Los adolescentes pasan un promedio mayor a seis horas frente a pantallas de celulares. Más de un tercio presenta algún riesgo en salud mental y dificultades para desconectarse y emocionales, según un estudio realizado por el ITBA y el Ministerio de Educación porteño con 3.261 estudiantes de 1º y 4º año.
Cinco claves:
- Las horas de uso no definen por sí solas el problema.
- Las adolescentes registran más ansiedad y malestar.
- Los jóvenes de menores recursos usan más el celular.
- El estudio no prueba qué causa el malestar emocional.
- La especialista propone acuerdos entre las familias y la escuela.
Sumadas las horas y diez minutos por día con pantallas, el promedio anual, detectado por el Instituto Tecnológico Buenos Aires (ITBA) en su estudio ‘Monitoreo de tiempo de pantalla y salud mental’, indica que los pibes pasan 92 días (tres meses) al año ante las pantallas de sus celulares.
Entre los puntos más destacados, la investigación identificó que:
*Una proporción importante de los jóvenes presenta señales de riesgo en salud mental. Un 38,1% superó el umbral de riesgo en síntomas depresivos; 31,3%, en ansiedad; 37,1%, en somnolencia diurna; y 24,6%, en uso problemático del celular.
*Las jóvenes mostraron mayores indicadores de riesgo. El 47,5% superó el umbral de síntomas depresivos, frente al 26,2% de los varones; en ansiedad, los porcentajes fueron 41,5% y 18,9%, respectivamente. También registraron alrededor de media hora más de uso diario del celular.
*La desigualdad socioeconómica atraviesa los resultados. La tabla general muestra unas 7,11 horas diarias de celular en el quintil socioeconómico más bajo, frente a 5,10 horas en el más alto. Los indicadores de riesgo depresivo también fueron mayores en el grupo de menores recursos: 44,6% frente a 29,1%.
*Los estudiantes de 4º año usaron más el celular y presentaron mayores indicadores de malestar. Registraron aproximadamente una hora diaria más que los de 1º y valores superiores en ansiedad, síntomas depresivos, somnolencia y uso problemático.
*El uso problemático del celular tuvo una asociación más fuerte con la somnolencia que la escala general de uso problemático de tecnología.
Y ahora qué? dialogó con la directora de la Licenciatura en Ciencias del Comportamiento del ITBA e integrante del equipo que realizó la investigación, Valeria Abusamra.
–¿Cuáles son los hallazgos que más le preocupan?
–Abusamra: Señalaría tres cosas. La primera es la magnitud del tiempo que ocupa el celular en la vida cotidiana de los adolescentes: estamos hablando de un promedio de un poco más de seis horas diarias, tiempo que aumenta entre primero y cuarto año. Seis horas es una parte considerable del día. La segunda, y para mí la más importante, es que no alcanza con contar las horas porque las horas de pantalla, por sí solas, dejan de explicar los indicadores de ansiedad, sintomatología depresiva y somnolencia. Lo que aparece sistemáticamente asociado es el modo en que los adolescentes se vinculan con la tecnología. Es decir, la dificultad para desconectarse, la dependencia, el uso como un regulador de las emociones y la interferencia que provoca con otras actividades o como generadora de conflictos. Y la tercera es que no todos los adolescentes están igualmente expuestos. Hay diferencias por género, por edad y por nivel socioeconómico. Por eso creo que hablar de “los adolescentes y las pantallas” como si fuera una población homogénea nos hace perder una parte central del problema.
-Casi cuatro de cada diez estudiantes superaron el umbral de riesgo en materia de síntomas depresivos. ¿Qué lectura hace de este resultado y cómo debería responder una escuela cuando detecta esas señales?
–Abusamra: Lo que encontramos es que el 38,1% obtuvo puntajes por encima del punto de corte de una herramienta de screening de sintomatología depresiva (N. de la R.: se denomina screening al proceso de evaluación o filtrado rápido aplicado a personas o elementos aparentemente sanos o sin síntomas para detectar de forma precoz anomalías, enfermedades o perfiles idóneos). Eso constituye una señal de alerta que merece atención, pero no es un diagnóstico clínico. Dicho esto, que una proporción tan importante de estudiantes reporte ese nivel de sintomatología es un dato que no podemos minimizar. Me parece que la respuesta de la escuela no debería ser diagnosticar -porque no es su función- sino detectar, escuchar y activar los circuitos adecuados de acompañamiento y derivación. La escuela tiene una enorme ventaja porque ve a los chicos todos los días y puede registrar cambios en el comportamiento, rendimiento, en el sueño, o en los vínculos.
