Los análisis de Le Monde, Le Grand Continent, Sciences Po, Politis, Regards, Contretemps y el Institut La Boétie convergen sobre una paradoja. Nunca pareció tan amplio el espacio para una candidatura de ruptura y nunca resultó tan evidente que el líder de izquierda Mélenchon necesita salir de sus fronteras habituales para ganar. Debe recoger la crisis del macronismo sin quedar encerrado en la imagen del desorden, disputar a la extrema derecha el deseo de cambio, reunificar una izquierda fragmentada y convencer a franceses que jamás se consideraron insumisos.
Cinco claves:
- El derrumbe del macronismo abre un espacio enorme para Mélenchon, pero también para el RN, el partido de ultraderecha.
- Ser el dirigente más fuerte de la izquierda no significa automáticamente poder reunirla.
- La gran disputa es recuperar voto popular sin adoptar el marco identitario de la extrema derecha.
- Mélenchon debe demostrar que la ruptura puede gobernar, administrar el Estado y sostenerse económicamente.
- El desafío decisivo consiste en transformar una fuerza de movilización en una mayoría nacional.
El vacío que deja Macron
Solenn de Royer escribió en Le Monde después de las movilizaciones del 17 de octubre que aquella jornada podría convertirse en el símbolo del “hundimiento definitivo del macronismo”. Diez años después de llegar al Elíseo prometiendo superar la vieja división entre izquierda y derecha, reconciliar a los franceses y frenar a la extrema derecha, Emmanuel Macron llega al final de su mandato con los partidos tradicionales debilitados, una Asamblea fragmentada y una crisis social que ya no consigue administrar. Gérard Davet y Fabrice Lhomme describieron también en Le Monde una izquierda despedazada, una derecha dividida y una Macronie que agoniza, mientras los dos polos más dinámicos son el la ultraderecha de RN y La France Insoumise del dirigente de izquierda Jean-Luc Mélenchon.
Eso abre una oportunidad extraordinaria para Mélenchon, pero también un riesgo. Nathalie Segaunes señala que una parte del debate francés está siendo estructurada por dos fuerzas que prometen “dar vuelta la mesa”, la extrema derecha por un lado y LFI por el otro. La diferencia ideológica es enorme, pero ambas consiguen expresar un rechazo al orden existente. El problema para Mélenchon es que sus adversarios intentan utilizar esa centralidad para asociar su estrategia de “conflictualización” con el clima de violencia que acompañó algunas protestas. Le Monde aclara que no puede responsabilizarse al dirigente insumiso por la violencia de la ultraizquierda, pero la batalla política ya está planteada. Mélenchon necesita aparecer como conductor de una transformación democrática y no como expresión de un país ingobernable.
Pierre Jacquemain, desde Politis, un medio mucho más próximo a la izquierda alternativa, formula el problema con una crudeza quizá mayor. Después del multitudinario acto de Saint-Denis sostuvo que nadie discute ya la capacidad de Mélenchon para dominar su propio campo, movilizar militantes o imponer ideas. Pero “una elección presidencial no se gana dominando el propio campo”. Se gana construyendo una mayoría. En Regards, Catherine Tricot plantea la misma ecuación. Mélenchon intenta llegar a la presidencia reafirmando un programa de ruptura y sin una alianza orgánica con el resto de la izquierda. Puede ser suficiente para llegar lejos. No está demostrado que alcance para atravesar la última puerta.
La pelea dentro de la izquierda
La victoria de Raphaël Glucksmann en la primaria socialdemócrata hizo visible el segundo gran desafío. Politis observó que la competencia está produciendo una verdadera bifurcación de la izquierda. Glucksmann ganó una primaria construida explícitamente contra Mélenchon, mientras que el dirigente insumiso reivindica centenares de miles de apoyos registrados y comenzó a sumar dirigentes provenientes de otras tradiciones, entre ellos 1.500 comunistas que anunciaron su respaldo en octubre. Para Jacquemain, el riesgo de Glucksmann es terminar construyendo una izquierda cada vez más cercana al centro. Para Mélenchon, el peligro inverso es considerar que ser el más fuerte dentro de la izquierda equivale automáticamente a representarla entera.
Los datos analizados por Antoine Bristielle para la Fondation Jean-Jaurès muestran por qué esa cuestión no puede resolverse únicamente mediante relaciones de fuerza entre aparatos. El electorado de izquierda está dividido en varias familias que coinciden en numerosas demandas sociales, pero divergen en estrategia, Europa, instituciones, identidad y formas de ejercicio del poder. A eso se agrega el desmembramiento del antiguo electorado macronista. Una parte se desplaza hacia la derecha, otra hacia la extrema derecha y otra permanece disponible para una izquierda socialdemócrata o ecologista. Mélenchon necesita conquistar una fracción de ese mundo sin abandonar el programa que constituye justamente la razón de ser de LFI.
Ahí aparece una de las preguntas más difíciles de la campaña. Cómo ampliar sin diluirse. Politis le reconoce la capacidad de presentar una “nueva Francia”, más mestiza, femenina, urbana, educada y transformada culturalmente, pero Contretemps, desde una izquierda crítica, advierte que ese concepto también contiene puntos poco resueltos sobre la historia colonial, la nación y la construcción política de un pueblo. Mélenchon busca convertir las transformaciones demográficas y culturales del país en una nueva mayoría popular. Sus críticos le preguntan si esa mayoría puede organizarse sin tender puentes más sólidos hacia sectores obreros, rurales y periféricos donde el RN se ha expandido.
