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Directores: Martín Granovsky y Rafael Prieto
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Euforia

POR

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Romina y Natalia. Episodio XIX. Había escuchado y visto completo el discurso de apertura y estaba que caminaba por los techos, sí, quería subirse a la terraza del edificio y gritar a los cuatro vientos que se sentía libre, libre, libre. ¿Libre de qué?

Natalia y Stella cerraron la puerta de acceso al balcón y las ventanas para que no saliera y se estrellara. La querían conservar con vida. Pobre Romina. No había manera de calmarla. Ya no tenía más el sheyte de la jirafa. Además del quilombo de los juicios, los mismo therians la habían echado de la comunidad por violenta y agresiva, y sabemos, las jirafas no son violentas. Creo que esa incoherencia les había molestado más.

Corría, saltaba y rodaba por las escaleras. No podía creerse. Una mujer de cuarenta y cinco años con esa destreza. “Es que estoy muy contenta por la victoria. Por fin derrotamos a los chorros.”

Claro que Natalia y Stella no iban a ponerse a hablar con ella, no se puede razonar con este tipo de gente y había que asumirlo: Romina pertenecía a esto que se llama “ese tipo de gente”.

Los alaridos eran infernales, se oían de todos los pisos. Los vecinos también la oían pero no se quejaban. Los vecinos aguantaban todo. Hasta parecía que un poco se deleitaban. De pronto la felicidad le subió más. Tan contenta estaba que agarró los platos heredados de su mamá y empezó a romperlos. A estallarlos en nombre de su querido presidente. Nati se cuidó de llorar. Hubiera derramado un lagrimón por cada añico de porcelana, pero se la aguantó. Quiso pararla por la fuerza, quiso agarrarla de los brazos, pero le fue imposible. La energía de Romina era imbatible. Stella quiso hablarle, pero se acordó de que no, que no se puede, ella, que es más vieja, sabe bien que hay locuras sociales que bloquean los argumentos, que anulan el razonamiento. Nati logró salvar parte de la vajilla, la llevó arriba a una de las habitaciones, pero Romina, entonces, agarró un cuchillo y despedazó los almohadones y tapizados. Es que estaba muy feliz. Hija de un arquitecto demoledor, la sangre le corría por las venas a velocidades imposibles. Nati pensó que le reventaría el corazón. Pero, no, porque a la fiera le brotaron unas palabras. Dijo: “¡Hicimos mierda a los verdaderos chorros! ¡Ya no van a volver más! ¡Si veo un kuka, lo mato! ¡Y este miércoles, Pato, salgo a gasear con los tuyos!!!!”

-Está bien, -dijo Nati mirando a su mamá- Actuemos. No se puede conversar.

El frasquito de clonachu estaba por la mitad. Lo vertieron todo. Picaron bien finitas las pastillas de zolpidem, bien molidas, porque si no, se les nota el gustito. Y arriba le echaron el whisky que les quedaba. Y un chorro de vodka que había en el bargueño. Después, sirvieron otros vasos grandes de whisky con bastante hielo. Fueron con la bandejita y los tres vasos al comedor. La mesita ratona de vidrio estaba partida. Romina las miró: “Ustedes, kukas de mierda, van a correr”

-Ay, Romi, querida, brindá con nosotras –contestó Stella muy maternal.

Romina agarró el vaso con la mezcla y se lo mandó. Se oyó el ruidito del líquido bajando por la garganta. Se oyó el suspiro de alivio de Natalia y Stella. A los tres minutos cayó dormida en un sillón.

Qué le vamos a hacer. Con las fieras no se puede hablar. Tampoco se las puede adiestrar. Hay que calmarlas.

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