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Los argentinos son intolerantes (al ajuste de su bolsillo)

Estudios nacionales realizados en paralelo por la consultora QSocial encuentran una correlación de 0,93 entre la aprobación de Javier Milei y la tolerancia social al ajuste. Esto significa no sólo que la aprobación y la tolerancia caen. El índice revela que se mueven casi totalmente juntas.  Cuando los argentinos toleran menos el ajuste, baja Milei. Mientras tanto, el registro constata menos paciencia, aumento del pesimismo económico y cada vez mayores dudas sobre la capacidad del Gobierno de resolver la crisis. 

Los dos trabajos de QSocial permiten ponerle números a una pregunta que acompañó al gobierno de Javier Milei desde el comienzo: cuánto tiempo puede una sociedad aceptar que su situación actual sea cada día peor a cambio de una promesa de bienestar futuro. El famoso “estamos mal pero vamos bien”, o “hay una luz al final del túnel”, y también el “lo peor ya pasó” de Mauricio Macri. El QMonitor de agosto, que puede descargarse completo haciendo click aquí, un estudio mensual cuantitativo y cualitativo realizado a fondo, registra una pérdida fuerte de paciencia, pesimismo económico y dudas sobre la capacidad del Gobierno de resolver el drama y mejorar la vida cotidiana. El documento Dato de la Semana, elaborado por el especialista de QSocial Lucas Klobovs, agrega una dimensión fascinante. El índice revela que la tolerancia al ajuste y el apoyo electoral a Milei se mueven casi en paralelo. O sea que crece la intolerancia al ajuste, entendido como ajuste personal y familiar, más allá de la dichosa macro, y decrece el respaldo a Su Excelencia el Presidente.

Cada estudio muestra una faceta del estado de ánimo en la Argentina. QMonitor ofrece una fotografía amplia del clima político, económico y social. Dato de la Semana trabaja sobre una serie mensual y calcula relaciones estadísticas entre paciencia, aprobación presidencial e intención de voto. Leídos juntos muestran el mismo problema desde dos lugares distintos. Dejan en claro que la fortaleza política del oficialismo depende cada vez más de que una parte de la sociedad siga creyendo que el sacrificio tiene sentido y, sobre todo, que tiene un final si no glorioso, al menos pasable. No estaría sucediendo.

Un contrato con fecha de vencimiento

Al revés de lo que suele creerse, la empatía no es sinónimo de solidaridad. Consiste en percibir, interpretar o entender los sentimientos del otro. Desde ese punto de vista, tiene razón el ministro de Economía Luis Caputo cuando dice que los libertarios fueron empáticos “desde el día menos uno”. En campaña lograron interpretar el hartazgo de la sociedad después de la pandemia y el gobierno ripioso de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner. Por eso Milei ganó el balotaje por 56 a 44 por ciento y llegó al Gobierno con un contrato político consistente con esa situación. No prometió bienestar inmediato. En todo caso la Argentina se parecería a Irlanda, a Alemania o a España dentro de cinco, veinte o treinta años. Todo dependía del discurso que conviniera. El candidato de ultraderecha prometió primero ajuste y reducción del gasto público, o sea, en la práctica, caída de ingresos y un calvario que desembocaría en pura felicidad. Durante su primera etapa de mandato para una parte de sus votantes estar peor no era necesariamente una razón para dejar de apoyarlo. Podía ser la demostración de que se estaba haciendo lo que antes nadie había querido hacer. El camino del sacrificio al final del cual llegaría el Edén.

Ese mecanismo funciona mientras el futuro conserve capacidad de compensar al presente. El problema aparece cuando pasa el tiempo y la recompensa no llega a la vida cotidiana. Que es exactamente lo que empezó a ocurrir.

