Europa acumula problemas económicos, sociales, demográficos y políticos mientras aumenta el peso de las finanzas, el gasto en defensa, la deuda y el costo de vida. Para Ricardo Auer, detrás de ese deterioro aparece una transformación profunda del capitalismo que subordina la producción y la integración social a la lógica financiera y tecnológica. La crisis europea no puede explicarse únicamente por la coyuntura ni por decisiones recientes. Es el resultado de un proceso que combina financiarización, automatización, robotización y digitalización, acompañado por la pérdida de centralidad de la producción, el trabajo y las identidades nacionales.
Cinco claves:
- La financiarización desplazó al trabajo y la producción del centro del capitalismo.
- El deterioro del Estado de Bienestar debilitó integración, natalidad y expectativas de progreso.
- Las democracias sufren fragmentación, polarización y creciente distancia respecto de las mayorías.
- Europa combina más deuda, gasto militar, inflación, pérdida industrial y crisis demográfica.
- Los presupuestos muestran quién gana y quién pierde dentro del actual modelo económico.
El capitalismo financiero contemporáneo, financiarización, automatización, robotización y digitalización, tiende a mercantilizar toda la actividad humana, dejándola así sin sentido trascendente y sin esperanza. No prioriza el progreso social, ni siquiera la explotación directa del trabajo. Sólo se interesa en administrar la crisis permanente que produce y en evitar que los excluidos de la actual sociedad rompan el sistema. El ser humano deja de ser el fundamento del cambio, su fuerza productiva pasa a segundo plano. No interesa demasiado integrarlo socialmente. Se trata de administrar su exclusión. Este desarrollo no armónico destruye las identidades nacionales, produciendo sociedades estresadas, fraccionadas en múltiples grupos de intereses que se expresan cultural y socialmente en una baja natalidad, con el argumento de que el destino es demasiado incierto.
Este avance descontrolado rechaza cualquier tipo de responsabilidades sociales, por eso quiere pagar impuestos mínimos, y maneja su poder para que la política, de derecha, de centro o de izquierda, administre eternamente la crisis. Su ideal es la libertad absoluta de movimientos globales de capitales financieros. Para ello necesita políticos que le faciliten la tarea. Ya no necesita reproducir cuerpos, sino datos, flujos y algoritmos. Desde su lógica, explica que no es posible sostener una expansión material infinita, sustentando así, ideológicamente, la constante precarización del trabajador, que queda a la intemperie, deja de habitar un mundo con sentido y apenas sobrevive en un escenario de recursos limitados. La esperanza se transforma en resignación. Los marginados sociales adquieren centralidad, lamentablemente, en ciclos crecientemente regresivos, dentro de la nueva civilización nihilista. Por eso muchos jóvenes, que visualizan su complejo futuro, se rebelan.
El llamado Estado de Bienestar, posiblemente exagerado por razones políticas coyunturales, estaba sostenido por un capitalismo industrial, donde la reproducción biológica integraba el engranaje productivo. La infraestructura giraba alrededor de la población, que genera la fuerza de trabajo y el consumo, garantizando así el crecimiento económico y cierta distribución. La familia era su base y la natalidad era un asunto de Estado. La escuela generaba conocimiento. El Estado garantizaba ordenamiento social. La integración era parte de sus fundamentos. El progreso continuo era el objetivo ideológico. Pero todo eso ya es parte del pasado.
Las democracias muestran una fiebre persistente, síntoma de causas profundas. A fines de 2025, cerca de 6000 millones de personas de todo el mundo viven bajo un régimen de algún modo autoritario y sólo un 7 por ciento en una democracia pura. Puede interpretarse como un retroceso de las libertades o como un fracaso de la democracia liberal, sostenida por élites intelectuales que han perdido el contacto con los pobres, los trabajadores y los jóvenes, y que se fue transformando en una “democracia electoral”, cuyos modos de manipulación no son demasiado democráticos. Casi un camino de “autocratización” de baja intensidad. Celebrar elecciones libres no es sinónimo de democracia. Las grietas y las polarizaciones juegan ese juego interminable que deteriora el ambiente democrático, profundiza la brecha con las élites y fragmenta el debate público por los algoritmos de las redes sociales. La sucesión de crisis obliga a gobernar de forma reactiva y las frustraciones se acumulan.
Detrás de la ola de desgaste democrático están los ingenieros del caos, alentados por las corporaciones tecnofinancieras que impulsan un ultraliberalismo del “vale todo”, propagando la idea de que la democracia ya no es un sistema viable y que mejor sería contar con gobiernos manejados por una tecnocracia gubernamental, sobre la base de la Big Data obtenida y los algoritmos apropiados. Mr. Thiel dixit. En épocas electorales también es visible la acción de guerra cognitiva, llevada a cabo mediante influencers en redes sociales, inclusive por parte de países extranjeros.
Los problemas de Europa se acumularon desde hace décadas y la coyuntura actual los ha agravado.
- Mayor gasto en Defensa para alimentar a la NATO, presionado por Estados Unidos.
- Crecientes pagos de intereses al sistema financiero por la deuda pública.
- Tasas más altas por razones internas y externas.
- Inflación en alza, derivada del aumento de los combustibles.
- La producción exportable se vuelve menos competitiva.
- Los aranceles recíprocos reducen el crecimiento global, lo que complica las crisis fiscales.
- El costo de vida se encarece.
- Los sectores más ricos se han beneficiado de una disminución de sus impuestos para tratar de que no “se escapen” sus inversiones.
- Las importaciones producen cierres de fábricas y hay menos empleos de calidad.
- La población disminuye por la baja natalidad y se aconseja la inmigración de mano de obra barata.
- La sociedad se vuelve crecientemente multicultural y eso alienta los conflictos interétnicos o interreligiosos.
- Las jubilaciones y la salud deben seguir pagándose.
Los presupuestos nacionales son la expresión material de la ideología del sistema. Los ingresos no crecen, aunque podrían recaudarse más, mientras los egresos se transfieren hacia los sectores de mayor poder de influencia y los más débiles, que son las mayorías, pierden. Por eso ahora todos estos protestan. No hay soluciones fáciles. La crisis se vuelve permanente y, cada tanto, incontrolable.
Ricardo Auer es consultor de riesgo geopolítico y cofundador de FUERZA SUMA.