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Edición: 146
Política

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Daniel Schteingart: “El mundo progresó mucho más rápido que la Argentina”

Daniel Schteingart: “El mundo progresó mucho más rápido que la Argentina”
La deriva económica fue la puerta de entrada de Milei.

Uno pierde la cuenta si quiere calcular cuántas veces se ha escuchado sobre Argentina el calificativo de “país de mierda”. Y cabe preguntarse si es una excusa, un cliché facilista, el lamento de una mala letra de tango, una verdad histórica o una redonda estupidez. Sobre esto investigó Daniel Schteingart para su libro “No somos un país de mierda (todavía)”, que editó Siglo XXI.

Cinco claves:

  1. Argentina conserva condiciones de vida superiores al promedio regional y mundial, pero pierde posiciones.
  2. El país mejoró a largo plazo, aunque su progreso fue más lento e inestable que el de otras naciones.
  3. La inestabilidad macroeconómica, la debilidad productiva y la ineficiencia estatal frenan el desarrollo.
  4. El desafío es preservar la igualdad, los vínculos sociales y la industria, fortaleciendo las instituciones.
  5. La mejora del empleo, los salarios y la distribución del ingreso fue decisiva para el triunfo de Lula.

“Argentina sigue siendo un país de mitad de tabla mundial para arriba. Con mejores condiciones de vida que la media regional y que la media mundial, pero países que estaban atrás nuestro nos pasaron”, afirma este sociólogo del Instituto de Altos Estudios de la Universidad de San Martín, Magíster en Sociología Económica, especialista en políticas productivas, mercado de trabajo, pobreza y desigualdad.

Sus estudios lo llevaron a señalar que el país ahora sí está “en un tobogán”, “en un mundo que progresó mucho más rápido que Argentina” y apeló a una metáfora futbolera: si el país sigue así “va a estar abajo de la mitad de la tabla de posiciones y a pelear el descenso”. La paradoja es que, a su juicio, “el índice de desarrollo humano, que combina PIB per cápita, escolarización y salud, tiene a Argentina en el puesto 48 y Brasil debe andar por el puesto 80”.

–¿Somos o no somos un país de mierda?

–Schteingart: El germen del libro es una columna que escribí en 2017 donde, básicamente, planteaba que, contrariamente lo que solemos creer, en Argentina las condiciones de vida están bien, comparadas con la media mundial y regional. Si bien está lejos de los países desarrollados, es un país más rico, con menos pobreza, más educado, más democrático que la media mundial y la regional. Un país con una alta tolerancia cívica, donde es muy bajo el rechazo a tener un vecino distinto, diferente, un migrante, a un vecino de otra orientación sexual.

–Pero no parece positiva la visión que tenemos los argentinos de nuestro país.

–Schteingart: Cuando mirás la foto, el país luce aceptablemente bien. Si viene un extraterrestre, luce aceptablemente bien. Pero claro, eso es solo una parte de la cosa. El año de 2017 fue, entre comillas, un buen año, históricamente alto. Un 20% más alto que ahora.

–¿En qué sentido fue mejor aquel año?

–Schteingart: Fue el mejor año de Mauricio Macri. El único año en el que creció la economía. Le iba bien. Ganó las elecciones de medio término. La pobreza seguía alta para lo que queríamos, pero era relativamente baja: siete puntos menos que ahora. Y claro, después de 2017, vino el tobogán descendente. En 2018 fue la primera crisis del gobierno de Macri, en 2019 la segunda crisis del gobierno de Macri. En 2020 la pandemia, recesión y en 2023 la inflación disparándose hasta el 200%.

–¿Esa fue la deriva económica y política que abrió paso a Javier Milei?

–Schteingart: Claramente, el país había entrado en un tobogán que se plasmó en una suba de la pobreza, recesión, una creciente precarización del mercado laboral. A medida que avanzaban los años, mis amigos me hacían un chiste y me decían: “Che, tu columna envejeció mal. Somos un país de mierda, está mal lo que estás diciendo, cada año vivimos peor, ¿cómo puede ser?”.

–¿Cambió de opinión?

–Schteingart: En este contexto, yo también me estoy volviendo un poco más pesimista con el país. En 2017, mi columna era ingenuamente nacionalista, en cierto punto. Y después empecé a molestarme con las miradas justificatorias sobre un montón de problemas. Hay una mirada un poco más cercana al peronismo: es el mejor país del mundo, la corrupción no es tan grave, la inflación alta no es tan grave. La idea de que éste es un país completamente excepcional.

