El gran intelectual francés Pierre Rosanvallon sostiene en esta entrevista publicada por Le Grand Continent que una nueva oposición social está creciendo de manera silenciosa: el conflicto entre generaciones. La deuda, las jubilaciones, el cambio climático y las decisiones que comprometen recursos futuros plantean una misma cuestión política: quién decide hoy y quién pagará mañana. Para el historiador y sociólogo francés, la democracia todavía carece de instituciones y métodos capaces de hacer visible y arbitrar ese enfrentamiento.
Rosanvallon parte de su último libro, La Tyrannie du présent, La tiranía del presente, para analizar la impotencia de la política, la pérdida de legitimidad de los gobiernos, la experiencia de los chalecos amarillos y el debilitamiento de las formas de concertación social. También propone crear “conferencias de generaciones” y nuevos ejercicios democráticos capaces de enfrentar los conflictos sobre el futuro.
—La Tyrannie du présent aparece cuando usted anuncia una teoría general de la democracia, cincuenta años después de su primer libro. ¿Hay que leerlo como un libro de transición o como parte de un conjunto más amplio?
—He escrito dos tipos de libros. Algunos intentan profundizar la idea democrática, su historia, su presente y su futuro. Finalmente me siento preparado para escribir mi teoría de la democracia, que será el tema de mis dos próximos libros. Mi primer libro data de 1976. Me hicieron falta cincuenta años para sentirme preparado para escribir esa teoría. La Tyrannie du présent forma parte de una serie de trabajos sobre la impotencia pública y el desconcierto político. Intenté analizar esta reflexión a través de tres cuestiones que llamo los “ángulos muertos de la acción pública y de la vida democrática”.
—Usted habla de “puntos ciegos” de la acción pública. El primero tiene que ver con la manera en que pensamos a la sociedad. ¿Qué es lo que no logra ver un análisis basado solamente en los intereses materiales?
—Lo desarrollé en mi libro sobre la sociedad. Tendemos a pensar que los intereses de los ciudadanos y su situación material no tienen relación con sus pasiones ni con sus interacciones. Para mí, las revoluciones árabes fueron un shock. Se las llamó “revoluciones del hambre”, pero, como mostró Leïla Dakhli, sus principales reivindicaciones estaban vinculadas con el honor y la dignidad. Dignidad significa ser considerado de otra manera por quienes ejercen el poder, ser escuchado. Por eso intenté explorar nuestra ceguera en el análisis de la sociedad. El análisis clásico de clase es evidentemente indispensable, pero existen otras dimensiones esenciales. En Francia, los chalecos amarillos demostraron con particular fuerza que si uno se limita a analizar las condiciones económicas deja de ver una parte de aquello que alimenta la vida social y que termina haciendo estallar la vida política.
—¿Cuál es el segundo punto ciego?
—Es el que abordé en mi libro anterior sobre las instituciones invisibles. Retomé una idea inspirada en Guizot, un autor sobre el que hice mi tesis con Claude Lefort. Guizot distinguía entre los medios exteriores y los medios interiores de gobierno. Decía que era un error pensar que para gobernar bastaba con disponer de un ejército, una policía y funcionarios. Yo retomé esa idea diciendo que existen instituciones invisibles. No se puede gobernar sin comprender que la legitimidad de un poder puede multiplicar o frenar su capacidad de acción y que la confianza en los gobernantes desempeña un papel fundamental para hacer posibles determinadas políticas. Autoridad, confianza y legitimidad están en el centro de la acción pública y de la vida democrática, pero durante mucho tiempo no se reconoció suficientemente su importancia.
—Queda el tiempo, una dimensión que la sociología política consideró durante mucho tiempo secundaria. ¿Por qué se volvió decisiva?
—Conocía muy bien el análisis sociológico clásico y el análisis del poder, pero estaba mucho menos familiarizado con la cuestión de las temporalidades. Comprendí hasta qué punto desempeñan hoy un papel absolutamente decisivo porque apareció de manera subterránea un nuevo régimen de oposición social: las luchas entre generaciones. Durante mucho tiempo la lucha de clases estructuró gran parte de la acción pública. Hoy la lucha de generaciones, una lucha silenciosa, todavía no formulada y que aún no tiene sus propios espacios, se está volviendo absolutamente esencial. A partir de esta noción de generaciones llegué a reflexionar sobre el tiempo. Ese es el tercer ángulo muerto de la acción pública y de la vida política.
—Su reflexión dialoga con la noción de “presentismo” de François Hartog.
