En progresos como la imprenta, el vapor, la electricidad o Internet, el hombre pudo manipular la herramienta, pero con la IA el hecho se modificó. Comienza a generar cierta angustia y pone en tela de juicio el futuro de su funcionamiento e independencia.
La Inteligencia Artificial (IA) ocupa un lugar destacado en las noticias cotidianas, no siempre como algo positivo sino también como aquello que debiera regularse antes de que lance ataques irreversibles y definitivos contra la humanidad. Esta última vuelta de tuerca la transmuta fantasmal -al mejor estilo de Henry James- y falsamente superadora de las versiones anteriores, especialmente de aquella que describía una IA articulando su despliegue con el complejo militar-industrial y, llegada una instancia de conflicto, asistiéndolo en la toma de decisiones, el análisis de imágenes satelitales y la orientación autónoma de proyectiles.
Queda claro que el lenguaje antropomórfico de los discursos, en este caso referidos a la IA, fue útil a sus promotores para operar tendenciosamente en el imaginario colectivo, como advirtió en su momento Edgard Morin. Lo hizo a través de los medios de comunicación y la cultura popular. Y penetrando en las instituciones (desde la escuela hasta diversas organizaciones religiosas), las redes digitales y plataformas contemporáneas que aceleran y fragmentan la creación de imaginarios a una velocidad nunca vista.
El saber suficiente
La mayoría de la gente de a pie sabe de qué trata la IA, la usa con relativa intensidad e incorpora gradualmente aplicaciones más sofisticadas, aunque sin comprender del todo su funcionamiento ni cuáles son sus alcances y limitaciones. La mayoría de la gente de a pie, además, merced a la antropomorfización del lenguaje tiende a suponer erróneamente que la IA “piensa”, “razona” o trabaja con intenciones similares a las humanas, y no según modelos matemáticos y de procesamiento masivo de datos.
Vista desde la pantallita de un teléfono celular, la IA habilita el sueño diurno de una automatización simple y al alcance de la mano. Es así, aunque en el marco de una angustia creciente y recurrente por asistir a las primeras instancias de un desplazamiento y reemplazo laboral masivo, a la par de un asfixiante control tecnológico.
Lo anterior amerita llegar entonces a una primera conclusión: hay un conocimiento liviano y generalizado de la IA, en tanto herramienta o producto amigable, pero ignorando sus mecanismos internos, sesgos y limitaciones reales.
Como segunda conclusión, corresponde advertir que la enorme dimensión de su impacto en el imaginario colectivo reconoce pocos antecedentes, siendo quizás el más notorio el que operó a raíz del uso militar de la energía nuclear.
Los bombardeos atómicos de Hiroshima (6 de agosto de 1945) y Nagasaki (9 de agosto de 1945) fueron los únicos dos casos de uso de armas nucleares en un conflicto bélico. Luego hubo numerosos accidentes, como el ocurrido en la central nuclear comercial Three Mile Island, el 28 de marzo de 1979 (Estados Unidos); el de máxima gravedad en Chernóbil, el 26 de abril de 1986 (ex Unión Soviética, actualmente Ucrania) o el ocurrido en Fukushima el 11 de marzo de 2011 (Japón).
Los usos militares de la energía y tecnología nuclear constituyen una hipótesis espantosa. Los usos pacíficos tienen defensores que destacan la baja emisión de gases de efecto invernadero durante su operación, la generación eléctrica de forma continua y la productividad del uranio. Pero también hay quienes visualizan problemas serios que van desde los costos elevadísimos de la construcción de plantas nucleares tradicionales y el tratamiento de residuos radiactivos, hasta los temores -y la resistencia social derivada- que provoca el riesgo de accidentes y la eventual proliferación de armas atómicas.
El tema nuclear constituyó un símbolo que prometía tanto la utopía de un futuro próspero como la aniquilación total, y semejante dualidad influyó en la estética, la narrativa y la imaginación occidental del siglo XX. En efecto, luego del lustro inmediato posterior a la Segunda Gran Guerra, caracterizado por el optimismo tecnológico, la década siguiente debió asimilar el impacto de la Guerra Fría y el miedo a la lluvia radiactiva, con su corolario de mutantes e invasores.