El QMonitor de agosto de QSocial, la consultora que dirige Rafael Prieto, le pone números a esa tensión. La mitad de los consultados dice que “ya no puede esperar más” una mejora en su situación personal. Otro 20 por ciento está dispuesto a esperar hasta las elecciones de 2027, un 10 por ciento hasta fin de año y un 8 por ciento hasta mediados del año próximo. El dato principal no es solamente que exista malestar. Es que esa desazón comienza a medirse en tiempo. La paciencia adquirió calendario. El estudio fue realizado sobre 1.323 casos a nivel nacional. 

Según el mismo QMonitor, apenas el 16 por ciento considera buena la situación actual del país. Para el 35 por ciento es regular y para el 48 por ciento es mala. Hacia adelante, el 47 por ciento cree que dentro de un año la economía estará peor, el 26 por ciento espera que esté mejor y el 21 por ciento imagina que seguirá igual. 

La pregunta decisiva es qué ocurre con la idea del sacrificio. En QMonitor, el 67 por ciento considera que el esfuerzo que realiza hoy la sociedad no valdrá la pena en el futuro. De Edén, cero. Alrededor de tres de cada diez mantienen la expectativa contraria. El Gobierno conserva un núcleo que sigue creyendo en la promesa, pero perdió la mayoría necesaria para convertir el ajuste en un proyecto compartido. 

Dos trabajos y dos maneras de medir

Conviene distinguir las fuentes. Los números de QMonitor y los de Dato de la Semana pertenecen a productos diferentes de QSocial y no corresponde tratarlos como si fueran una sola encuesta.

QMonitor es el monitoreo mensual de clima político, económico y empresarial de la consultora. Allí aparecen preguntas sobre la situación del país, expectativas, preocupaciones, capacidad del Gobierno, destinatarios de sus políticas y tolerancia al ajuste. QSocial define al QMonitor como un monitoreo ejecutivo mensual que combina indicadores propios y datos de terceros para analizar el clima político, económico y empresarial. 

Dato de la Semana es otra cosa. Klobovs toma la serie mensual que va de octubre de 2025 a julio de 2026 y compara tres variables: tolerancia al ajuste, aprobación de Milei e intención de voto. Su interés no está en una fotografía sino en el movimiento conjunto de las curvas.

La diferencia es importante porque pueden aparecer números distintos para conceptos parecidos. No es correcto tomar una pregunta de imagen, otra de aprobación de gestión y otra de intención de voto como si midieran exactamente lo mismo. Hay que mirar qué mide cada instrumento y cómo evoluciona.

El hallazgo de Dato de la Semana es fuerte. La correlación entre tolerancia al ajuste y aprobación presidencial es de 0,93. Una correlación de uno significaría que las dos variables se mueven de manera perfectamente idéntica. Un valor de 0,93 está muy cerca. No demuestra por sí solo causalidad, pero muestra que durante diez meses ambas curvas siguieron recorridos casi gemelos.

En octubre de 2025 la tolerancia era del 44 por ciento y la aprobación de Milei del 40. En noviembre fueron 47 y 48. En diciembre, 46 y 51. En enero de 2026 coincidieron en 49 por ciento. Después comenzó el descenso. En febrero fueron 42 y 45. En marzo, 35 y 38. En abril, 37 y 34. En mayo coincidieron en 34. En junio tocaron juntas el 31 por ciento y en julio hubo una recuperación mínima: 33 por ciento de tolerancia y 34 de aprobación. Las líneas relacionadas con la situación personal y con la aprobación del Gobierno se van superponiendo hasta llegar casi a la identidad total. 

Cuando cae la paciencia, cae el voto

La segunda clave de Dato de la Semana reemplaza aprobación por intención de voto y obtiene prácticamente el mismo resultado. La correlación vuelve a ser del 93 por ciento.

En octubre de 2025 Milei registraba 35 por ciento de intención de voto frente a una tolerancia del 44. En diciembre el voto había llegado al 45 y la tolerancia al 46. Enero conservó el 45 por ciento de voto mientras la paciencia alcanzaba el máximo de la serie, 49 por ciento. Después las dos variables retrocedieron. En marzo fueron 29 y 35. Junio marcó los pisos, con 28 por ciento de voto y 31 por ciento de tolerancia. En julio hubo un rebote pequeño hasta 31 y 33 por ciento.

