cambridge Analítica. Allí hubo una operación digital muy fuerte contra el kirchnerismo y particularmente contra Aníbal Fernández. Por mis propios antecedentes investigando ese tipo de operaciones, podría haber dicho rápidamente “sí, aquí está Israel detrás”, pero en este caso no encontraba ninguna evidencia para sostenerlo. Sin embargo, mucha gente empezó a repetirlo. Desde otros sectores ocurría algo parecido: La Derecha Diario llegó a señalar distintos responsables de la supuesta campaña antiargentina sin mostrar pruebas. Hacia el final ya se acusaba al Gobierno de Brasil, a los demócratas de Estados Unidos, a los woke, al Gobierno español. Se disparaba para todos lados, pero sin evidencia de una operación organizada.

–¿Por qué creés que, aun sin esas evidencias, la idea de una campaña antiargentina consiguió instalarse con tanta fuerza?

–Porque en contextos de mucha emocionalidad es muy fácil instalar una narrativa que encaja con lo que la gente ya está predispuesta a creer. En un momento se pasó incluso de decir que había una campaña antiargentina a sostener que internacionalmente se estaba calificando a Argentina como un país racista. Y eso a mí me sorprendía muchísimo porque yo miraba mi timeline, veía lo que se hablaba en España, y esa conversación prácticamente no existía. El caso de Samuel L. Jackson fue muy elocuente. Se tomó una historia de Instagram que él había compartido, proveniente de una organización estadounidense que utilizaba su imagen, como prueba de que una figura mundial estaba acusando a Argentina de racista. Había contenidos equivocados —también ocurrió con Mia Khalifa—, pero de ahí se saltó a la idea de que existía una campaña internacional. Y buena parte de esa conversación sobre Argentina y racismo, cuando uno miraba los datos, provenía de los propios argentinos.

–¿Cómo distinguís una operación coordinada de una conversación que crece de manera espontánea porque muchas personas reaccionan al mismo tema?

–En este caso hice un análisis de toda la conversación durante noventa días: aproximadamente 45 días antes del Mundial y los 45 días del Mundial. Miré cómo evolucionaba la conversación en términos cuantitativos y cualitativos, y también comparé distintos países. Lo cuantitativo permite saber cuántas veces se habla de Argentina o cuántas veces aparecen juntas palabras como Argentina y racismo. Lo cualitativo permite observar el sentimiento, cuánto de esa conversación es negativo. Durante el Mundial se multiplicó por diez la cantidad de veces que se hablaba de Argentina, algo completamente lógico, pero la conversación negativa aumentó apenas un punto respecto de los 45 días anteriores. Es decir, no hubo un crecimiento generalizado de la negatividad hacia Argentina que permitiera sostener la existencia de aquella gran campaña de la que todo el mundo hablaba.

–Sin embargo, mucha gente tuvo la sensación de estar viendo permanentemente contenidos contra Argentina. ¿Cómo explicás esa diferencia entre los datos generales y la experiencia de los usuarios?

–Ahí entran los medios, pero sobre todo hay una parte muy difícil de analizar, que es cómo funcionan los algoritmos. Si una persona empieza a consumir determinado tipo de contenido, la plataforma tiende a mostrarle cada vez más de lo mismo. Entonces puede ocurrir perfectamente que alguien haya tenido una experiencia muy intensa de contenidos antiargentinos sin que eso represente la conversación general. A eso se suma el cherry picking: seleccionar permanentemente aquellos mensajes que sirven para demostrar que “nos están atacando”. Distintas cuentas y medios tomaban agresiones o comentarios puntuales y los mostraban como si expresaran una tendencia general. Hubo agresiones contra argentinos, por supuesto, pero eran episodios particulares. Sin embargo, cuando se los selecciona, se los amplifica y se los presenta uno detrás de otro, por ende la percepción es que existe una ofensiva masiva.

–Entonces, si no encontraste una campaña internacional organizada contra Argentina, ¿qué intervenciones concretas sí aparecieron durante el Mundial?

–Yo distinguiría varios vectores. Uno fue el intento, especialmente entre la semifinal y la final, de cuentas oficiales o vinculadas al Gobierno israelí de asociar la imagen de Messi y de la selección argentina con Israel y aprovechar políticamente el éxito deportivo. Eso produjo también una reacción de sectores críticos de Israel, que en muchos casos estaban cuestionando más a Israel que a Argentina, aunque terminaran entrando en esa misma conversación. Otro vector fue el propio Gobierno argentino y distintas cuentas y medios que amplificaron selectivamente expresiones hostiles contra argentinos. Eso podía ser funcional a una narrativa contra los extranjeros que después tiene una traducción política en debates sobre educación, salud o inmigración. Y en España, la ultraderecha hizo algo parecido en sentido inverso: seleccionaba mensajes agresivos de argentinos contra españoles para alimentar el rechazo hacia los argentinos, en un contexto donde también existe una discusión política alrededor de la Ley de Nietos y la inmigración.

–¿Encontraste diferencias importantes entre países?