Entre 1960 y 1980 cambiaron los temas dominantes desde el ángulo de la cultura popular. Tuvieron más que ver con la llamada Destrucción Mutua Asegurada, que fue objeto de abordajes satíricos, hasta que los accidentes mostraron que la energía atómica era un peligro industrial concreto y burocrático.
De ahí que para sublimar el fenómeno fueran creadas, a modo de ejemplo, series de animación como Los Simpsons, con la central nuclear de Springfield administrada por el avaro y malvado Burns y Homero Simpson como el inspector de seguridad incompetente que tenía en sus manos una responsabilidad que lo excedía.
Para preservar el statu quo
Todos los avances científicos, técnicos y tecnológicos importantes motivaron grandes reacciones. Un invento puntual, como la imprenta de tipos móviles en 1450, habilitó la posible producción y circulación masiva de libros. Entonces, la reacción desde el poder fue inmediata y cristalizó en una fuerte censura eclesiástica y monárquica (esta última combinando la censura ideológica con la regulación gremial e industrial) a fin de impedir que la reproducción de textos en cantidad y con menores costos dinamizara el debate teológico y político, y volviera abstracta la prohibición selectiva practicada en la época del manuscrito.
Pero la convergencia de la imprenta de tipos móviles y la mecanización mediante el vapor, primero, y la distribución por el transporte ferroviario y naval, después, incrementó la velocidad y puesta en circulación de libros, posibilitó pasar por encima de toda censura y ayudó a difundir manifiestos y panfletos desbordantes de las ideas que darían nacimiento a los movimientos sociales del siglo XIX que aspiraban, además, a consolidar la libertad de imprenta, un desiderátum político básico del derecho constitucional moderno.
En todos los avances pretéritos (la imprenta, el vapor, la electricidad), el ser humano manipuló a la herramienta, la cual nunca abandonó su condición de instrumento pasivo. En la actualidad el panorama se modificó sustancialmente ante la irrupción de la IA, y provoca cierta angustia que -por primera vez- la tecnología no solo ejecuta o distribuye, sino que también parece razonar, crear y tomar decisiones con autonomía, y poniendo en tela de juicio hasta las ideas referidas a la inteligencia humana, su creadora.
Defendiendo al monopolio
Abundan los claroscuros, y varios comentaristas dieron cuenta de que tal vez la IA liquidaría la vida humana durante la próxima década. Tanta densidad informativa y sesgada hacia un tremendismo equívoco posiblemente coronara el episodio que tuvo lugar en julio, cuando se produjo un ciberataque contra Hugging Face, protagonizado de forma autónoma por un enjambre de agentes de IA de OpenAI.
En apretadísima síntesis (y de acuerdo a trascendidos y algunos especialistas consultados) durante una evaluación interna de ciberseguridad para medir fallas de software un modelo avanzado de OpenAI logró romper el aislamiento, se comunicó a través de canales no autorizados y logró salir a Internet. Cientos de agentes de IA se organizaron entre sí, coordinaron la intrusión en los servidores de Hugging Face y actuaron en su contra sin que hubiera órdenes humanas para que la atacaran.
También trascendió que en agosto se recurrió a la IA para diseñar genomas de virus inexistentes en la naturaleza. Tras un procedimiento muy complejo los científicos habrían logrado virus funcionales bacteriófagos, advirtieron los responsables y sus voceros, no armas biológicas ni virus contra seres humanos. Pero los entendidos advirtieron que el hecho implicó cruzar una frontera tecnológica: la IA ya está en condiciones de diseñar un genoma viral nuevo y funcional. Por añadidura Anthropic anunció que detectó y acaba de bloquear algunos de sus modelos posiblemente vinculados con investigaciones biológicas de doble uso, o sea, que también podrían contribuir con el desarrollo de armas.
Puesto en orden el flujo informativo, el prólogo no puede ser otro que la tan publicitada eventualidad de una IA suprimiendo la vida humana a nivel planetario durante la próxima década. A partir de ahí, hubo un par de cuestiones destacables: la fuga de “agentes” que produjeron un ciberataque autónomo contra Hugging Face, la utilización de la IA para diseñar genomas de virus inexistentes en la naturaleza, y el bloqueo que Anthropic aplicó a varios de sus modelos vinculados con investigaciones biológicas que podrían contribuir al desarrollo de armas.