—Comparto totalmente las reflexiones que desarrolló para precisar esa noción. Leí atentamente sus distintos libros y fueron referencias importantes para mí. Si se quiere profundizar la cuestión del presentismo, sus diferentes figuras y modalidades son indispensables.
—Usted ofrece una lectura más sintética del presentismo. ¿Por qué?
—Simplifiqué deliberadamente el análisis para mostrar hasta qué punto el presentismo forma parte de nuestra cultura y se ha impreso en nuestros modos de pensar. Mi objetivo era sobre todo comprender cómo superarlo, cómo luchar contra él. En ese sentido, mi libro es fundamentalmente un libro sobre la manera de salir del presentismo.
—Usted reconstruye la historia de los intentos por resistir al presentismo. ¿Qué formas adoptaron?
—Intenté hacer la historia de esas resistencias. Muchas respondieron a perspectivas aristocráticas, conservadoras, tecnocráticas o burocráticas. La vía tecnocrática es especialmente importante en Francia, un país que se enorgullece de poseer una alta función pública.
—Francia suele pensarse como el país de la gran administración pública. ¿Siempre fue así?
—No. Se olvida que hubo que esperar un siglo y medio después de la Revolución Francesa para crear una escuela de administración. Talleyrand fue el primero en proponerla y la idea fue rechazada violentamente. Volvió a ocurrir en 1848. Incluso hasta el Frente Popular los socialistas rechazaban una escuela de administración porque consideraban inaceptable que un poder político, que por definición es removible, estuviera rodeado por una administración inamovible.
—¿Qué cambió después de la Segunda Guerra Mundial?
—Apareció una tecnocracia asociada a la propia imagen de la Resistencia. Los primeros alumnos de la ENA no llegaron simplemente mediante concursos. Muchos eran resistentes o jóvenes que habían sido distinguidos por su actuación. Esos tecnócratas fueron aceptados porque se los veía como continuadores de la Resistencia en el terreno administrativo, no como una élite cuya superioridad resultara insoportable. También fue fundamental el papel del Plan en Francia.
—¿Qué tenía el Plan que lo diferenciaba de una simple instancia de expertos?
—Por primera vez no reflexionaban solamente las administraciones y los tecnócratas. También participaban los cuerpos intermedios. Mi primer trabajo después de 1968 fue como asesor económico de la CFDT y una de mis primeras tareas consistió precisamente en coordinar técnicamente la participación de la central sindical en el Plan. En cada comisión había representantes patronales, asociaciones de la sociedad civil y sindicatos. La elaboración de las políticas públicas aparecía así asociada con el conjunto de la sociedad. No era simplemente tecnocracia. Toda una generación de tecnócratas se formó de esa manera, en relación permanente con la sociedad.
—Usted recuerda también las misiones de productividad que viajaban a Estados Unidos.
—Fueron fundamentales. Hoy las llamaríamos “learning expeditions”. Grupos de unas veinte personas, fundamentalmente empresarios y sindicalistas, viajaban juntos durante unas diez semanas, visitaban fábricas y conversaban con sindicatos. Eso no eliminaba la lucha de clases, pero permitía abordar las cuestiones de otra manera y bosquejar otras políticas públicas.
—¿Cómo desapareció aquella tecnocracia vinculada al Plan?
—La tecnocracia tuvo éxito. Pero, paradójicamente, ese tipo de tecnocracia ligada al Plan fue liquidada por la izquierda después de 1981. Fue Mitterrand quien primero puso al Plan en un rincón para demostrar que había dejado de tener importancia y posteriormente terminó suprimiéndolo. Había dos argumentos. El liberal decía que ya no era necesario porque el mercado bastaba para todo. El otro era político: somos un gobierno de izquierda elegido por el pueblo y, por lo tanto, nosotros sabemos qué necesita la sociedad. Cuando gobernaba la derecha era útil tener organismos de concertación, pero cuando gobernaba la izquierda se consideraba que ya no hacían falta. Esa historia de la tecnocracia quedó interrumpida en Francia y constituye un verdadero problema.
—¿Cómo intentó el pensamiento democrático incorporar el largo plazo?
—Históricamente, gran parte de la reflexión democrática buscó multiplicar las formas de representación. Se creó la representación proporcional, la representación de las clases y también habrá que crear una representación del futuro. Pero mi propuesta es que ya no alcanza con transformar las instituciones. Hay que inventar nuevos métodos democráticos. La democracia no es solamente un conjunto de instituciones y procedimientos. Es también un conjunto de métodos capaces de colocar a la sociedad en condiciones de discutir y arbitrar los conflictos. La democracia es el régimen de la lucidez, el que permite arbitrar conflictos potencialmente violentos o, por lo menos, discutirlos.