–¿Pero el contexto ahora no sufrió un cambio importante?

–Schteingart: Claro, había pasado bastante agua debajo del puente. Argentina venía empeorando sus condiciones de vida. Vamos a ver qué de lo que dije en 2017 sigue vigente. Había mucho más material para agregar, pero el ejercicio intelectual termina siendo el siguiente: no solo ver la foto sino también mirar la película. Argentina contra sí misma. Ver la película comparada en el espejo del mundo. Ver qué pasó también en el resto del mundo y en qué medida el desempeño argentino fue bueno o malo, dado lo que estaba ocurriendo en el mundo.

–¿Cuáles son las nuevas claves del análisis del país que aparecen ahora?

–Schteingart: El libro se propone tres tesis. Una para cada una de estas preguntas. La primera es que, si yo miro la foto, efectivamente y todavía, a pesar del deterioro de los últimos años, Argentina sigue siendo un país de la mitad de la tabla para arriba. Con mejores condiciones de vida que la media regional y mundial. Sigue siendo eso que decía en 2017 y que se sigue cumpliendo. Solo que, ahora, el colchón contra esas medias regionales y mundiales, se va achicando.

–¿Qué se puede esperar del largo plazo?

–Schteingart: Lo que planteo es que, en el largo plazo, Argentina debería ir mejorando sus condiciones de vida. No es que vivimos peor que hace 100 o 50 años, pero hoy vivimos más años que nunca. Somos tres veces más ricos que hace 100 años. Nos fuimos volviendo más educados y más altos, en parte, porque nos vamos nutriendo mejor. Nos fuimos volviendo más democráticos, más cívicamente tolerantes, y la lista sigue.

–¿Es decir que su tesis es que nos volvimos mejores en muchos sentidos?

–Schteingart: Las brechas de género, que siguen siendo muy grandes, han disminuido. Y hasta en algunos casos se dieron vuelta, como por ejemplo en el acceso a la educación, donde hay más mujeres que varones cuando hace 50 años no era así. Argentina fue cambiando. Y si también el libro interviene en algo, es en discutir con la mirada muy garantista y nostálgica del pasado. No vivimos peor que hace 50 o 100 años. Diría que, en casi todas las cosas, vivimos mejor. Hasta ahí sigue pareciendo optimista el mensaje.

–Pero hay una tercera parte. ¿Se refiere a los cambios a nivel mundial?

–Schteingart: Esa tercera parte es la más preocupante y deprime. Obviamente, el mundo también fue cambiando a lo largo de las décadas. Y el mundo progresó mucho más rápido, mucho más sostenido y mucho más ágil que Argentina. El progreso de Argentina fue lento, errático, volátil, discontinuo. Progreso al fin, pero con todo eso. Y el progreso de muchos otros países, que por ahí arrancaban de más atrás, fue mucho más vertiginoso y sostenido. Por esa razón, muchos países que estaban atrás nuestro en ciertos momentos de la historia hoy están adelante en la mayoría de los indicadores de bienestar y desarrollo.

–¿Podría dar ejemplo de algún país que nos superó o alcanzó?

–Schteingart: Los ejemplos son muchos, pero tenemos uno cerquita: Chile. Un país que, quizás, se despreciaba hace unos años atrás. Y la verdad es que Chile vive mejor que Argentina. No es un país desarrollado, pero sus condiciones de vida en casi todos los indicadores son mejores que los nuestros. Hace 40 años, Chile, en nueve de cada diez indicadores de desarrollo estaba atrás de Argentina. Hoy es al revés.

–Ni hablemos entonces de otras regiones.

–Schteingart: Podemos mencionar España, Portugal, Polonia, Rumania, Japón o Corea del Sur. Son muchos los países que fueron pasando a Argentina, que arrancaron de más atrás. De hecho, es interesante ver los patrones migratorios. Argentina atrajo históricamente gente de España y ahora se invirtió el signo. Atrajo gente de Chile y ahora ya casi no vienen chilenos para acá. Atrajo japoneses y coreanos, pequeñas comunidades radicadas en la Capital, sobre todo. Y eso ya no ocurrió más. Cualquier dato muestra que países que estaban atrás nuestro nos pasaron. La consecuencia de eso es que Argentina se va cayendo en la tabla de posiciones a nivel mundial. No tanto por una involución en términos absolutos, sino sobre todo por un progreso lento y errático, cuando en otros países fue mucho más sostenido.