–¿Cómo podemos distinguir, en la escuela o en la casa, a un adolescente que usa mucho el celular de otro que tiene un uso problemático? ¿Qué tipo de síntomas manifiesta o en qué aspectos de su conducta se nota?
–Abusamra: Un adolescente puede pasar muchas horas con el celular y eso, por sí solo, no nos dice que tenga un uso problemático. No hay un número de horas que marque automáticamente la frontera entre un uso saludable y uno problemático. La pregunta es qué pasa cuando intenta dejarlo y qué cosas de su vida empiezan a verse desplazadas o afectadas. Hay algunas señales importantes como dificultad para desconectarse, sensación de dependencia, necesidad permanente de revisar el teléfono, usarlo para calmar el aburrimiento, la angustia o el malestar, conflictos con la familia o con otros por el uso, interferencia con el estudio o con el sueño. Es importante tener en cuenta que usar mucho el celular no es necesariamente usarlo mal. El problema empieza a aparecer cuando hay pérdida de control, cuando el celular deja de ser una actividad más y empieza a organizar una buena parte de la vida cotidiana, o cuando desplaza sistemáticamente otras cosas que también son importantes como dormir, estudiar, moverse o encontrarse con otros. Yo me preguntaría, por ejemplo, si puede dejarlo, ¿qué deja de hacer por estar conectado?, ¿qué pasa si no lo tiene? o ¿para qué lo está usando?
–¿El celular puede funcionar como refugio para un adolescente que está angustiado? ¿Es un síntoma de soledad o de creer, equivocadamente, que estando conectados tenemos una vida social intensa?
–Abusamra: Puede funcionar como refugio, pero evitaría convertir eso en una explicación única. El teléfono puede ser muchas cosas al mismo tiempo: un espacio de encuentro, de entretenimiento, de pertenencia, de exploración, de información y también una manera de manejar lo que uno siente. De hecho, entre las dimensiones que evaluamos, aparece el uso de la tecnología para manejar estados emocionales como, por ejemplo, recurrir al celular cuando uno está aburrido, angustiado o necesita distraerse de algo que le genera malestar. Ahora bien, nuestro estudio no permite decir si un adolescente está angustiado porque usa mucho el celular o si usa más el celular porque está angustiado. Es perfectamente posible que las dos direcciones convivan y se retroalimenten. Y tampoco estudiamos la soledad, por lo que no sabría decir que el celular es un síntoma de soledad. Estar conectado no es necesariamente estar acompañado, pero tampoco estar conectado significa estar aislado. Depende de qué hace ese adolescente cuando está conectado, con quién se relaciona y qué lugar ocupa esa experiencia en la integralidad de su vida.
–Eñl estudio evidenció que las mujeres presentan indicadores mayores de ansiedad y sintomatología depresiva. ¿Por qué?
–Abusamra: El estudio muestra con claridad que las mujeres presentan puntajes más elevados en los distintos indicadores evaluados, particularmente en ansiedad y sintomatología depresiva; además, registran en promedio mayor tiempo de pantalla que los varones. La literatura plantea factores biológicos y vinculados con la pubertad, diferencias en la regulación emocional y sensibilidad interpersonal, pero también factores sociales, desigualdades y presiones específicas que reciben las adolescentes. En el entorno digital, además, podríamos pensar en cuestiones como la comparación social, la exposición vinculada con la imagen corporal o determinadas formas de interacción. Podemos afirmar que existe una diferencia, pero explicar por qué existe requeriría estudios que sigan a los mismos adolescentes a lo largo del tiempo, y estudios que analicen específicamente qué hacen en los entornos digitales, qué experiencias tienen allí y cómo esas experiencias se relacionan con su bienestar.
–Los estudiantes de menores recursos pasan alrededor de dos horas más por día frente al celular. ¿Eso se debe al menor grado de posibilidad de disponer de otro tipo de actividades?