Según Dato de la Semana, por cada punto que pierde la tolerancia al ajuste la intención de voto a Milei cae aproximadamente 0,9 puntos. La fórmula no debe convertirse en una ley electoral, pero obliga a mirar el fenómeno mileísta de una manera menos inexorable.

Quizás esta combinación, vinculada también probablemente con la ola soberanista que existía y despertó con el banderazo de San Giovani Lo Celso en el partido con Inglaterra, es lo que echó por tierra la ley de Tierras, atenazó a legisladores colaboracionistas temerosos de pagar un costo político alto y hasta provocó un milagro: la reunión del Hotel Emperador entre Máximo Kirchner, Axel Kicillof, Sergio Massa, gobernadores como Gildo Insfrán y los maestros de rosqueros José Mayans y Germán Martínez. Como cada vez que hay que construir confianza, a nivel político o diplomático, Mayans y Martínez sugirieron tema único. Y eligieron el que sabían que era compartido, como la reivindicación de las PASO por parte de las distintas tribus peronistas. Salió bien. ¿Habrá otros asuntos en el futuro? ¿Llegará el peronismo a un orden de procedimientos que sea común a todos al momento de elegir la candidatura presidencial de 2027? Y si arriba a un manual compartido, ¿lo mantendrá incluso sin PASO? Chi lo sa.

Lo cierto es que la cuestión no se limitó al objetivo del Sí a las PASO. La cumbre del Emperador se debe a dos causas más:

*La primera, que los peronistas olieron sangre. La sangre de un gobierno herido.

*La segunda viene desde los territorios, en especial de la provincia de Buenos Aires. ¿Alguien puede pensar sensatamente en un escenario de dos fórmulas peronistas, sin unificación, y al mismo tiempo la preservación de cientos de intendencias? 

La sangre libertaria deriva de que Su Excelencia tiene un núcleo duro, pero que alrededor de ese núcleo hay un electorado que empezó a condicionar su simpatía. No vota solamente una identidad. También vota una expectativa económica.

Eso ayuda a entender por qué bajar la inflación  –y tampoco la pavada, porque el índice anualizado da un 33 por ciento–  no resuelve por sí solo el problema político. Una persona puede reconocer una desaceleración de los precios y al mismo tiempo sentir que el salario no alcanza, que redujo consumos o que lleva demasiado tiempo esperando la tierra prometida.

En enero, por ejemplo, la tolerancia al ajuste alcanzaba el 49 por ciento. Cinco meses más tarde había caído al 31. Son 18 puntos. En el mismo período la aprobación presidencial medida por la serie de Dato de la Semana pasó también del 49 al 31 por ciento. No es una demostración matemática de que una variable provoque la otra, pero la coincidencia es demasiado persistente para ignorarla.

Del supermercado al empleo

QMonitor permite mirar de qué está hecha esa paciencia. Cuando pregunta cuál es el principal problema del país, el trabajo y la pobreza aparecen primeros, cada uno con el 21 por ciento. La corrupción ocupa el tercer lugar, con el 19. Recién después aparece la inflación, con el 11 por ciento, seguida por la inseguridad, con el 8, y la Justicia, con el 6. 

El cambio es políticamente relevante. El Gobierno construyó buena parte de su legitimidad inicial alrededor de la inflación. Si la inflación deja de ser el problema dominante pero su lugar es ocupado por el empleo, la pobreza y los ingresos, la agenda económica no desaparece. Cambia de forma. Y no en favor del color violeta.

Según QMonitor, el 61 por ciento considera que el Gobierno no podrá resolver los principales problemas del país y el 32 por ciento cree que sí. El 64 por ciento sostiene que Milei gobierna para algunos sectores y sólo el 25 por ciento piensa que gobierna para la mayoría. 