–Si aplicamos la metáfora futbolera hablaríamos de una caída en la tabla de posiciones.

–Schteingart: Ese es un poco el chiste del libro. Un país que se va cayendo en la tabla de posiciones, que tiene claramente una decadencia en los rankings de cualquier cosa y de su influencia en el mundo. Un país que llegó a estar entre las once economías más grandes del planeta a mediados de los años 50, y que hoy está entre las 30 más grandes del mundo. Sigue siendo del pelotón de las economías más grandes, pero cada vez más irrelevante. Se va cayendo también en esa tabla de posiciones. Entonces, en términos futbolísticos, sería como un país cuya foto luce como que está en zona de Copa Sudamericana, o sea, mitad de tabla para arriba, pero otros países van sumando más puntos en la tabla y te vas cayendo del ranking. Y si la tendencia sigue, vas a empezar a estar en la mitad de tabla, y luego a estar abajo de la mitad de tabla y a pelear el descenso.

–¿Argentina estaba realmente mejor en ciertas épocas cuando mucha población padeció carencias?

–Schteingart: Argentina efectivamente supo estar en el puesto 8, 10, 15 o 20 del ranking mundial en 1913, 1930, 1950, hasta te diría en 1970. Dependiendo de la métrica que tomes, eso no significa que en términos absolutos estuviéramos mejor, sino que en términos relativos para el mundo de esa época estábamos mejor. Y era un mundo mucho peor que el actual. Vamos a poner el ejemplo de 1913 con el PIB, el Producto Interno Bruto per cápita. En esa época estábamos cerca del puesto 10 entre las economías más ricas del mundo. Igualmente, en términos absolutos, era una economía más pobre que la actual. El PIB per cápita argentino era tres veces menor que el actual. Lo que pasa es que el mundo multiplicó su PIB per cápita por 10 o 15 veces en promedio, dependiendo del país. Entonces, vos multiplicaste por tres y otro multiplicó por diez. Arrancando más atrás, muchos te pasaron.

–¿Cómo desagregó las condiciones de vida?

–Schteingart: Lo trabajo en siete dimensiones, que son los siete capítulos del libro. Son la riqueza, la pobreza, la desigualdad, la estructura productiva, la población, el Estado y la felicidad. Esas tres tesis son revisitadas en esas siete dimensiones y, en general, se cumple. No es mecánico, no es que siempre sea igual. Hay matices porque en algunas cosas claramente hay una tendencia de progreso accidentado, pero progreso al fin, y en otras hay más episodios, más ciclos. En desigualdad, Argentina no tiene una tendencia clara. No es que hoy estés ni en el mayor momento de desigualdad de nuestra historia ni en el menor momento de desigualdad de nuestra historia. Pero bueno, a grosso modo, ésa es un poco la propuesta del libro, siempre muy basado en datos. Hay un esfuerzo de reconstrucción de series estadísticas rigurosas, robustas, para tratar de justificar lo que digo.

–¿Se llevó alguna sorpresa al valorar datos?

–Schteingart: Hay algunos que me sorprendieron. Desde que Argentina es un país relativamente feliz para lo que se espera, o que la gente se autodeclara bastante satisfecha con la vida. No tope de gama, pero cómodamente arriba de la media mundial. Si uno mirara la trayectoria de la felicidad en Argentina, que empieza a medirse en los años de 1980, es creciente hasta la primera década del siglo XXI, dependiendo de qué encuesta se tome. Pero es claramente creciente a lo largo de los ‘80, en los ‘90 con idas y vueltas, y toca su pico hacia 2010, 2017, por ahí, y después retrocede un poco.

–¿Hay una sobrevaloración de lo que está mal?

–Schteingart: Hoy no estamos en un momento máximo de infelicidad. No hay ninguna encuesta que dé eso por lo cual, cuestionar un poco la idea de la infelicidad, el malestar persistente o creciente o máximo me parece importante porque esa idea no se sostiene del todo en los datos, por lo menos cuando uno los pone en perspectiva. Por supuesto que hay malestares, no digo que no, y hay muchísimas cosas que están mal y que hay que cambiar. A veces hay que poner un poco de freno o poner las cosas en perspectiva. Esa es un poco la idea. Hay muchas cosas, muchos datos también llamativos.