–Abusamra: El dato es especialmente interesante porque nos obliga a mirar más allá de la pantalla. En los extremos de nivel socioeconómico encontramos una diferencia muy marcada: aproximadamente siete horas diarias frente a poco más de cinco. ¿Puede tener que ver con que algunos adolescentes tienen menos alternativas? Sí, es una explicación posible porque el tiempo libre de un adolescente no transcurre en el vacío, sino que depende de las actividades deportivas, culturales o recreativas a las que puede acceder, de los espacios públicos disponibles, de las condiciones habitacionales, de las posibilidades de movilidad o del acompañamiento de los adultos. Las condiciones en las que se organiza la vida cotidiana también pueden marcar la manera en que se usa la tecnología. El resultado muestra algo que me parece importante, y es que el tiempo de pantalla no es solamente una cuestión de decisiones individuales. También está atravesado por las condiciones y las oportunidades del contexto en el que vive cada adolescente. De esta manera, si existe una brecha socioeconómica tan marcada en el tiempo de uso, una política sobre pantallas no puede pensarse al margen de las desigualdades que existen fuera de ellas.
–¿Los resultados de esta investigación pueden respaldar la restricción del uso de celulares en los colegios? ¿Qué cree que resolvería ese tipo de medidas?
–Abusamra: Distinguiría dos cosas. Una es lo que muestran nuestros resultados y otra es mi posición respecto del uso del celular en la escuela. Nuestro estudio no fue diseñado para evaluar qué ocurre cuando se restringe el celular en el aula. Por lo tanto, estos resultados no permiten afirmar que restringir su uso mejore ni la salud mental ni el desempeño de los estudiantes. Ahora bien, dicho esto, es bueno que en la escuela haya momentos protegidos de la presencia y uso del celular. Mi argumento tiene que ver con las condiciones que necesitamos para aprender. Leer un texto, comprenderlo, estudiar, resolver un problema, sostener una conversación, escuchar a otro requieren tiempo, atención y cierta lentitud. Y la escuela tiene que poder preservar esos tiempos. No todo puede ocurrir bajo la lógica de la interrupción permanente, de la notificación o del cambio constante de foco. Por eso, aunque no me entusiasme la palabra ‘prohibición’, sí creo que durante la clase el celular no debería estar disponible, salvo cuando el docente decida incorporarlo con un propósito pedagógico. No porque la tecnología sea enemiga del aprendizaje, sino porque hay actividades que necesitan condiciones de atención que tenemos que cuidar y mantener.
–Si tuviera que proponer tres o cuatro acciones concretas para empezar a superar esta problemática, ¿qué propondía?
–Abusamra: Primero, generar un acuerdo entre la escuela y las familias sobre el uso del celular. Este punto es especialmente importante porque, en las escuelas que participaron de nuestro estudio, los estudiantes no podían usar el celular durante el horario escolar. Por lo tanto, esas más de seis horas diarias se concentran fundamentalmente fuera de la escuela. Necesitamos criterios compartidos con las familias para preservar otros momentos para dormir, comer, estudiar, conversar o hacer actividad física. Se trata de construir algunos límites y hábitos que puedan sostenerse también fuera de la escuela. Segundo, enseñar autorregulación digital y trabajar sobre la motivación. No alcanza con decirles que usen menos el celular. Necesitamos que los adolescentes puedan reconocer qué hacen con él, qué los lleva a tomarlo, cuándo les cuesta dejarlo, qué emociones están regulando a través de él y qué actividades desplaza. Pero también es importante la motivación: que puedan encontrar otras actividades que les interesen, los desafíen, les produzcan placer o les den un sentido de logro. Regularse no es solamente poder dejar algo; también es tener motivos para elegir otra cosa. Tercero, fortalecer la detección temprana y los circuitos de acompañamiento. Si aparecen señales persistentes de malestar, la respuesta no puede ser (simplemente) sacarle el celular. Hay que preguntarse qué está pasando con ese adolescente y, cuando corresponde, ofrecer acompañamiento profesional. Y cuarto, ampliar las oportunidades reales fuera de la pantalla: deporte, lectura, arte, juego, actividades culturales, espacios de encuentro y conversación.
–Ahí es probable que vuelva a impactar la brecha socio económica.
–Abusamra: Sí, porque la posibilidad de organizar el tiempo libre de otra manera no es igual para todos. Y también observaría otro punto: hay que observar si aparecen señales de cierto cansancio frente a la hiperconexión y de una búsqueda de actividades como volver al libro en papel, a los juegos de mesa, a escribir a mano, a encontrarse con otros sin que todo esté mediado por una pantalla. No sé si podemos hablar todavía de un cambio cultural consolidado, pero sí me parece interesante preguntarnos si los propios jóvenes no están empezando también a buscar momentos de desconexión.