En diálogo con Radio Kermés, de La Pampa, Zaccagnini sostiene que la tecnología no tiene un sentido inevitable y que cada sociedad puede decidir para qué utilizarla. Frente al poder creciente de las grandes compañías tecnológicas, plantea la necesidad de recuperar soberanía sobre internet, la inteligencia artificial y la producción de conocimiento. Rechaza las profecías sobre una humanidad condenada por la tecnología y sostiene que la Argentina puede apropiarse de esas herramientas para construir producción, trabajo y bienestar.
Cinco claves:
- La tecnología sólo mejora la vida cuando se utiliza de acuerdo con las necesidades de una sociedad.
- Las grandes plataformas ya no extraen solamente datos, sino que intervienen sobre la formación del pensamiento.
- Argentina necesita construir una política propia para internet y la inteligencia artificial.
- El poder mundial combina hoy Estados y grandes corporaciones de la llamada oligarquía tecnológica.
- Zaccagnini sostiene que el país puede transformar la tecnología en producción, trabajo y justicia social.
—¿Qué es Infoworkers y por qué existe esta asociación civil?
—Infoworkers es una asociación civil que tiene más de 25 años y que fue creada con un espíritu que cada vez es más vigente, que es analizar y, si es posible, producir efectos sobre el impacto que los cambios tecnológicos provocan en la sociedad en general y en el trabajo en particular. No es una asociación de trabajadores solamente, sino una asociación de personas que viven en un mundo que ya 25 años atrás, pero hoy más que nunca, está influenciado y mediado por los cambios tecnológicos que cada vez se hacen más evidentes.
—Las tecnologías tienen cada vez más peso y presencia en nuestra vida. Primero internet, después las redes sociales, WhatsApp y ahora una inteligencia artificial funcionando en nuestra mano. ¿Cómo mirás desde Infoworkers esta evolución y qué significa que la Argentina aparezca también vinculada con figuras como Peter Thiel?
—Vos fijate que en toda esta crónica histórica que acabás de hacer sobre el advenimiento de tecnologías llamadas en su momento nuevas tecnologías, que ya no lo son porque se renuevan constantemente, hay una variable desde el punto de vista de la perspectiva del pueblo argentino, que es lo que importa en última instancia, y es la inadvertencia sobre las características y las consecuencias que tiene la aceptación de estas tecnologías. En general fue una aceptación pasiva y hasta gozosa porque siempre se vieron como tecnologías que iban a mejorar la calidad de vida de los seres humanos. En realidad la tecnología, como toda herramienta, mejora la calidad de nuestra vida y de nuestros pueblos si el sentido con el cual se aplica está en la misma resonancia que esas necesidades y demandas. Pero si las tecnologías se adoptan desde el punto de vista de quien las ofrece, sucede lo que está sucediendo ahora. Una internet que iba a servir para que nuestros hijos que viven en Europa pudieran hablar gratuitamente con nosotros, y que por supuesto también sirve para eso, se transforma en el lugar donde se pesca el pensamiento y hoy hasta se conforma el pensamiento de esa red para influenciarlo. En última instancia vamos a ser, como dice un amigo mío, no solamente un país extractivista de minerales estratégicos, sino un país sometido a un extractivismo de almas, porque están influyendo sobre cada uno de nosotros para que nuestra inadvertencia se transforme en una mirada sobre el mundo fuertemente influenciada por aquellos lugares que manejan la información y convierten la realidad que está cotidianamente alrededor de nosotros en una realidad virtual manejada con una agenda y con opiniones formuladas en grandes centros de generación de material simbólico, muchas veces adverso a los propios intereses que cada uno de nosotros, como pueblo y como persona, tenemos. Vivir bien es tener la familia cerca, poder sentir que podemos hacer en libertad y pensar en libertad para contribuir al beneficio del conjunto de la sociedad a la que pertenecemos.