—¿Entonces no bastaría con crear nuevas instituciones?
—Ese es precisamente el problema. Todos quienes reflexionaron sobre cómo reintroducir el largo plazo dentro del corto plazo imaginaron nuevas instituciones. Algunas seguramente hacen falta. Pero también necesitamos métodos democráticos diferentes. Y esos métodos pueden encontrarse en la propia vida social. Lo que transformó el mundo del trabajo fueron las convenciones colectivas creadas junto con el sindicalismo. Constituyeron una manera muy concreta y positiva de administrar y arbitrar el conflicto social.
—¿Qué conflictos deberían hacer visibles esos métodos?
—Hay que encontrar formas de convertir la democracia en el momento en que los conflictos que estructuran la relación de una sociedad con el futuro queden expuestos y puedan discutirse. Y cuanto más reflexiono sobre ello, más considero que el conflicto estructurante decisivo es el conflicto entre generaciones.
—¿Por ejemplo?
—La deuda. La deuda representa la no regulación del presente y esa falta de regulación significa trasladar a las generaciones futuras el costo de lo que no quisimos decidir hoy. Lo mismo ocurre con las jubilaciones. Cualquiera sea el sistema, de reparto o de capitalización, su valor futuro dependerá de la actividad de las generaciones que vienen. Desde ese punto de vista no existe una diferencia técnica tan grande entre capitalización y reparto: siempre será el futuro el que pague.
—En ese contexto usted propone la idea de un “ejercicio democrático”. ¿Qué significa?
—La noción de ejercicio implica algo fundamental: no se trata simplemente de tomar decisiones sino de adoptar una práctica permanente. Me inspiré en los trabajos de Pierre Hadot. Una democracia viva necesita ese tipo de prácticas continuas.
—¿El ejercicio democrático es también una respuesta a la impotencia de los discursos sobre las catástrofes futuras?
—Sí. Me interesa comprender por qué hablar permanentemente de catástrofes futuras no produce acción. Nos dicen que estamos frente al muro y, sin embargo, tampoco eso provoca demasiado. Las teorías del muro no son eficaces. Hay que asumir otra cosa: el futuro nos divide. El largo plazo produce enormes divisiones, pero se trata de divisiones sociales diferentes de las tradicionales. Son esos nuevos tipos de conflicto los que debemos aprender a identificar.
—¿Cómo serían concretamente esos ejercicios democráticos?
—La democracia es el régimen de la discusión que intenta construir algo común a partir de los conflictos existentes. Por eso propongo, entre otras cosas, “conferencias de generaciones”. En los colegios ya existen simulaciones parlamentarias o internacionales. El año pasado participé en una de ellas en el liceo Henri-IV. También fui contactado por un grupo de estudiantes del liceo Lamartine y de otros establecimientos que quieren organizar un “parlamento de las generaciones”. Es decir, una discusión entre generaciones que hoy prácticamente no existe.
—Su libro parece reclamar un esfuerzo colectivo. ¿Dónde observa experiencias de ese tipo?
—Está comenzando una convención ciudadana sobre la democracia. Lo interesante es que por primera vez el sorteo no tuvo en cuenta solamente edad, categoría socioprofesional y origen geográfico, sino también las opiniones políticas. Participan unas sesenta personas distribuidas en diez mesas de seis, cada una con un coordinador cuya única función consiste en distribuir la palabra. En esas mesas había personas del Rassemblement National, de La France Insoumise y de otras posiciones políticas. Al finalizar el segundo día decidieron por unanimidad crear un grupo común de WhatsApp para seguir discutiendo. Si esas personas hubieran llegado definidas ante todo por su identidad política, el diálogo probablemente habría sido imposible. Pero llegaron para compartir sus perplejidades. Y una comunidad de perplejidades puede avanzar junta, mientras que una comunidad de opiniones ya completamente formadas avanza muy poco.
—En el fondo, esa es la dirección que propongo: inventar métodos democráticos. La democracia, más allá del voto, consiste en crear un espacio común donde los desacuerdos puedan ponerse sobre la mesa y ser discutidos.
Fuente: Le Grand Continent, 11 de octubre de 2026. Entrevista de Gilles Gressani a Pierre Rosanvallon, a propósito de La Tyrannie du présent, publicado por Seuil en septiembre de 2026.