–¿Cómo cuáles?

–Schteingart: Argentina es un país que, en el último cuarto del siglo 20, de todos los que miré, que son casi 70, es el que más empeoró la desigualdad, desde el Rodrigazo y la dictadura hasta la crisis de la Convertibilidad. Después, hay datos también que me llamaron la atención, como que la redistribución del ingreso en el kirchnerismo fue incluso más fuerte que en el primer peronismo, donde la participación asalariada pasa del 32 al 53%, 20 puntos de suba, cuando en el kirchnerismo subió unos diez. De hecho, 2015 terminó siendo el pico histórico de participación asalariada en el PIB. Después dejo abierto el interrogante en qué medida 20 puntos de participación asalariada en tan pocos años son sostenibles macroeconómicamente, pero es una discusión aparte, pero que hay una magnitud distributiva muy grande es incontestable.

–¿La gente no está enojada con la representatividad?

–Schteingart: Discuto también la idea de la democracia como una fábrica persistente de pobreza, una idea muy instalada. La pobreza se puede medir de dos formas. Una es por ingresos y otra es más por infraestructura, por acceso a, por ejemplo, si tenés inodoro dentro de la vivienda, hacinamiento, cantidad de personas por cuarto, etcétera. Es el método de las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). Y la pobreza medida de esa forma, por el método de NBI, cayó censo tras censo. Las NBI cayeron desde 1980 hasta ahora. Obviamente, pasó de más del 20% de los hogares al 6% en el último censo. Sobre todo hubo mucho progreso en el norte, no tanto en el conurbano.

–¿Y la pobreza en los bolsillos?

–Schteingart: Está esta idea del 5% de pobres de 1974 y que ahora tenemos 32, entonces todo empeoró, pero esa medición de 1974 es incomparable con la actual. Yo intento hacer un ejercicio de armonización y no hay señales claras de que la pobreza monetaria haya subido. Estoy casi seguro de que, si querés, en algunos de los mejores años del kirchnerismo o del macrismo, cuando el salario real era todavía bastante más alto que el actual, es muy improbable que hayamos tenido mayores niveles de pobreza que en los años 70, que es lo que la mirada convencional sostiene.

–¿No es una medición que derriba mitos?

–Schteingart: Vos te fijás en los patrones de consumo de la población y fueron cambiando hacia pautas más parecidas a las de países ricos. Bajó el peso de los alimentos en la canasta y ganaron otros consumos, muchos de ellos no esenciales, el ocio, el transporte propio, actividades culturales, etc. Y eso no se condice con una sociedad que se empobreció tanto sin perjuicio de lo cual Argentina no ha podido bajar la pobreza monetaria. Ha sido muy cíclica, muy irregular, muy volátil, y otros países sí han podido hacerlo. Por eso Chile, que tenía 70% de pobres en 1990, hoy tiene 25% y nos pasó.

–¿Por qué entonces la decadencia relativa?

–Schteingart: Básicamente porque Argentina tiene una debilidad de los medios para generar desarrollo y bienestar. Yo planteo la debilidad de tres medios, sobre todo. La inestabilidad macroeconómica, la debilidad de la estructura productiva, que desde los años 70 ha tenido serios problemas para tener un rumbo sostenido, y la debilidad del Estado, que gastó europeo rindiendo como latinoamericano, donde casi cualquier indicador de performance relativa al Estado es malo. Un ejemplo: el gasto público per cápita en salud de Argentina es similar al de Chile, y Chile tiene cuatro años más de esperanza de vida. O es incluso mayor al de Costa Rica, y Costa Rica tiene cuatro años más de esperanza de vida.

–¿Ineficiencia del gasto?