—Si lo ampliamos un poco parece una cuestión contra la vida misma y contra la humanidad. ¿Vamos camino a convertirnos en víctimas o en esclavos de estas tecnologías?
—Yo soy un hombre absolutamente optimista respecto de la condición humana. Creo que, en el fondo, más allá de todos los intentos que a través de la historia de la humanidad, desde el garrote hasta la inteligencia artificial, algunas élites han realizado para reducirnos, aparecen de alguna manera valores que están más allá del ADN de la condición humana y que siguen apareciendo. Más todavía en pueblos como los nuestros, que han tenido una historia en donde alcanzamos momentos de esperanza. Yo soy un hombre de mucha edad, de DNI bajo, lo cual es una enfermedad incurable, pero he vivido momentos de esperanza que la Argentina tuvo quizá como ningún otro pueblo de Latinoamérica. Por lo tanto sé que existe esa posibilidad y que hay un ADN que aparece incluso en lugares impensados, como ocurrió con la muerte de ese enorme rockero que conmovió a generaciones posteriores a la mía y convocó en paz a millones de personas para manifestar ese duelo. Aparece también cuando alguien habla de Malvinas mostrando un trapo hecho por un hincha en una cancha y de pronto obliga a los actuales gobernantes de la Argentina a montarse arriba de un caballo que ni siquiera sabían exactamente para qué lado corría, después de haber corrido durante tres años de gobierno hacia otro lado. Me parece que hay una posibilidad en la medida en que asumamos y entendamos que el futuro no está escrito. Cuando vienen estos tipos que dicen que va a destruirse la humanidad dentro de 20 años son agoreros constructores del miedo. Tengo 82 años y he sido un poco un viajero en el espacio de lo tecnológico. Lo que creo, y además compruebo, es que en última instancia estos agoreros se vencen si uno es capaz de apropiarse de las nuevas tecnologías, de las viejas y de todo, y generar un camino diferente del que ellos intentan imponer. La Argentina está en condiciones de hacer eso si se borra de algunos fantasmas que imponen sistemáticamente el miedo, desde adentro y desde afuera de la Argentina, y empieza a trabajar desde una construcción propia. Tenemos de todo y tenemos voluntad de construir a partir de la capacidad que tenemos de generar trabajo. El origen de todo no es cuánta plata nos van a prestar o cuántos intereses nos va a cobrar el FMI, aunque sea un problema grave. El problema es qué capacidad tenemos nosotros de parar este modelo de parálisis y transformarlo en un modelo de producción a partir del primer capital que tiene cualquier sociedad, que es su propia capacidad de producir riqueza y, además, a partir de ahí, distribuirla. Yo soy optimista.
—En medio de tanta violencia en el lenguaje, mensajes tóxicos y una enorme congestión mental, ¿por qué seguir sosteniendo esa mirada optimista?
—Un amigo me dice frecuentemente que esto se siente muy mal, pero que está abriendo la puerta a una gran posibilidad. Por supuesto hay cosas que vienen mal barajadas desde hace mucho tiempo y desde afuera y quizá no las podemos condicionar desde la Argentina. Pero tenemos que saber cómo organizarnos.
—Internet no tiene un gobierno único y existen distintas formas de regularlo. China, por ejemplo, desarrolló mecanismos propios para ordenar lo que sucede en las redes sociales. ¿Se puede organizar internet para que sirva realmente a la humanidad y no sea el patio de esparcimiento de los tecnofeudalistas o de los tecnofascistas?
—Para poder hacer una internet que sirva a la humanidad, lo primero que tiene que hacerse es hacer una internet que sirva al pueblo argentino. Esto de pintar tu casa y pintarás el mundo es tal cual. Nosotros no podemos cambiar el mundo, pero sí podemos cambiar las circunstancias que permiten administrar los medios de comunicación y las redes de una manera distinta de la que se administran hoy. Lo que hicieron China y también Rusia en su momento, ordenar internet, es algo necesario. Yo lo planteé alguna vez en un artículo hace bastante tiempo porque ese ordenamiento no depende tanto de la topología o de la estructura física sobre la cual se hace internet, sino de cómo uno administra las prioridades de acceso y los caminos que la información va construyendo.
