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Lula ganó y surgió el Brasil potencia

Brasil no quiere ser el patio trasero de los Estados Unidos.

La polarización no se centró en el clásico eje izquierda-derecha, sino alrededor de democracia-fascismo. Lula tomó conciencia de que la sociedad brasileña se había corrido hacia la derecha, del peso del interior agroexportador y de las iglesias evangélicas y de los cambios producidos en una clase media baja hoy cuentapropista, endeudada y preocupada por la seguridad. La victoria abre ahora un cuarto mandato con enormes desafíos: deuda pública, altas tasas de interés, poco margen fiscal, dependencia del centrão, poder del narcotráfico, tensiones con Washington, equilibrio con China, deforestación y una relación más conflictiva con la Argentina de Javier Milei.

Cinco claves:

  1. Lula giró hacia una posición más centrista para disputar el voto blando de una sociedad desplazada hacia la derecha.
  2. Bolsonaro se radicalizó, mientras Lula utilizó el vínculo de su adversario con Trump y Milei como argumento electoral.
  3. La reducción de la jornada, el transporte gratuito y el “Ejército de Lula” fueron apuestas centrales de la remontada.
  4. Lula colocó la autonomía estratégica de Brasil y el equilibrio entre Washington y Pekín en el centro de su proyecto.
  5. El nuevo mandato estará condicionado por la deuda, el Congreso, el centrão, el narcotráfico y el reducido margen fiscal.

Todo indicaba que el mapa sudamericano se iba a teñir, casi por completo, de azul, pero algo falló. Surgió el Brasil potencia, que no quiere ser el patio trasero de los Estados Unidos. Tiene un líder con energía, pese a su edad, y bastante perseverante, que comprendió que todo Brasil tiene vocación de grandeza y, por eso, se entregó a reconstruirla. Habiendo perdido el primer round, Lula dijo: “Soy bueno en el mata-mata y ahora empieza otra elección”.

La polarización no se centró en el clásico “izquierda-derecha”, sino alrededor de “democracia-fascismo” —ultraderecha—. Lula tomó conciencia de que la sociedad brasileña ya se había corrido hacia la derecha; que el interior agroexportador de soja y carne era un bastión conservador; que el crecimiento de las iglesias evangélicas pro-derecha es un factor de peso, con un 27% de su población, unos 50 millones de personas; y que la clase media baja, que salió de la pobreza en su primer mandato, hoy es cuentapropista, está endeudada y vive con resignación ser un emprendedor libre, aunque haya problemas de seguridad ciudadana.

Por eso, inteligentemente, desplaza hacia un costado menos visible a los progresistas —su mujer, la socióloga Janja da Silva, es defensora de las causas feministas, los derechos de las mujeres, la protección social y la infancia— y centra su perfil hacia la moderación centrista, con el médico conservador Geraldo Alckmin como candidato a vicepresidente. El objetivo: captar el voto “blando” de quienes quieren escapar de la polarización, aunque les resulte casi imposible.

Bolsonaro, radicalizado, entusiasmado con la ola azul y apoyado por Trump y Milei, se pone más “ideológico”. Habiendo cosechado muchos diputados y senadores, anuncia cambios constitucionales que modificarían la naturaleza de la democracia brasileña. Ese apresuramiento le permitió a Lula poner a muchos brasileños primero en alerta y luego en contra de Bolsonaro, mostrándolo como el seguidor de Milei, cuyos resultados catastróficos en lo social y económico en la Argentina continuarían en Brasil. El ataque desaforado de Milei hacia Lula fue totalmente negativo para Bolsonaro, ya que a Brasil, igual que a Estados Unidos, no le gustan las agresiones extranjeras a su presidente, sea quien sea. Y no lo olvidan.

Lula eligió como contrincante a Meta. Como es habitual, los algoritmos de las plataformas toman partido por los candidatos libertarios y discriminan a sus oponentes. Lula aprovechó esta realidad y la enfrentó pública y judicialmente. Este hecho disruptivo logró su efecto en la Justicia y en la población. Además, prometió regular a los villanos de las plataformas digitales, argumento que tiene su atractivo en las clases medias más educadas. Ya había antecedentes similares con Elon Musk.