–Sí. España mostró cierto aumento de la conversación negativa, pero me parece que tuvo mucho de rivalidad deportiva. México fue el país donde encontré una conversación proporcionalmente más negativa cuando se mencionaba a Argentina. Durante el Mundial hubo episodios que alimentaron ese enfrentamiento, como los insultos del periodista Eduardo Feinmann hacia los mexicanos, que tuvieron mucha repercusión y llegaron incluso a ser respondidos desde la “Mañanera” presidencial. Y Brasil era un caso distinto porque allí había un sedimento previo vinculado con episodios racistas protagonizados por aficionados argentinos. Durante el Mundial hubo además varios videos de hinchas argentinos haciendo gestos racistas contra Speed, el youtuber estadounidense negro, que se viralizaron muchísimo en Brasil. Allí aparecía una conversación del tipo “los argentinos siempre son racistas”. Es decir, había focos específicos y razones distintas en cada país. Pero eso es muy diferente a hablar de una operación internacional centralizada contra Argentina.

–En tu análisis del bombardeo de una escuela en Minab reconstruiste la circulación de una versión que sostenía que las imágenes eran de Kabul en 2021. ¿Cómo surgió esa narrativa y qué actores fueron importantes en su difusión?

–Una de las primeras acciones del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán fue el bombardeo de esta escuela en Minab, al sur del país. Las cifras fueron cambiando, pero se habló de alrededor de 168 niños y cerca de 200 personas en total, incluyendo profesores. Después surgió la discusión sobre las causas del ataque y sobre si podía haber sido un error, incluso vinculado con sistemas de inteligencia artificial utilizados para identificar objetivos. Pero, mientras todo eso se discutía, apareció inmediatamente una corriente de cuentas que sostenía que el bombardeo era una fake news y que las imágenes eran falsas. Había imágenes del lugar y podía haber diferencias respecto de las cifras, pero el ataque había ocurrido. Entre las cuentas que negaban esas imágenes aparecieron personas muy alineadas con la defensa de Israel, entre ellas Pilar Rahola, Esperanza Aguirre y numerosas cuentas políticas y mediáticas. Y cuando se les preguntaba por qué decían que era falso, muchas respondían: “porque lo dice Grok”.

–En ese caso también apareció Grok dando respuestas diferentes sobre el origen de las imágenes. ¿Qué encontraste cuando analizaste esas respuestas?

–Grok decía repetidamente que las imágenes correspondían a Kabul en 2021. Lo llamativo era que algunos usuarios lo corregían y entonces Grok podía responder correctamente, pero poco después volvía a dar la información falsa. Como todo eso queda publicado, analicé las respuestas. No recuerdo ahora la cifra exacta, aunque tengo las bases publicadas, pero había alrededor de 1.800 respuestas de Grok vinculadas con el episodio y una mayoría decía que las imágenes eran falsas o que correspondían a Kabul. Algo parecido ocurrió después con una imagen cenital de las tumbas preparadas para las víctimas: Grok sostenía que correspondía a Tailandia durante la pandemia. Y más tarde, con un bombardeo en el sur del Líbano. Llegó a decir que las imágenes correspondían a las Fallas de Valencia. En esos casos la proporción de respuestas equivocadas era incluso mayor. Entonces aparece inevitablemente una pregunta: ¿es simplemente un error o hay algo más? Yo no puedo responderlo, pero incluso en el mejor de los casos estamos ante un problema muy serio.

–¿Qué riesgos plantea que una inteligencia artificial sea utilizada por los usuarios como una herramienta de verificación?

–El problema es que solemos pensar la inteligencia artificial como una tecnología aislada y creo que hay que mirar muchas más capas. Venimos de una etapa de extracción masiva de nuestros datos que todavía continúa. Los propietarios de las plataformas no solamente tienen nuestros datos y programan los algoritmos; también tienen la capacidad potencial de decidir qué contenidos obtiene mayor visibilidad, de manera individual o colectiva. Pueden hacer, por ejemplo, que determinado contenido tenga mucha más circulación en Argentina. Por eso importa quién crea estas tecnologías, quién las controla y con quién trabajan esas empresas. Hay una continuidad histórica entre el negocio de los datos, empresas como Palantir, la llamada PayPal Mafia, Cambridge Analytica y la actual inteligencia artificial. Cambridge Analytica fue un punto de inflexión porque permitió utilizar enormes volúmenes de información personal para segmentar campañas políticas. Ahora estamos entrando en otra etapa.

–En una guerra también se disputa qué hechos logran visibilidad, qué imágenes circulan y qué palabras se usan para nombrar lo ocurrido. ¿Cómo intervienen la inteligencia artificial y las plataformas en esa disputa?