Son indicadores distintos, pero apuntan a una misma zona. El sacrificio resulta más tolerable si se lo considera eficaz y compartido. Se vuelve más difícil de sostener si una persona piensa, mientras se esfuerza, que el Gobierno no resolverá sus problemas y que los beneficios se concentran en otros.

Ahí la paciencia deja de ser una disposición psicológica. Tiene componentes palpables: alquiler, supermercado, medicamentos, tarifas, transporte y salario. También tiene memoria. Una persona puede aceptar seis meses de sacrificio porque cree que atraviesa una transición. Si pasan dos años, la misma situación comienza a ser juzgada con otro criterio. Y si ya se superan los dos años y medio, peor todavía.

Tampoco funcionan los pronósticos cercanos al delirio al estilo de Federico Sturzenegger, sobre que millones de personas dejarán el Conurbano bonaerense y se irán a las zonas cordilleranas del boom minero. Un estudio del Centro de Economía Política Argentina reveló cuántos empleos creó la minería: 55. No 55 mil. Cincuenta y cinco.

Al principio de la gestión el Gobierno podía explicar el deterioro como herencia. Después pudo presentarlo como costo inevitable del ordenamiento. Cuanto más se prolonga el proceso, más difícil es explicar el presente exclusivamente por el pasado.

Ese desplazamiento explica otro dato significativo de QMonitor. Al comparar el presente con diciembre de 2023, un 31 por ciento considera que el país está mejor. Es un número relevante porque demuestra que el oficialismo conserva una base que reconoce mejoras. Pero también indica que esa lectura está lejos de ser mayoritaria. Y cuando se pregunta por el futuro, los pesimistas superan claramente a los optimistas. 

Tres escenarios y una advertencia

Dato de la Semana hace finalmente un ejercicio para 2027. Parte de julio, con 33 por ciento de tolerancia al ajuste y 31 por ciento de intención de voto a Milei, y proyecta qué ocurriría si se mantuviera la relación estadística observada.

Si la tolerancia cae cinco puntos y llega al 28 por ciento, el voto presidencial bajaría aproximadamente al 25. Si mejora cinco puntos y alcanza el 38, el voto podría subir al 34. Si recupera diez puntos y llega al 43 por ciento, Milei podría acercarse al 38.

Entre el escenario más adverso y el más favorable hay trece puntos. Es la diferencia entre un Presidente severamente debilitado y uno que vuelve a entrar en la elección con posibilidades competitivas. El gráfico de Dato de la Semana muestra justamente esos tres escenarios y aclara que la proyección surge de la serie mensual de QSocial.

Cauto, el propio Dato de la Semana incluye una advertencia indispensable. Una correlación no es una profecía. El resultado de 2027 dependerá también de los candidatos, la campaña, las alianzas y la capacidad de la oposición para construir una oferta. El modelo sirve para detectar una relación y ensayar escenarios, no para anunciar hoy el resultado de una elección futura para la cual quedan 14 meses. Como recomienda la consultora Shila Vilker, “paciencia y nada de ansiedad porque falta mucho tiempo y falta que pasen muchas cosas”. 

La advertencia vale también para la oposición. Que una persona deje de tolerar el ajuste no significa que se convierta automáticamente en opositora. Puede quedar indecisa, abstenerse, votar en blanco, buscar una tercera opción o esperar hasta último momento. El desgaste de Milei abre un espacio político, pero no determina quién lo ocupará. Esa es también una de las conclusiones de la serie analizada por Klobovs: el debilitamiento económico del oficialismo no genera mecánicamente una alternativa electoral.

Para Su Excelencia, tan apegado a los anuncios rimbombantes, ya no alcanza con explicar por qué había que enorgullecerse del ajuste más grande de la historia mundial. Y como el achicamiento del gasto público, el freezer de la actividad industrial y comercial y la caída de ingresos son las causas que producen el ajuste personal, el que se nota, ahora Milei debe explicar cuándo termina. Explicar, y convencer.


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