Otro punto fue el plan para trabajar menos horas semanales. Reducir la carga semanal legal de 44 a 40 horas permite dejar de trabajar los sábados. Es una medida de gran impacto para todos los sectores sociales que, sumada al compromiso de transporte gratis los fines de semana para aprovechar el turismo local, fue otro gran hallazgo.

También estuvo la guerra cognitiva en las redes. Lula les dio más importancia a las peleas en las redes, creando el “Ejército de Lula” y alentando a que cada seguidor se convierta en la “infantería de influencers” por vía de un canal de WhatsApp, que movilizó a millones de jóvenes desplegados para neutralizar las fuertes restricciones que recibieron sus publicaciones de Instagram y otras redes sociales.

Lula prometió generar una inteligencia artificial brasileña. Aprovechando el conflicto con las plataformas, subió la apuesta, colocando a Brasil en la categoría de una potencia importante y prometió crear una IA propia brasileña, seguramente aprovechando las IA chinas de código abierto.

La edad no es un impedimento ni un estigma. Las acusaciones de “demasiado viejo” resultaron ridículas en un mundo con grandes potencias gobernadas por jefes de Estado de más de 70 años: Rusia, con Putin, de 74; China, con Xi, de 73; Estados Unidos, con Trump, de 80; y la India, con Modi, de 76.

Sin embargo, en su cuarto mandato a Lula lo esperan varios frentes de conflicto.

El triunfo electoral no debe leerse como una restauración ideológica, simplemente porque Brasil ha cambiado mucho. Sí debe leerse como una reafirmación de su vocación de potencia regional, con la mayor autonomía estratégica posible. Pero los desafíos son enormes.

La deuda pública es del 83% del PIB, la tasa de interés está en 13% y el pago de intereses consume casi nueve puntos del PIB.

Aliviar las deudas personales y permitir el prometido transporte gratuito es un desafío fiscal grande.

El PT tendrá apenas 70 de 513 diputados y el Partido Liberal de Bolsonaro será la primera fuerza en ambas cámaras. Lula dependerá nuevamente del centrão, que cobra caro y ya le dio la espalda en anteriores votaciones clave.

El bolsonarismo puede repetir el libreto de 2022 y negarse a reconocer la derrota, con el apoyo de Trump y de Milei, lo que ensuciará y caotizará todo. Terminará negociándose y mitigándose cualquier proyecto de mejoras democráticas.

La pretendida autonomía estratégica, el multilateralismo y un equilibrio entre Washington y Pekín, cualquiera sea el resultado electoral en Estados Unidos, serán una tarea complicada.

El problema del narcotráfico interno seguirá siendo grave, ya que las organizaciones Primeiro Comando da Capital y Comando Vermelho son muy poderosas.

El comercio o los bonos expresados en yuanes con China, y la diversificación de proveedores tecnológicos, con supercomputadoras chinas y estadounidenses y satélites de Starlink y de su rival chino SpaceSail, serán temas de debate complejos y permanentes.

Brasil tiene poco margen fiscal para maniobrar, por lo que Lula chocará con la gravitación financiera de Estados Unidos y los aranceles como arma. Los bancos brasileños quedan expuestos a la mirada del Tesoro y hasta pueden estar expuestos a sanciones por dinero vinculado al lavado del narcotráfico: peligro para el PIX.

La autonomía tiene un costo y las relaciones con Washington se tensarán, aunque pierda Trump.

La deforestación será otro tema, aunque en esto Brasil tiene muchas ventajas.

Buenos Aires y Brasilia quedan más enfrentadas que antes. El Mercosur está tensionado entre el liberalismo de Milei y la autonomía de Lula. La convivencia será más difícil.

Lula ganó la elección y ganó algo muy importante: cambió el clima geopolítico de esta época y movilizó a una gran parte del pueblo. Pero aún no está claro cómo se desarrollará el futuro de Brasil.

Ricardo Auer es consultor de riesgo geopolítico.

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