O sea que la rebelión espontánea (sin intervención humana) fue contra Hugging Face y mientras se realizaba una prueba de seguridad; los otros episodios, si bien trataban asuntos de gran peligro, ofrecían aparentemente menores condiciones de riesgo. Pero entonces amerita, de acuerdo con los especialistas consultados, una pregunta maliciosa: ¿por qué se atacó a Hugging Face, o mejor, qué es Hugging Face para resultar la plataforma elegida?
Han transcurrido tan sólo diez años desde la fundación de Hugging Face como una aplicación de chatbot conversacional para adolescentes. Tras liberar el código de las librerías que sostenían su modelo de procesamiento de lenguaje natural, se transformó en la plataforma y comunidad de código abierto más importante para el desarrollo de inteligencia artificial y aprendizaje automático, y el principal punto de encuentro para investigadores, desarrolladores y empresas del sector.
Además de sus herramientas fundamentales y la infraestructura, son totalmente de código abierto la suite de librerías y software creados por Hugging Face con acceso público y gratuito, y licencias muy permisivas. También hay quienes destacan que la plataforma democratizó el acceso a la IA de vanguardia, dado que permite que cada organización entrene modelos desde cero sin necesidad de poner sobre la mesa millones de dólares y capacidad de cómputo masiva, y también permite realizar ‘transfer learning’ o ajuste fino partiendo de modelos abiertos ya creados por instituciones como Meta, Google, Microsoft o la propia comunidad.
En las antípodas de Hugging Face funcionan OpenAI,Anthropic, la división comercial a gran escala de Google y xAI, entre otras. Desde hace varios meses hubo rumores de que sus máximos dueños y directivos negociaban un acuerdo (a todas luces ilegal) para ralentizar el ritmo de sus respectivos desarrollos de IA. Hasta que apareció una demanda denunciando el hecho por infringir las leyes antimonopólicas vigentes en Estados Unidos, y porque la cartelización resultante sería atentatoria de los intereses de los consumidores, que perderían parte del valor de los servicios por las suscripciones de pago comprometidas.
La propuesta de varios de los máximos representantes de la “nobleza de Silicon Valley” era una invitación a que todos, lo que se dice todos, cooperaran para desacelerar los avances en el desarrollo de la IA y lograr medidas de seguridad reforzadas. Por añadidura cursaron pedidos al Gobierno para que apoyara un esfuerzo mundial a fin de ralentizar el desarrollo automatizado de la IA.
Por el lado de quienes impulsaron las demandas no pareció primar la credulidad respecto del discurso de los magnates de Silicon Valley, y replicaron que “la IA escapará rápidamente del control humano y podría matarnos a todos si permitimos que la seguridad y sus protocolos […] queden bajo el control de acuerdos privados y motivados por intereses propios entre las empresas tecnológicas con fines de lucro más poderosas del mundo”. Hasta que pareció claro que habría agravios a la legislación antimonopólica o antitrust, y si bien desde el punto de vista de las enormes corporaciones de Silicon Valley el Estado debiera mantenerse al margen (al fin de cuentas, la humanidad entera es neoliberal o libertaria), en este caso sugirieron que podría hacer la vista gorda y “conceder una exención limitada para determinados tipos de conversaciones sobre seguridad”.
Pero a Trump no le pareció una salida interesante y fue más allá: reiteró su negativa a toda regulación de la IA. También dijo que cualquier esfuerzo por limitar la tecnología forma parte de una “conspiración”, especialmente porque su deseo es que los laboratorios estadounidenses de IA aventajen y superen a los chinos. Y eso no es fácil porque la estrategia central de China, contra el dominio de las grandes corporaciones tecnológicas de Estados Unidos, apela básicamente al código abierto y los «pesos abiertos», al tiempo que la mayoría de las empresas y laboratorios chinos vienen liberando las arquitecturas y pesos de sus modelos.
Pero no hay que desesperar. El tema es motivo de análisis planetario y llegó a las Naciones Unidas, donde Milei defendió ante la Asamblea General una IA porque los controles, dijo siempre pedagógico, pueden frenar la innovación.
Estuvo raro, además, porque su discurso coincidió con una reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para tratar los riesgos de la IA. En esa reunión estuvieron los máximos responsables de OpenAI, de Anthropic, varios investigadores y el CEO de Hugging Face, Clément Delangue. Gente que puede ser cualquier cosa, menos infiltrados tributarios de la cultura woke.