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La acusación de Naama Lazimi en busca de una mayoría contra Netanyahu

Bibi quiere ser eterno en el poder.

La diputada israelí Naama Lazimi convirtió una intervención contra Benjamin Netanyahu en una acusación política, social y moral. Le atribuyó la responsabilidad por el 7 de octubre, el racismo, la fractura de la sociedad israelí, la inseguridad y una crisis económica que dejó a una parte de la población sin poder pagar el supermercado o las cuentas. Su discurso terminó encontrando una traducción electoral. Netanyahu perdió la mayoría parlamentaria de su coalición, pero la oposición tampoco puede gobernar sola. Es crucial el voto árabe.

Cinco claves:

  1. Lazimi acusa directamente a Netanyahu de no poder borrar su responsabilidad por el 7 de octubre.
  2. El bloque oficialista cayó a 53 bancas y perdió la mayoría de 61 en la Knesset.
  3. Eisenkot y sus aliados suman 48 y no pueden gobernar sin nuevos apoyos.
  4. Los partidos árabes alcanzaron un récord de 19 diputados y tienen la llave de una nueva mayoría.
  5. Haaretz plantea que excluirlos puede terminar preservando a Netanyahu pese a su derrota electoral.

La diputada Naama Lazimi eligió la segunda persona. No habló de Netanyahu. Le habló a Netanyahu:

  • “No reescribirás, no borrarás, no harás desaparecer el 7 de octubre. Esa tragedia quedará para siempre como una mancha en tu frente y en la de tu gobierno. Te acuso, Netanyahu”.
  • ”El racismo siempre te ha marcado. Nos desgarraste por dentro, convertiste a medio país en enemigo. Así que, Netanyahu, yo, la marroquí tradicional de Migdal-Jaémec, te digo, romperemos los muros que construiste, limpiaremos el veneno que derramaste aquí durante 30 años”.
  • Volveremos a ser una sociedad unida. Te acuso, Netanyahu, aquí asesinan ciudadanos como si fueran polvo humano, insignificantes, mientras el Likud se comporta como una organización criminal y las mafias levantan la cabeza. Te acuso, Netanyahu, de sacrificar vidas”.
  • Hay personas destruidas por la realidad económica que no saben cómo entrar al supermercado o pagar las cuentas. Todo se ha vuelto caro, excepto la vida, que bajo tu gobierno se ha vuelto dolorosamente barata. Te acuso, Netanyahu, se formará una comisión estatal de investigación y también investigará tus encubrimientos”.
  • ”No vencerás a las familias dolientes, ellas son nuestra brújula moral. No reescribirás, no borrarás, no harás desaparecer el 7 de octubre. Esa tragedia quedará para siempre como una mancha en tu frente y en la de tu gobierno.”

El mensaje de Lazimi, diputada de centroiqzuierda, antecede y explica parte de la atmósfera que terminó expresándose en las urnas el 27 de octubre. El escrutinio definitivo dejó al Likud como primera fuerza individual, con 27 bancas, pero redujo el bloque de Netanyahu a 53 diputados, ocho menos de los 61 necesarios para gobernar. El bloque encabezado por Gadi Eisenkot reunió 48 y los partidos árabes llegaron a 19, el mejor resultado parlamentario de su historia. La participación fue del 77,9 por ciento, la más elevada en décadas.

La aritmética encierra la paradoja de la elección. Netanyahu perdió la mayoría, pero Eisenkot tampoco la tiene. Once bancas corresponden a la Lista Conjunta y ocho a Ra’am, encabezado por Mansour Abbas. Si esos 19 diputados se sumaran de algún modo a los 48 del bloque opositor, existiría una mayoría holgada para terminar con Netanyahu. Pero casi todos los partidos sionistas de la oposición, con excepción de Los Demócratas de Yair Golan y Lazimi, descartaron durante la campaña gobernar dependiendo de fuerzas árabes.

En su lectura de la noche electoral, el diario Haaretz sostuvo que Netanyahu había sido derrotado, pero que había “una sola manera” de que Eisenkot transformara ese resultado en victoria: incorporar a los ciudadanos árabes a la construcción de una mayoría. Según el análisis publicado por el diario, la oposición corre el riesgo de sabotear al mismo tiempo su triunfo y sus proclamados valores democráticos si considera legítimos los votos árabes para integrar la Knesset pero ilegítimos para decidir quién gobierna.

No es una cuestión abstracta. Netanyahu comprendió perfectamente dónde estaba el punto vulnerable de sus adversarios. Después de conocerse el crecimiento extraordinario del voto árabe, el Likud comenzó a hablar de una elección “robada” y a denunciar supuestas irregularidades. Las autoridades electorales y policiales dijeron que no había fundamento para afirmar que se hubiera producido un fraude generalizado y el presidente Isaac Herzog cuestionó las acusaciones que colocaban bajo sospecha a toda una comunidad.

La campaña contra el voto árabe puede cumplir así una función aunque no consiga alterar un solo sufragio: aumentar el costo político que deberían pagar Eisenkot, Naftali Bennett o Avigdor Liberman para construir una mayoría junto con Ra’am o la Lista Conjunta.

Haaretz destacó precisamente la imagen que Netanyahu intentaba evitar. La de ciudadanos árabes haciendo largas filas para votar frente a una campaña de la derecha que buscaba desalentar su participación. También señaló que esa movilización terminó reaccionando contra el racismo y contra la extrema derecha y transformó a las fuerzas árabes en actores decisivos del escenario postelectoral.

Lazimi introduce además otro elemento. Su discurso no se limita al conflicto palestino-israelí ni al futuro de los territorios ocupados. Habla del 7 de octubre, a tres años de los feroces ataques de Hamas cuando invadió el sur de Israel, pero también del precio del supermercado, de las cuentas que no se pueden pagar, de la violencia criminal y de una sociedad que, según ella, Netanyahu dividió durante treinta años.

Es una impugnación más amplia al ciclo político del primer ministro.

Y el resultado electoral mostró que la derecha religiosa, ultranacionalista y ultraortodoxa ya no puede sostenerlo por sí sola. El bloque gobernante que tenía 68 diputados quedó reducido a 53.

Pero perder una mayoría no equivale a perder el poder en un sistema parlamentario fragmentado.

Netanyahu conoce mejor que nadie esa diferencia.

Puede intentar sumar aliados, explotar las incompatibilidades internas de la oposición o conducir al país hacia otra elección. Eisenkot tiene enfrente una decisión igual de difícil: mantener el compromiso de no depender de los partidos árabes y correr el riesgo de que Netanyahu sobreviva, o romper ese límite y construir por primera vez una mayoría en la que los 19 representantes árabes tengan un papel decisivo.

Por eso el discurso de Lazimi adquiere ahora un significado que excede su feroz acusación contra Netanyahu.

“Romperemos los muros que construiste”, dijo.

La elección dejó uno de esos muros perfectamente visible.

No es solamente el que separa a Netanyahu de sus adversarios. Es el que durante décadas separó el derecho formal de los ciudadanos árabes a votar de su derecho efectivo a participar en la decisión sobre quién gobierna Israel.

Si la oposición no consigue atravesarlo, Netanyahu puede haber perdido la elección y, sin embargo, seguir gobernando.

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