—Además de la gobernanza de internet aparece ahora una cuestión todavía mayor, que es la gobernanza de la inteligencia artificial. ¿Estamos ante una redistribución del poder mundial?
—Hoy hay una gobernanza mayor que podría figurar como la tecnología de punta que está cambiando el mundo y es la inteligencia artificial. Estamos hablando de la gobernanza global de la tecnología planteada a través de la inteligencia artificial. En un artículo que escribí hace poco estoy planteando que en el mundo se está creando un nuevo Yalta. Para los que somos viejos o para los que estudiaron historia, Yalta fue el lugar donde se juntaron los ganadores de la Segunda Guerra Mundial para ver cómo se distribuía el poder en el mundo y dieron origen al orden que nos rige aún hoy. Ese orden está en crisis y ahora hay que detectar dónde está el nuevo Yalta. Hay una diferencia importante con aquel momento porque entonces quienes se reunieron fueron los países, los imperios ganadores eran los que gobernaban el mundo. Hoy el mundo tiene una mezcla. Lo dice León XIV en su encíclica. Una parte importante del poder mundial está en manos privadas, especialmente en algunos sectores vinculados con esta tecnología. Es lo que se llama muy propiamente la oligarquía tecnológica, el conjunto de empresas donde Peter Thiel es uno entre varios, junto con Elon Musk, Zuckerberg y otros. Desean gobernar el mundo y, en buena medida, ya lo gobiernan. Si uno mira el conjunto de inversiones previstas para los próximos tres años, son cifras gigantescas destinadas a potenciar esta capacidad de manejar la gestión y las decisiones que la humanidad va tomando, desde tirar un misil en algún lugar hasta decidir cuándo se hace un vuelo civil o dónde van las mejores inversiones. Todo eso puede quedar en manos de algoritmos que están demostrando hoy que incluso algunos de sus propios creadores se han asustado porque comprueban que toman decisiones que ya no dependen directamente de la persona que los creó. Se genera entonces una lógica vinculada con el desembarco en los países de algoritmos manejados por un grupo de tecnócratas, esa oligarquía tecnológica, que incluso está advirtiendo que algunas cosas se les pueden escapar de las manos.
—Vos no estás en Twitter y parecés bastante alejado de las redes sociales. ¿Es una decisión deliberada?
—Sí, porque vale diez veces más esta conversación con un amigo que acabo de conocer como vos, Juan Pablo, y que vos sientas y los oyentes sientan también que hay tipos que piensan como ellos y que de alguna manera pueden ayudar a generar un camino. Es el camino que dice León XIV y que viene de Francisco. Ante el peligro tecnocrático y ante lo que avanza, pensar actividades desde sus propias características con un único objetivo, que es la propia felicidad y la capacidad de sentirse útil y digno en una sociedad que tiene que estar construida desde el eje humano. Una humanidad, como decía Francisco en algún momento, antropocéntrica, en donde lo más importante que tengamos seamos nosotros mismos, la gente que queremos y, como extensión, el conjunto del pueblo al cual pertenecemos. La verdad es que los espacios tecnológicos no me importan demasiado.
—También participás de Fuerza Suma. ¿Qué papel puede tener una organización de este tipo en una Argentina que necesita recuperar la capacidad de construir un proyecto propio?
—Yo quedo a disposición todas las veces que sea necesario porque diez minutos charlando con una persona que tiene una perspectiva como la que tenés vos, y posiblemente muchos otros, ayuda muchísimo más que cualquier sitio web e incluso que cualquier bombardeo que hagan los ingenieros del caos con el cual nos agreden diariamente a través de este lugar amigo y enemigo que es la pantallita con la cual creemos que nos conectamos al mundo real.