La batalla decisiva es contra Le Pen
Jean-Yves Dormagen plantea en Le Grand Continent el dato que ordena todas las estrategias. Por primera vez Marine Le Pen no sólo encabeza claramente las intenciones de voto para la primera vuelta, sino que aparece ganando los distintos escenarios de segunda vuelta ensayados por las encuestas. En el estudio de Cluster17 que analiza, ronda el 30 por ciento en primera vuelta y llega incluso al 52 a 48 frente a Édouard Philippe, hasta entonces uno de sus adversarios potencialmente más competitivos. La vieja certeza de que el “frente republicano” terminaría bloqueando al RN dejó de funcionar como una ley de la política francesa.
Gilles Ivaldi, especialista del CEVIPOF, agrega una razón. El RN sigue siendo ideológicamente contradictorio, en particular en economía, pero aprendió a construir una oferta “atrapalotodo”. Puede defender protección social frente a ciertos electorados populares y simultáneamente aproximarse a posiciones económicas más tradicionales de la derecha para atraer votantes conservadores. Esa plasticidad le permite competir en territorios sociales distintos. El desafío para Mélenchon consiste entonces en recuperar el voto de protesta popular que migra hacia la extrema derecha sin adoptar su marco identitario.
La movilización de estudiantes secundarios agrega otro elemento. Abdel Yassine y Ulysse Rabaté sostienen en Politis que la revuelta juvenil de este otoño puede modificar el escenario de 2027, especialmente porque nació con lenguajes, códigos y formas de organización propios. Para LFI supone una oportunidad y una advertencia. Mélenchon tiene probablemente más afinidad con esos jóvenes que cualquier otro candidato con posibilidades presidenciales, pero intentar apropiarse demasiado rápidamente de un movimiento autónomo podría debilitarlo. El problema no consiste sólo en acompañar una protesta, sino en transformar aquella energía en participación electoral sin burocratizarla.
Aquí resulta útil la reflexión de Pierre Rosanvallon. En su conversación con Gilles Gressani para Le Grand Continent, el historiador sostiene que la nueva gran confrontación social será también una lucha entre generaciones. Deuda, jubilaciones, clima y deterioro de los servicios públicos implican decisiones tomadas hoy cuyos costos recaerán sobre los jóvenes. La crisis francesa no puede explicarse únicamente mediante ingresos o clases sociales. Incluye dignidad, reconocimiento, confianza y capacidad de imaginar el futuro. Para Mélenchon, que ha colocado históricamente a la juventud y a la planificación ecológica en el centro de su discurso, ese diagnóstico ofrece un terreno fértil. También le exige demostrar que su proyecto no es sólo redistributivo, sino generacional.
Demostrar que la ruptura puede gobernar
El Institut La Boétie, ligado directamente al universo intelectual de LFI y copresidido por Mélenchon, está trabajando precisamente sobre el problema del Estado. Su último libro colectivo, L’État et la révolution citoyenne, pregunta cómo democratizar una administración modelada por décadas de neoliberalismo y qué instituciones hacen falta para ejecutar una planificación ecológica. La cuestión no es menor. Cuanto más cerca está una fuerza de ruptura del poder, menos puede limitarse a describir qué quiere cambiar. Debe explicar con qué administración, qué instrumentos y qué secuencia política piensa hacerlo.
Marc-Olivier Baruch, desde la Fondation Jean-Jaurès y desde una tradición distinta, llega a una preocupación complementaria. Las reformas administrativas iniciadas mucho antes de Macron y aceleradas durante sus gobiernos habrían debilitado ciertos contrapesos internos del Estado. Para Baruch, un poder autoritario podría hoy apropiarse de la maquinaria administrativa con mayor facilidad que hace veinte años.
Para Mélenchon, el desafío institucional tiene entonces dos caras. Transformar el Estado para realizar su programa y, al mismo tiempo, reconstruir garantías democráticas suficientemente fuertes para impedir una deriva autoritaria si el RN llega al poder en el futuro.
La otra prueba será económica. Éric Albert advierte en Le Monde que la inestabilidad política puede agravar una situación fiscal ya delicada. El déficit está cercano al 5,4 por ciento del PBI, la deuda ronda el 119 por ciento y existe una prima de riesgo creciente frente a Alemania. Stéphane Boujnah, en Le Grand Continent, lo expresa desde una mirada más liberal. Francia debe elegir entre una corrección ordenada y una austeridad impuesta más adelante. Mélenchon rechaza esa lógica y propone otra distribución de ingresos, impuestos y gasto público, pero para disputar seriamente el poder tendrá que convencer también de que puede financiar la transformación sin producir una crisis de deuda.
El último salto
La paradoja final es que el escenario parece hecho para Mélenchon. El centro político construido por Macron se deshace, la demanda de cambio es enorme, las crisis sociales regresaron a la calle, una nueva generación comienza a politizarse y el RN obliga a reconsiderar todas las viejas alianzas. Pero precisamente porque el escenario le es favorable, el examen será más exigente.
Mélenchon ya demostró que puede construir una fuerza, sobrevivir a la desaparición de los viejos partidos de izquierda, movilizar a sectores que antes se abstenían y colocar temas propios en el centro de la discusión. Ahora necesita demostrar algo diferente. Que puede transformar un movimiento de ruptura en una mayoría capaz de gobernar a un país profundamente fragmentado. Para hacerlo tendrá que sumar sin dejar de ser Mélenchon, disputar la ira sin alimentar el miedo, representar la movilización sin apropiársela y conseguir que una parte de quienes hoy no son insumisos llegue a considerar que un gobierno insumiso puede ser también su gobierno.
Ese, más que ganar la interna de la izquierda, es el verdadero desafío de 2027.