–La diferencia es que la inteligencia artificial ya no se utiliza solamente para una campaña electoral. También puede utilizarse en conflictos militares, en sistemas de vigilancia o en mecanismos para clasificar personas. Se están desarrollando algoritmos que determinan si alguien puede ser considerado delincuente, inmigrante ilegal o terrorista a partir de determinada información. Y las redes sociales son una fuente extraordinaria de datos sobre nuestra actividad, nuestros vínculos y nuestras posiciones políticas. Por eso, antes de discutir solamente los usos de la IA, creo que hay que mirar quiénes son sus dueños y con quién trabajan. Muchas de estas empresas colaboran con los servicios de inteligencia de Estados Unidos y con fuerzas militares. Al mismo tiempo, la IA permite producir narrativas, imágenes y videos falsos a una velocidad enorme. Ya no se trata solamente de hacer una campaña sucia en una elección: esas herramientas también pueden utilizarse para deshumanizar a determinados dirigentes, inmigrantes, feministas, colectivos LGTBI o poblaciones enteras en contextos de guerra.

–¿Qué papel cumplen hoy los bots y las cuentas falsas? ¿Siguen siendo centrales o las operaciones más eficaces dependen cada vez más de usuarios reales, influencers, medios y dirigentes políticos?

–Yo diría que hay cuatro componentes que pueden combinarse: una matriz de cuentas influyentes, bots o cuentas automatizadas, contenidos y narrativas —incluidas las fake news y ahora también los contenidos producidos con IA— y, finalmente, el algoritmo. En Argentina suelo poner el ejemplo de lo que llamo “las veinte cuentas de Caputo” y los 50.000 bots de Fernando Cerimedo. Hay un núcleo de cuentas reales, algunas anónimas y otras vinculadas políticamente al Gobierno, que funcionan como una matriz de opinión: bajan línea, lanzan un hashtag, una imagen o una narrativa y después aparece una red enorme de cuentas que la replica. Cerimedo ha dicho públicamente en distintas entrevistas que utilizaba bots gestionados mediante inteligencia artificial. Entonces los bots siguen importando, pero no funcionan solos. Necesitan cuentas reales que generen contenidos y establezcan qué hay que amplificar. Ahí pueden intervenir políticos, influencers, periodistas y las llamadas troll stars.

–¿Qué cambios produce la incorporación de inteligencia artificial en ese esquema?

–Cambia mucho la capacidad de producir contenido. Estas cuentas utilizan imágenes hechas con IA desde hace tiempo, pero también textos y, cada vez más, videos. En campañas electorales argentinas ya vimos videos falsos en los que dirigentes parecían decir cosas que nunca habían dicho. La IA facilita enormemente la producción de esos materiales. Pero todavía falta un elemento fundamental: el algoritmo. Una plataforma puede decidir que determinado contenido sea mostrado masivamente. Antes de que Milei fuera presidente, por ejemplo, la entrevista de Tucker Carlson fue presentada como una de las entrevistas más vistas de la historia de Twitter. Eso no significa necesariamente que millones de personas hubieran salido voluntariamente a buscarla, sino que Elon Musk puede decidir que esa entrevista aparezca en los muros de enormes cantidades de usuarios. Lo mismo puede ocurrir con una fake news o con un video realizado mediante inteligencia artificial. Esa capacidad de amplificación es probablemente uno de los elementos más poderosos y, al mismo tiempo, más opacos del sistema.

–Los recientes episodios ocurridos en Ceuta tuvieron muchísima visibilidad y generaron reacciones incluso en Argentina. ¿Ahí hubo una campaña digital o fue una conversación orgánica alrededor de un hecho real?

–Hubo de todo. El hecho existió: se produjo una entrada masiva de personas desde Marruecos hacia Ceuta. Pero inmediatamente aparecieron actores políticos que intentaron capitalizar esas imágenes: el movimiento MAGA, Elon Musk, cuentas vinculadas con Israel, dirigentes y periodistas. Para entender esa conversación también hay que mirar el contexto geopolítico. Las relaciones entre España, Marruecos y Argelia están atravesadas por el conflicto del Sáhara Occidental, por cuestiones energéticas y comerciales y por la alianza de Marruecos con Estados Unidos e Israel. Ya en 2021 había ocurrido algo parecido cuando España permitió que el dirigente del Frente Polisario recibiera atención médica y Marruecos respondió flexibilizando de hecho el control fronterizo en Ceuta. En este nuevo episodio, Marruecos no solo permitió el paso masivo, sino que también habría contribuido a que ocurriera, como respuesta al acuerdo comercial que España había alcanzado pocos días antes con Argelia. Además, Estados Unidos había aprobado partidas por 40 millones de dólares y había expresado su apoyo al reclamo marroquí sobre Ceuta y Melilla. Todo eso ayuda a comprender que no se trató simplemente de una reacción espontánea alrededor de un hecho aislado. Y después está la dimensión específicamente digital: hubo organización mediante grupos de Facebook y WhatsApp, mecanismos de coordinación y circulación de videos creados con inteligencia artificial. Trump, Israel y sus aliados en distintos países utilizaron políticamente el episodio, lo presentaron como una consecuencia de las políticas de “fronteras abiertas” y responsabilizaron a la izquierda de alentar la inmigración. Entonces tenés un hecho real, pero sobre ese hecho se montan estrategias de amplificación, contenidos falsos y actores que buscan encuadrarlo de una manera determinada para obtener un rédito político.

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