–Schteingart: Si tomás gasto per cápita en educación o inversión per cápita en educación, te da algo parecido. Entonces, ante la tentación de, ante todo, subir el gasto, uno dice, bueno, sí, está bien, uno querría recomponer el gasto siempre que sea sostenible, pero hay mucho margen para mejorar la eficiencia de ese gasto. Ha sido parte de cuestiones no resueltas que han llevado a esta caída de Argentina en los rankings mundiales. Argentina ha tenido una inestabilidad macroeconómica excepcional, que otros países de la región han resuelto. Ha tenido una estructura productiva que llegó a ser sofisticada, pero que desde los años 70 no ha progresado más, en parte por cambios en el contexto internacional, el auge de Asia, y por otro lado por la política interna, que ha sido muy pendular entre una mirada liberal que cree que la industria hay que tirarla a la basura y que te desarrollás sólo con recursos naturales, y una mirada industrialista nostálgica que es por ahí excesivamente proteccionista y que te lleva a proteger cualquier cosa, a pesar de que un producto en Argentina pueda salir cuatro veces más caro que en el resto del mundo. No nos hemos puesto de acuerdo acerca de cuál es el rol de la industria, en una Argentina que ha roto el consenso industrialista que existió entre 1930 y 1976.

–¿Qué cosas son las más valorables?

–Schteingart: Cuatro activos que muchos diríamos que nos gustan de la Argentina, que querríamos conservar y que hacen que no seamos un país de mierda.

Uno, el impulso igualitarista del que habla Juan Carlos Torre. Esa vocación por sentirnos iguales, por ese trato horizontal, por esa búsqueda de la igualdad, que tiene su génesis en el siglo XIX. Dos, una sociabilidad cálida. Esta facilidad para hacerse amigos, esta facilidad para los vínculos densos con la familia y el entorno cercano, que es parte de lo que explica la alta felicidad argentina. También es un rasgo latinoamericano. Tres, hay una alta sensación de libertad y control para llevar la vida. Eso es lo que surge de las encuestas y creo que es parte también de una cultura relativamente democrática, pero también de normas sociales medianamente laxas. Y la cuarta, que también es un rasgo que ayuda a explicar la relativamente alta felicidad argentina y latinoamericana, es que somos un país que ha podido construir una capacidad industrial diversificada relativamente alta para la región.

–No parece haber consenso en cuanto al igualitarismo.

–Schteingart: La mirada más de derecha respecto del impulso igualitarista es que hay que matarlo. Pero, claro, matar el impulso igualitarista es, de alguna manera, decir que seamos una sociedad más desigual para tener estabilidad macroeconómica, hacer pelota los sindicatos o bajar el gasto. A mí esa mirada no me gusta. Y no te lleva a una sociedad más plena. Creo que en el peronismo la idea es “aguante el impulso igualitarista”, pero no ha podido hacerse cargo, no ha sabido cómo resolverlo y canalizarlo.

–¿Puede explicar lo de la sociabilidad cálida?

–Schteingart: El segundo activo es muy bueno y parte de lo que nos gusta de nuestro país, pero a la vez es posiblemente, en parte, consecuencia de la debilidad institucional y de la incapacidad del Estado de generar seguridad social y económica en sentido amplio. Vos te recluís en las familias y en los amigos para pedir ayuda porque no existe algo universalista dentro del Estado. Eso por un lado. Y, por otro, la sociabilidad cálida te puede llevar a comportamientos donde permea mucho el amiguismo y resolver todo por contactos más que mediante mecanismos impersonales. Esa sociabilidad cálida convive con una baja confianza en las instituciones y en las personas que no son de tu núcleo cercano. El lado B es que te puede llevar a resolver cosas siempre apelando al amiguismo, al nepotismo y, en última instancia, a seguir perpetuando instituciones débiles.

–¿Cómo sería una buena institucionalidad?

–Schteingart: Las buenas instituciones son las instituciones impersonales, las que tienen reglas impersonales. Y ahí también ha habido una incapacidad colectiva para resolver cómo combinar lo bueno de la sociabilidad cálida separando sus rasgos negativos, como eso del nepotismo. Quizás ahí los países nórdicos nuevamente sean un buen ejemplo porque, contrariamente a lo que se cree, los lazos sociales en el círculo cercano son fuertes, pero también son muy fuertes los vínculos y la confianza interpersonal entre la gente que no se conoce. La confianza institucional es grande. Entonces ahí no es casualidad que, de hecho, cinco de los seis países con mayor satisfacción con la vida del mundo sean nórdicos. Son ricos, pero no es sólo que son ricos. Y esto, en parte, creo que también ayuda. La tercera cuestión que mencionaba como activo es esta percepción de libertad alta. Y eso puede estar muy bueno. A la vez, creo yo que, en parte, es consecuencia de normas sociales laxas, y las normas sociales laxas en parte también son la contracara de que es muy difícil hacer cumplir las normas. El enforcement de normas es muy bajo. Es como si fuera la contracara de Estados que no pueden hacer cumplir las cosas. Acá la gente se siente libre porque hay flexibilidad para todo, cosa que tiene su lado bueno, pero también te puede llevar a problemas.

–¿Qué pasa con el potencial industrial del país?

–Schteingart: El cuarto activo es el de las capacidades industriales. La industria que supimos conseguir, que por un lado ha permitido a Argentina tener algunos hitos relevantes, como poder mandar satélites al espacio. Pero a la vez, la incapacidad de gestionar los problemas derivados de generar actores beneficiados con la protección industrial ha hecho que buena parte de esas capacidades industriales sólo puedan sobrevivir con protección infinita. O sea, como que a veces el peronismo dice “bueno, si tenemos capacidades industriales, aguante la industria argentina”, pero no puede hacerse cargo o no sabe cómo exponer esa industria a un entorno más competitivo. ¿Y la derecha qué hace? Dice “bueno, yo quiero hacer pelota este activo porque la considera lobbista, prebendaria o ineficiente.

Brasil, siempre Brasil

–¿Con qué parámetros compara a la Argentina con Brasil?

–Schteingart: El triunfo de Lula fue un batacazo y creo que para muchos de los que nos identificamos dentro de posturas progresistas fue también una buena noticia. Sobre todo, viendo cómo se estaba pintando el color del continente. Desde ya que eso fue una buena noticia. Y voy a tu pregunta con un par de cuestiones. Primero, se tiende a ver a Brasil como un país más desarrollado que nosotros y la verdad es que no es así. Argentina es un país que todavía sigue siendo más desarrollado que Brasil en casi cualquier cosa. Sólo que a veces confundimos dos cosas. Primero, la escala de Brasil con el desarrollo. Brasil es un país mucho más grande y más potencia porque tiene mucha más población, pero no necesariamente está más desarrollado. En casi cualquier indicador de condiciones de vida, Argentina está mejor en la gran mayoría. Brasil tiene 45% de pobreza medida con la vara argentina, 13 puntos más. Es más desigual. Si bien la educación se masificó muchísimo allá, todavía el nivel educativo promedio de la sociedad argentina es más alto, sobre todo en las generaciones más grandes. En los jóvenes ya está mucho más parejo. En los indicadores de condiciones de vida, Argentina está arriba de Brasil todavía.

–Más de uno se sorprenderá de pensarse por encima de Brasil.

–Schteingart: El resumen es que el índice de desarrollo humano, que combina PIB per cápita, escolarización y salud, tiene a Argentina en el puesto 48 y Brasil debe andar por el puesto 80. Brasil es un país más de la mitad de la tabla del mundo en sus condiciones de vida y Argentina está de la mitad de la tabla para arriba. Esa es la primera aclaración que quiero hacer para darle perspectiva. Por supuesto que las brechas entre Argentina y Brasil, que supieron ser muy altas, se fueron achicando, pero todavía Brasil no nos superó.

–¿El apoyo a Lula es más por el compromiso por la democracia, por las medidas económicas, o por una combinación de ambas?

–Schteingart: Yendo a las elecciones, creo que si Lula no hubiera mejorado las condiciones de vida en estos años, hubiera sido muy difícil la elección. Los números de la economía de Lula, los indicadores sociales, son bastante buenos, sin eso hubiera sido muy difícil que el discurso de la democracia fuera tan potente. La economía de Brasil en estos cuatro años creció. No creció muchísimo, no fue un boom. No fueron las tasas de crecimiento de Lula 1 y Lula 2. Pero tampoco fue la recesión del segundo gobierno de Dilma. Entonces, fue una economía que creció al 3% los primeros años y al 2% estos años. Ese crecimiento permitió generar empleo formal y bajar el desempleo, que está en sus mínimos históricos. El gobierno, que tiene una sensibilidad distributiva fuerte, también incrementó programas sociales, con lo cual también la desigualdad bajó. Subió el salario mínimo por arriba del promedio. El salario real en general también creció 17% en cuatro años; y la pobreza bajó a mínimos históricos. Hubo progreso y mejora en las condiciones de vida.

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